Solo Tú

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 7

Él

 

La despedida de mi madre fue un poco larga para mi gusto y algo incómoda a mi edad. Lo atribuyo por ser la primera vez que nos íbamos a separar por dos meses —tiempo que estaré con mi mejor amiga en Colombia especialmente en Montería—. Investigué por internet, es una ciudad pequeña, muy caliente, en los veranos de acá no hemos llegado a la temperatura que dice tener la ciudad que por cuatro años a venerado bodoque. El señor Luis durará cuatro semanas, luego regresa por motivos laborales mientras que nosotros nos quedaremos. Esperábamos en la sala de espera el llamado para subir al avión, no podía ocultar mis nervios, es cierto que no somos pobres, pero tampoco tenemos lujos, mi madre se encarga de todas las deudas ante los bancos y mi abuela de los gastos de alimentación, por eso no es mucho lo que queda para tener vacaciones, es más, todos los gastos están corriendo por la familia de Cata. Esta vez es mi primera vez en avión de ahí mis nervios.  Nos llamaron y como un robot seguí la fila, entré al avión, me senté y Catalina se sentó a mi lado, por poco no cabe en el asiento, eso me causó risa.

—Si dices algo te cocoteo —al menos ya sé que significa esa palabra, también sé que cumple su amenaza. Confieso, le pesa la mano y ni hablar de sus pellizcos, siempre me deja el morado cuando no prestó atención a sus explicaciones de ciencias. No voy a ser un científico para que me estén hablando de mitosis y conceptos poco importantes para mí.

—No he dicho nada Bodoque —hizo un gran esfuerzo hasta que por fin pudo abrocharse el cinturón, por más que traté no pude evitar el reírme y solo fue consciente cuando sentí sus nudillos en mi cabeza.

—Te dije que te cocotearia si te reías —fue imposible retener la carcajada.

—Si sigues comiendo como lo haces de regreso no podrás abrochártelo —hizo un jadeo de molestia, sus ojos estaban brillantes.

—Me va tocar decirle a mi abuelo que me regale un pedazo de cabuya a mi regreso porque ni loca dejo de desayunar yuca con suero, patacones con queso, comer mote de queso. Ahora vas a conocer la sazón de mi abuela, la señora María también cocina rico, un poco picante porque esa es su cultura, pero rico después.

—¿No piensas si no en comer? —las azafatas dieron las indicaciones, el avión comenzó a moverse y un vértigo se formó en mi estómago, por inercia tomé la mano de Cata. Ella sonrió al darse cuenta y no la apartó, es más, recuerdo que primero conocí y sentí su mano que su rostro. Siempre me da tranquilidad, casi no se le sienten los huesitos por lo abullonada que tiene las manitos.

El viaje aparte de ser largo, tuvo mucha turbulencia lo que hizo que mantuviera las manos de Cata entre las mías. Hicimos competencia en quien comía más rápido y suelo comer mucho, pero ella siempre me gana en eso, me gusta el que nunca es remilgosa para comer y verla es agradable porque disfruta de la comida como yo al tocar la guitarra o el piano. Pasadas las horas anuncian que llegamos a Bogotá.

—Ya estamos a un poco más de una hora de Montería. Bogotá es frío y Montería es caliente, antes de bajar del avión tendrás que quitarte la chaqueta. Porque te asarás.

Realizamos el trasbordo, ahora estábamos en otro avión. Estaremos llegando en la tarde, dijeron que nos quedaremos en la casa de ellos y el fin de semana nos iremos para la finca. Aproveché y le marqué a mi mamá, que supiera que ya estaba en Colombia y rumbo a la famosa ciudad de Catalina Suárez.

—¡Oh! Dylan.

—Dime Bodoque —íbamos en pleno vuelo, me estaba quedando dormido mientras me desestresaba con su mano.

—Ahora que lleguemos, quiero que analices mi tierra, me dices que te pareció cuando estemos de regreso. Tienes dos meses para que descubras el encanto de la ciudad y si te llega la inspiración algún día hazle una canción.

—Ok.

 

Llegamos sobre las cuatro de la tarde, apenas bajé sentí que la cara se me acartonaba por el calor, sentí como cuando saco las galletas del horno de mi abuela, un fogaje abrumador y por alguna razón que no me explico se sintió también una cálida y agradable brisa. El rostro de Catalina me hizo sonreír.

—Mi tierra te recibe con brisa, no es muy común, cuando llegas de una ciudad con un clima diferente al de aquí la cara se te queda tesa —mientras caminábamos en busca de nuestras maletas siguiendo a los pasajeros noté que la siguiente andaba sonriente —Ya siento la cara pegachenta.

De camino en el taxi, menos mal tenía aire acondicionado, el conductor hablaba con los señores Suárez y hablaba muy rápido, las palabras las decía diferente, es más no termina las palabras, las omite, como me costaba comprender preferí mirar el paisaje. En ese instante algo dentro de mí se regocijó, era como si esta lejana y desconocida tierra me daba la bienvenida y acogida, como si me abriera los brazos y dijera estás en tu casa. Los prados planos y verdes se visualizaban ante mí, un túnel de hojas amortiguaba el sol, aunque a esta hora no ejercían ese favor, era un bello atardecer, se veía las sutiles brisas moviendo las hojas de los árboles como si de una danza se tratara. Cata siempre ha dicho que su tierra es mágica, que si uno analiza el valle del Sinú enseña música —sonreí como un idiota—. ¿Cuántos años tendrán estos árboles para que hagan el arco?, y en medio estén las carreteras. Llegamos al casco urbano.



Eilana Osorio Páez

#224 en Novela romántica
#24 en Novela contemporánea

En el texto hay: humor, juvenil, musica

Editado: 18.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar