Storie dell'anima

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La Partida

—Bueno... —comentó una chica de pelo castaño enmarañado al vacío, mientras tamborileaba los dedos sobre las rejas—. Esto es un cambio de escenario maravilloso.

La verdad era que si hubiera hecho caso a los que le habían advertido que vender huevos de criaturas fantásticas ilegalmente le traería problemas, no estaría ahora en ese maldito calabozo. Sin embargo, como bien habría dicho su padre, la prohibición de criaturas mágicas era extremadamente ridícula. Los gobernadores estaban locos si creían que las criaturas mágicas eran peligrosas; ¡ella ya había recibido cartas de antiguos compradores diciendo lo bueno que estaba resultando el animal!

Caviló para sus adentros, apoyándose sobre las rejas. Desde que les atraparon anoche, había estado probando abrir la cerradura con todo lo disponible en esa prisión y, como se podía comprobar, no había tenido resultados. Sin cosas ya que usar, se había pasado el resto de horas pensando, gracias a su paranoia, quién habría sido el hijo de puta en su tripulación que se había chivado a los centinelas.

Movió sus manos con impaciencia, dando vueltas en la celda cuando, de repente, se oyeron unos pasos que iban con seguridad hacia allí. Se dio la vuelta.

—El gobernador supremo parece ser que está interesado en como es capaz de conseguir huevos de esas cosas inmundas, señorita Minoty —le habló un centinela, de aspecto robusto.  

—Le puede decir que pierde el tiempo. Jamás lo diré —Se cruzó de brazos.

—Es curioso. Eso dicen todos antes de ser torturados —Le dedicó una sonrisa sardónica—. Me ha mandado que le lleve a su despacho por cualquier medio si es necesario, pero honestamente nos hará un favor a los dos si coopera.

La capitana le inspeccionó de la cabeza a los pies y sus ojos dieron con algo que llevaba el centinela que casi le hizo sonreír.

—Muy bien —repuso ella, altanera.

El centinela, pillado por sorpresa, tardó unos segundos en recomponerse y sacar las llaves. Cogió a la capitana de un brazo y tiró de ella fuertemente hacia fuera, cerrando de un portazo después y, refunfuñando, le obligó a seguirle. Ésta, resoplando, tiró de su brazo para que le soltase y caminó detrás de éste con paso decidido. Una vez arriba, giraron a la izquierda y avanzaron por un pasillo. La capitana, siguiendo su plan, se acercó a la cintura del  centinela para alcanzar la daga que éste tenía en su costado. Sus manos se deslizaron con cuidado y su mano agarró el mango de la daga, a punto de sacarla...

Una mano agarró su muñeca quemándole y ella, soltando un pequeño alarido, dejó lo que estaba haciendo enseguida. Junto al centinela, había aparecido un chico que llevaba una capa de color verde oscuro con los bordes de color rojo sangre y con unos símbolos que reconoció como los que usaban los obscuri, el tipo de hechiceros más desagradables. Y, encima, tenía en el pecho unas letras moradas bordadas que le indicaron que también era el gobernador superior. ¡Vaya suerte la suya!

—Gracias, yo me encargo desde aquí —alegó, girándose hacia el centinela.

El centinela dio al minuto la vuelta, alejándose con una rapidez increíble mientras el gobernador superior tiraba de ella hasta una sala cercana donde le hizo entrar.

—Señorita Alakrinna Minoty, ¿cierto? —Se sentó en la silla y le indicó con una mano que le imitara, aunque la otra ni se movió—. Soy el gobernador superior, a su servicio.

— Es Inna Minoty —Le dirigió una mirada asesina—. Y no pienso contarle nada sobre los huevos.

—No es la primera vez que escucho eso... Pero, esta vez es diferente...

Y en esos momentos, abrió el cofre que había tenido sobre la mesa en el que se encontraban seis huevos multicolores brillantes que Inna reconoció de inmediato; dos de ellos ya tenían unas criaturas pequeñas de color verdoso y pequeñas alas membranosas. El gobernador introdujo una mano en el cofre y sacó una con sumo cuidado.

—Quiero más de estos —comentó acariciando la criatura, que era del tamaño de su palma.

—¿Disculpa? —Inna consiguió decir, algo sorprendida.

—Como bien sabrás, estas criaturas son muy útiles para recaudar información y recordarla sin ser descubiertos; nos vendrían de perlas en la lucha contra los reinos del sur, quienes ya han mostrado en varias ocasiones su desprecio hacia nosotros con sus actos... vandálicos—comentó él, dirigiéndole la mirada.

—¿Me estás diciendo que tengo permiso para hacerme con más de esos huevos porque los necesitáis en vuestras guerras? ¡Ja!¡Debo estar muerta para que los gobernadores admitan necesitar criaturas fantásticas!



Angellovix

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En el texto hay: paranormal, fantasia oscura, fantasia

Editado: 28.12.2019

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