Sonríe

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Grito. Grito de dolor y de angustia. Había dejado de moverme al sentir el inevitable destino que espera por mí. Don Gustavo logró vengarse al final; y aunque una parte de mí siente que merezco cada misil de sufrimiento, ese lado humano atormentado por el terror y repleto de natural anhelo de supervivencia se opone a aceptarlo. Ese instinto animal me dice que no puedo rendirme, que luche por mi vida. Por eso empecé a moverme de nuevo, a tratar de soltarme de mis ataduras, pero mis pies están tan entumecidos que, al hacerlo, el dolor perforó cada una de mis células.

Grito. Grito de dolor y de angustia. Lágrimas invisibles que la deshidratación ya no me permite derramar brotan de mí acompañados de un quejido discordante. Mi noción del tiempo está por completo perdida. Ya no sé si hace horas, minutos o segundos que el dolor empezó, solo agonizo mientras espero a que se detenga.

La cabeza me cuelga pesadamente sobre los hombros, guiando mi espalda hacia el frente. Si no fuese por las correas que me abrazan, ahora estaría de bruces en el suelo. Empiezo a menear la cabeza de un lado a otro mientras el dolor disminuye demasiado lento. De pronto, el halo de luz blanca y enceguecedora que ingresa sobre mis ojos por la venda floja que pretendía cubrirlos, se torna de un tono gris cada vez más intenso. Todo se hace negro…

¿Me desmayé? ¿Me dormí, acaso? Estoy en un limbo, como si flotara en una nube oscura. Mi cuerpo es una hoja en el viento. Mi cabeza una bola de boliche que intenta aplastarla. Me remuevo. Floto cual globo. Voy a alejarme; quiero alejarme, pero hay algo que me sujeta. Algo cálido. Hay una voz cerca de mí que me implora resistir. Es dulce, tierna. ¿Siente lástima o compasión por mí?

—…de aquí. —Escucho decir a esa voz—. Pero resiste… resiste…

Me siento libre. La opresión en mi pecho se esfumó en un suspiro, pero un par de nubes tersas evitaron que cayera y me golpeara. Con dificultad abro los ojos. Todo está nebuloso y oscuro. Tiemblo. Entonces, en un zarpazo violento que se recubre de sangre, vuelvo a recordar. Transpiro. Hiperventilo al mismo tiempo que levanto la cabeza.

La venda…

Mi vista clarea y se enfoca en lo que reposa frente a mí manchado de carmesí.

La venda…

Slippy tiene la cara bañada en sangre y aun así se pueden distinguir las costuras de hilaza en su rostro que lo obligan a sonreír eternamente. Descubro que el arma no era una simple pistola, sino un revolver, y yace en el piso junto a él, a mano derecha; a la izquierda hay esquirlas blancuzcas de algo sólido bañado en líquido rojizo, viscoso. Oh, Dios…

La venda… la venda de mis ojos no está.



Kim Pantaleón

Editado: 05.07.2019

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