Solo Tú

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Capítulo 4

Ella

 

Estaba tranquila cuando papá me dejó en la escuela, en nada se parecía a mi colegio en Montería, este era muuucho más grande. Mi mamá tomó mi mano y nos dirigimos a la rectoría, primero debían hacerme un examen, era indispensable saber en qué grado iba a quedar, aunque aquí se dice año. Leo y escribo muy bien el inglés, es diferente al hablarlo por mi región golpeo mucho las palabras, eso lo notan al instante. Me fue bien, la secretaria me entregó las llaves del casillero “esto es algo nuevo, en mi anterior colegio teníamos pupitres donde se levantaban la tapa para meter tus cosas”. En fin. Otra diferencia era que debíamos salir al terminar una clase a buscar los salones en mi tierra en un solo salón se dan todas las materias, acá era al revés.

Según mi horario tenía clase de ciencia, al ingresar vi un par de puestos desocupados, uno al lado de la ventana y el último al lado del vecino bonito, el chico que juró ser mi mejor amigo. Le sonreí, él no correspondió al saludo. “¿no se acuerda de mí?” —me encogí de hombros—. Hicieron las presentaciones bochornosas esas donde te delatas y tu cara se pone colorada, me ofrecieron el puesto al lado de la ventana en la primera fila. Las clases pasaron, no soy buena haciendo amigos y la tranquilidad que tenía porque supuestamente el tal Dylan sería mi amigo ya no la tengo, traté de ubicarme, pero ¡aja! Eso fue en vano, llegué tarde a todos los salones, por mi contextura no corro mucho. Me di cuenta que los compañeros cambiaban así era más peluo hacer amigos, en la clase de matemáticas no estaba Dylan, pasada la hora terminó, ahora tocaba buscar otro salón el de literatura que para mí es lenguaje. Llegué tarde otra vez, al correr me agito mucho, por eso fui la burla de mis compañeros cuando me tocó presentarme por instrucción del profesor estaba sin aliento. Una niña muy delgada pero bonita lanzó el primer comentario —se me humedecieron los ojos al darme cuenta que los ojos verdes de ese mono que era mi vecino también sonreían—. “no llores, ellos no te conocen, soy una Suárez”, el profesor detuvo el acto de bullying. Nuestras miradas se conectaron antes de sentarme en la silla indicada por el profesor, ninguno dejó de reírse.

La clase me gustó, tímidamente alzaba la mano para responder y me di cuenta que mi vecino es muy participativo en esta clase, al menos al profesor le caí en gracia. Después de las dos horas según el horario era momento de ir a la cafetería, tenía comida en mi maleta, pero vi a los otros niños y preferí no hacer el bochorno, por eso los seguí hasta la fila, menos mal tenía plata, podría comprar una deliciosa merienda, al llegar para escoger no sabía que comprarme, muchas cosas se veían deliciosas. La niña que en clase me había ofendido estaba con varios amigos y se rieron al verme, Dylan estaba al lado de ella y no detuvo sus ofensas, lo miré y tuve el mismo resultado que antes, nada. En ese momento si sentí más fuertes las ganas de llorar, ya no venía al caso mirarlo y pedir ayuda, con la frente en alto me alejé ignorando los comentarios pesados, no sin antes escuchar.

—No nos dejes sin nada que comer, llenar tu pansa se requiere de mucha comida y la de la cafetería no creo que te alcance es enorme tu barriga —dijo.

—Muy seguro arrasarás con todo lo que hay en la cafetería —dijo la otra chica imitación de la primera. Ya les daba la espalda, como me dice mi amiga Paola Rocca, “oído de pescao”, respiré profundo, llegué al lugar para pagar lo que había pedido, al ver la cantidad de comida sonreí, que digan lo que quieran, los pastelitos que comeré me sacaron la sonrisa que no he tenido en toda la mañana. Pagué y con mi bandeja me ubiqué en la última mesa, todo el mundo me miraba al pasar. Respiré cuando llegué por fin a la mesa, miré mi bandeja, antes de ponerme a comer llegaron dos niñas y dos niños. Cada uno tomó algo de mi bandeja, solo me dejaron la manzana.

—Nos dejaste sin nada y gracias por hacer la fila por nosotros —dijo un pelirrojo.

—Mañana por favor compra pastel de pollo es mi favorito —dijo el niño de pelo castaño. Miré a mi alrededor con la ilusión de ver algún profesor y pedir ayuda, vi a la niña bonita de la mano con Dylan, eso de alguna manera me desilusionó. ¿Por qué? ¡Ve tu a saber! Los ojos se me llenaron de lágrimas.

—No llores, te dejamos una manzana, mira lo buena amigas que seremos —dijo una de las niñas que me había quitado el jugo—. Te estamos ayudando a adelgazar —y se fueron riendo. No pude contener las ganas de llorar y cuando alcé la mirada Dylan lo hacía, el labio me tembló y salí corriendo de la cafetería ante la mirada de centenares de estudiantes. Me senté en un muro sin dejar de llorar. No quiero estar aquí, ¡no quiero! Después de un rato, escuché que tocaron la campana, seguían las clases. Volví a llegar tarde, es el primer día y ya odio todo.



Eilana Osorio Páez

#205 en Novela romántica
#23 en Novela contemporánea

En el texto hay: humor, juvenil, musica

Editado: 18.08.2019

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