Soy Evan

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Capítulo 29

Mi teléfono volvió a sonar sin haber pasado media hora. Esta vez había algo más de cobertura y la voz de Argus sonó con más claridad.

—Evan. – no le dejé continuar.

—Se la han llevado. – escuché la derrota en su voz cuando confirmé sus temores.

—Trató de avisarnos, ella trató de avisarnos. Pero no llegó a tiempo. – sus palabras me sacaron de mi ira, para llevarme al desconcierto.

—¿Qué quieres decir? – más le valía explicarse rápido, porque no tenía mucha paciencia en aquel momento.

—Irene se puso en contacto conmigo, ella... ella tuvo un sueño. Decía que Viky estaba en peligro. Divagó sobre mares de fuego, una montaña en llamas... y entonces pensé que podría ser real, porque ibais de excursión a un volcán. Pensé.... no sé... ¿una erupción volcánica? .... Pero ella seguía insistiendo en que protegiéramos a Viky. – No podía culparle, lo que me decía no tenía mucho sentido, y menos aun habiendo presenciado como había sido.

Los oráculos son siempre retorcidos, y entenderlos entraña mucho más esfuerzo del que uno puede darle. Y no siempre, la explicación que uno encuentra, encaja con lo que realmente quiere transmitirte. Solo cuando presencias aquello sobre lo que hablan, uno puede intentar encajar sus palabras. Porque no eran otra cosa que un puzzle, tan complicado, que pienso que ni ellas saben cómo resolverlo. El tiempo y la experiencia, hace que una vidente llegue a entenderse a sí misma. Pero...

—¿Irene? – eso explicaba el porqué de su propia divagación. Su visión no estaba clara ni para ella misma. Que yo recordara, ella era muy joven.

—No sé cómo consiguió mi número, porque ya no tengo el mismo que utilizaba con Shullz. Al principio creí que podría ser un tipo de trampa, pero su insistencia, su desesperación, me inclinaron a pensar que la amenaza era real. Por eso te llamé, porque ella insistía en que teníamos poco tiempo, que iba a ocurrir muy pronto. – y uno sería un loco si le daba la espalda al aviso de un oráculo, al menos si llevaba a cuestas una historia como la nuestra.

—Tenemos que volver a comunicar con ella. –

—Lo haré. – pero eso no era suficiente.

—No le digas que vamos a ir a buscarla. – era nuestra única baza. Bueno, no la única, porque mi brújula interior tiraba de mí hacia oriente. Grecia estaba en aquella dirección, así que reclutar al oráculo, nos pillaba de camino, o eso parecía. ¿Habría regresado a la cueva? De ser así ¿cuál era el peligro que se cernía sobre Viky? Ella era poderosa en su cueva. ¿Tendría algo que ver con el mundo de los espíritus? Demasiadas preguntas que me golpeaban mi cabeza, y solo una certeza; la magia estaba metida en todo esto. Como hombres cuyo único don es la longevidad, teníamos que reclutar tantos seres ligados a la magia como fuese posible. El primero de ellos, un oráculo. Pero por si acaso, no iba a dejarlo al alcance del enemigo, esta vez vendría con nosotros.

Nuestro plan iba cogiendo forma medida que avanzábamos un paso. Angell compró los billetes de avión para Grecia, mientras el resto recogíamos nuestro equipaje. Y fue allí, en nuestra habitación, la de Vikyy mía, que me topé con el primer problema.  ¿Qué hacía con las cosas de Viky? Paso a paso, pensé. Las guardé todas en su maleta, y añadí aquello que yo no necesitaba para aquella misión. Bañadores, sandalias, pantalones cortos... todo lo acomode junto a la ropa de Viky. Las cremas protectoras las dejé en el baño, porque era algo que podría traerme problemas en el aeropuerto.

Todo lo que llevaba en aquella maleta podía reemplazarse, pero, por alguna razón, me costaba deshacerme de las cosas de Viky. Quizás por eso, cuando los chicos me vieron llegar al hall del hotel, sus miradas se centraron en la maleta que arrastraba detrás de mí, y que todos sabían que era de ella. Antes de que el primero de ellos hiciera la pregunta que todos tenían en mente, me apresuré a darles una respuesta.

—Cuando la encontremos, puede que necesite algo de ropa o calzado. – Ellos asintieron, porque ninguno se atrevería a contradecirme en esa ocasión. Pero tenía que reconocer, que lo único que necesitaría Viky era su pasaporte, y ese lo llevaba junto al mío. Toda su documentación viajaba en la mochila que llevaba a mi espalda. Allí donde estuviese, necesitaríamos sacarla rápido de allí, y el cuento del secuestro y la embajada solo podríamos explotarlo una vez.

Costó encontrar pasajes para abandonar las islas, por eso íbamos cada uno en un asiento diferente, y algunos en aviones diferentes. Pero todos teníamos un miso destino; Mikonos, Grecia.

Cerré los ojos nada más despegar el avión, una costumbre que habíamos adquirido todos en el grupo, mientras buscábamos a la reencarnación de nuestra Ninfa. Ninguno sabíamos dónde ni cuándo surgiría la posibilidad deponernos en movimiento siguiendo su rastro. Así que procurábamos aprovechar cualquier oportunidad a nuestro alcance para descansar. Viajar en avión era la mejor de todas ellas, porque sabíamos de antemano que estaríamos un tiempo sin poder cambiar nuestro destino.



Iris Boo

Editado: 28.03.2019

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