Solo es una ilusión ©

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Prólogo

Suspiro, dando otro sorbo a mi vaso de tequila. Por el rabillo del ojo veo al barman tratando de alejar la botella de mí, pero pongo un brazo sobre la barra para evitar que se acerque.

—¡Aléjate, infeliz! ¡Estoy pagando por esto!

Las palabras salen tan atropelladamente de mí que no sé si entendió, de todos modos, no me importa. Justo ahora, el suelo es un lugar más importante para mí, mientras me acomodo en mi asiento y abrazo la botella, pensando en cómo calmar mi ira. Creo que algún ser despreciable vomitó allí, como un millón de veces, es repugnante.

—Me das asco. Te odio.

Recuerdo qué me trajo aquí y la sangre me hierve. Siento las mejillas calientes, sudor en la frente y unas tremendas ganas de quitarme la ropa. Hace tiempo no sentía tanto calor.

Vuelvo a llenar mi vaso. Arrastro la vista por el lugar, fijándome en un hombre barbudo que me mira desde una esquina del bar; le enseño el dedo corazón. El ambiente está empezando a crisparme los nervios, el alcohol todavía no cumple con su deber de quitarme toda esta mierda de la mente. Decido deshacerme de la chaqueta de cuero, pero se me dificulta tanto que desisto.

—Mierda.

Percibo movimiento a mi costado y levanto la mirada.

Es gracioso. Increíblemente hilarante. Justo cuando miro al desconocido a mi lado, el encargado de la música decide que es óptimo cambiar de canción y yo no puedo estar más de acuerdo con eso. Es demasiado oportuno.

El ritmo cadencioso que empieza a retumbar en las paredes me eriza la piel.

Vamos, estas cosas no pasan en la realidad. No suceden más que en las tontas películas de Netflix para adolescentes bibliófilas, adictas al chocolate y con pocas habilidades sociales; y yo no soy así.

¡Qué está pasando!

Debe de ser el tequila, o tal vez esté por sufrir una apoplejía y estos son mis últimos segundos de vida. Así que dejo que esta sensación me recorra, no me muevo, lo observo en todo su esplendor.

Es un chico delgado, evidentemente en forma. Cabello largo peinado hacia atrás de manera descuidada; más largo de lo que estoy acostumbrada a ver en un chico, ondulado y castaño. Está de perfil, pero incluso así soy golpeada por la despiadada fuerza de su atractivo.

Parece que pasó una eternidad cuando voltea, un sutil ademán, músculos faciales trabajando con parsimonia, es tan increíble que siento que todo pasa en cámara lenta. Temo perder el poco control de borracha que todavía me queda.

Tiene unos ojos increíbles, no sabría decir de qué color. Ni me molesto repasando la longitud de su nariz, su boca se roba toda mi atención; tiene los labios finos, una ligera curva en su rostro, de un suave tono rojizo demasiado tentador. No es un rasgo particularmente especial, al menos no hasta que sonríe y yo no sé cómo describirlo. No obstante, siento que se me seca la boca y las manos se me llenan de sudor. Me encuentro temblando en un taburete dentro de un bar de mala muerte porque un desconocido, demasiado caliente para mi propio bien, parece estar sonriendo en mi dirección.

¿Qué me estás haciendo? ¡Yo no soy así!

Estoy tan embobada que ni siquiera me doy cuenta de que me está mirando con fijeza, siento mis mejillas ardientes de vergüenza, como virgen con las hormonas alborotadas, con ganas de saltarle encima, pero sin atrevimiento suficiente para hacerlo. En este instante, podría ser lo que sea que me pidiese, sólo si me sigue sonriendo así.

—¿De qué color son?

Sacudo la cabeza para recomponerme mientras lo veo levantar una ceja, sin borrar la sonrisa. Su labio inferior es más carnoso, llamativo, provocativo, apetitoso… podría dedicarle un poema a ese labio, aunque no sea una persona creativa, mucho menos con habilidades literarias.

Vaya que es guapo el tipo. Lo veo levantar una ceja en mi dirección, por lo que señalo sus inusuales orbes y me aclaro la garganta.

—Tus ojos.

Estoy segura de que esta debe ser la charla más extraña que ha tenido, también lo es para mí, debo parecer un poco loca. Extrañamente, me tiene sin cuidado.

Sonríe más ampliamente y el gesto me desconcentra un poco. Mas nada supera a lo que pasa luego.

Se inclina totalmente hacia mí, casi rozando mi nariz con la suya. Siento su aliento en mis labios y su mirada fija me descoloca por completo.

¿Pero qué carajos?

Quiero sacudir la cabeza para apartar los traviesos pensamientos que me llegan de repente.

La situación es tan surrealista que ni siquiera me muevo. Puedo ver cada detalle de su rostro, apreciar la belleza de su mirada, advertir el ligero aroma que desprende y sentir una irremediable atracción hacia él.



Jacques Mouché

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En el texto hay: amor, universidad, amistad

Editado: 13.10.2018

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