Sortilegio

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Capítulo II

       La magia siempre había estado presente en mi vida, las anécdotas de mi niñez que solía contarme mamá eran prueba de ello. Nunca había pensado que necesitaba alguna clase de protección, viviendo en un barrio tan tranquilo como el mio, rodeada de amigos y compañeros que estaban a gusto conmigo, definitivamente la idea de protegerme no se me cruzaba por la cabeza. Lo tomé casi como algo alarmista por parte de mi tía que en mi treceavo cumpleaños me regalara un collar de turmalina negra junto con mi primer libro dedicado a la magia —cómo no, sobre el uso y magia práctica en torno a las piedras—, aún así, decidí usarlo. No solo por haber sido un regalo, sino porque la encontraba relativamente nerviosa a mi tía cuando no lo llevaba puesto. Habían pasado tres años desde que había recibido ese cristal. Si bien sabía que estos siempre tiene cierta vida útil —por así decirlo—, me ponía nerviosa que se haya roto ni bien había colocado un pie en esta casa. Y no se había fragmentado o rajado la piedra, como normalmente podía suceder: estaba hecha añicos, casi parecía polvo.

       Una leve sensación de angustia me invadió, sentí un nudo en la garganta. Esto no era un buen augurio, tampoco quería despedirme de mi cristal de esta forma, pero era como había leído en alguno de esos tantos libros de gemoterapia y geomancia: todo cumple un ciclo, solo me quedaba agradecer y despedirme por haberme protegido por una última vez al ingresar a la mansión. Con un suspiro, desvié la mirada de mi cristal roto e inspeccioné mi habitación temporal. Lo primero que pensé fue que era muy grande, demasiado. Había un ropero que estaba empotrado a la blanca pared —la madera, al igual que casi todo lo que parecía estar en la mansión, era lustrosa y posiblemente de roble o algún árbol similar—, la cama parecía de plaza y media, las sábanas y el cubrecama de un tono claro y pulcramente tendida. También se hallaba un escritorio casi junto al velador y una silla a pocos metros de la cama; una ventana daba vista al jardín trasero y había unas macetas con plantas de interior coronando dos puntas del cuarto que las identifiqué como zamioculca. Mientras me acercaba, noté que había otra puerta casi al lado del ropero: al parecer era un baño, incluso tenía ducha. Estaba segura de que si no fuera porque me encontraba bastante nerviosa por lo que había pasado hace minutos, estaría asombrada por tanto lujo. Aún con los vestigios de mi piedra en la mano, abrí la ventana de par en par, dejando que el viento ingresara y tratara de llevarse algo de mis inseguridades. El cuarto daba a la parte trasera de la casa, podía notar que varios árboles, a lo lejos, marcaban los límites del jardín principal. Desde el primer piso podía apreciar los techos de otras casas menos ostentosas, muy probablemente residencias para los múltiples invitados que vendrían a la celebración.

       Si antes no tenía ánimos de celebrar —aunque sea algo tan contradictorio como un funeral—, mucho menos ahora.

       Acomodé prolijamente los restos de mi piedra en el escritorio a mi lado y me saqué el largo collar de plata que antes estaba enganchado al cristal, colocándolo sobre la mesita de luz. Mi tía me había enseñado una vez el proceso para despedir las gemas rotas cuando se había rajado una amatista que mantenía en su casa, aparte de marcarme en los libros el procedimiento exacto. Es una lástima que no llegáramos a tocar el tema de ritos funerarios, pensé. Ciertamente poco y nada sabía de ello: mi magia, la que me habían enseñado, estaba más orientada a la naturaleza no elemental; lamentaba no haber traído algunos libros sobre eso.

       Rápidamente recordé el proceso de despedida. Al parecer lo mejor que podía hacer era devolverlo a la tierra, y por un momento pensé en guardar los restos hasta la vuelta a casa y enterrarlas en alguna maceta, pero me sentí mal de solo pensarlo. Era válido hacerlo, si, pero no creía que hiciera algún cambio confinarla en un lugar tan reducido —al contrario que los moradores de esta mansión, el lugar donde vivíamos mamá y yo no tenía patio—. Volví mi vista a la ventana, admirando todo ese verde espacio, y una sonrisa se me formó en el rostro por una furtiva idea que cruzó mi cabeza. Supongo que no notarán un pequeño agujero en la inmensidad de este lugar, ¿no?

       Sin querer perder más el tiempo, junté los restos de la piedra y salí de forma rápida de la habitación. Si Claudia había mencionado que eramos las primeras invitadas en llegar, necesitaría aprovechar eso al máximo. Estaba segura de que llamaría demasiado la atención al ser la primera vez que asistiría a las reuniones del clan, y no necesitaba agregar más conventillo a mi estadía en la mansión. Caminé por los anteriores pasillos y bajé las escaleras sin encontrar a nadie, pero la planta baja ya era algo diferente. Sea porque estaba recuperándome de ese mar de sensaciones extrañas o por lo repentino de la pérdida de mi turmalina, no noté que había mucha gente de acá para allá: eran hombres y mujeres vestidos con uniforme doméstico que estaban limpiando cada rincón de la casa. Algo que me molestaba mucho era que me interrumpieran, sea en una conversación, estudiando o haciendo cualquier otra cosa. Aun así me armé de valor y casi tímidamente pedí a una chica que estaba limpiando las ventanas indicaciones para llegar hasta el jardín. Claramente no todos tenían una personalidad tan molesta como la mía; ella me sonrió y muy amablemente me enseñó el camino. Nunca había sido buena para asociar caras y nombres, pero definitivamente haría mi mayor esfuerzo para recordarla en caso de que necesitara algo más y no me animara a pedírselo a otra persona.



Violetas Azules

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En el texto hay: romance, magia

Editado: 24.02.2018

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