Sueños bajo el agua ©

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Capítulo 18: "Desarmados"

Los aparentes descansos no eran más que eso, apariencias, ya que a pesar de sus constantes siestas, y diversas horas de juego, no había posibilidades de poder disipar las angustias plenamente, esto se debía a las tensiones, lo cual dividía al grupo, haciendo que formaran tres conjuntos con números desiguales: el primero estaba formado por Misa y Yamil, el segundo por Abel y Alan, y el tercero, pero no menos importante, Talía. No es que la castaña estuviera en contra del resto, pero prefería estar sola antes de tener que ponerse en batalla contra sus propios compañeros, por eso no se juntaba específicamente con nadie, sin embargo, hablaba casualmente con cada uno de ellos.

Cada conjunto compartía diferentes opiniones, y claro, las charlas estaban envueltas alrededor de sus creencias y su posible positivismo, que era (de alguna manera) menos firme de lo que aparentaban.

—Las idas y vueltas me están matando, Yamil —los pasos de ambos hermanos, resonaban en el pasillo metálico en lo que Misa se quejaba de la larga caminata. Quizás ese era uno de los recorridos más largos que habían realizado en esa nave, sin embargo, no sabían que ese mismo corredor llevaba a la sala de juegos, justo en donde ahora estaban Alan y Abel pasando un buen rato.

—Tranquila, tú dijiste que querías hacer otra cosa además de estar en nuestra habitación —y aunque parecía poco ético, los hermanos dormían en el mismo cuarto a pesar de ser del sexo contrario, lo hacían por el simple hecho de que no querían descuidarse, y además, ya no confiaban en Abel, y mucho menos en Alan, quien lo apoyaba decididamente y pasaba la mayor cantidad de tiempo a su lado.

—¡No me importa eso, te dije que…! —la joven pelirroja se interrumpió al ver aproximarse a los mismos chicos que ahora tanto odiaban, por lo que chasqueó la lengua y tomó a su hermano de la camisa tirando de ésta—. ¡Allí están! ¡Hay que escondernos! —le dijo en un tono más bajo, y se introdujo en un pequeño cruce que se daba entre los dos corredores.

—¡No puedo creer que me ganaras de nuevo! —rió Abel mientras caminaba al lado del morocho, al parecer, la amistad de ambos había tomado un rumbo realmente serio, pues se notaba la camaradería entre ellos. Por otra parte, los mellizos estaban esperando a que ellos se trasladaran sin tener la oportunidad de intercambiar palabras o miradas, pero su suerte no fue así. Apenas pasaron por esa galería los otros dos chicos, Alan fue el primero en detenerse, y, con una mano en la cintura fue a decir.

—¿De quiénes se están ocultando? ¿De nosotros? —les preguntó en lo que se medio giraba hacia el cruce de corredores, al hacerlo, mostró un semblante realmente serio. Abel no se esperaba eso, de ahí vino su expresión, la cual cambió a una de sorpresa. ¿Cómo es qué los había ubicado?

—Maldición —dijo por lo bajo la pelirroja mientras su hermano tragaba algo de saliva por los nervios, pero aun así salieron ambos. Primero fue Misa, quien quería mostrarse con un aire de no ser afectada por la actitud de Alan—. ¿Nosotros? ¿Ocultarnos de ustedes? ¡Por favor! —se escucho la ironía en sus palabras en lo que hacía un ademan con su mano.

—Si no es así, ¿entonces que hacían escondidos ahí? —Alan señaló la esquina del cruce, pero Abel que notó que estaba empezando a tensarse el ambiente, por lo que posó su mano sobre el hombro de él tratando de calmarlo.

—Nada en especial, sólo pasábamos por aquí —eso era cierto. ¿Pero cómo saberlo? Los resientes roses entre ambos grupos daban otras cosas que pensar, y por eso Alan sacudió su hombro sacando la mano de su amigo, para luego acercarse a Misa e imponerse contra ella, sin embargo, la otra se mantenía firme sin demostrar la más mínima señal de desesperación.

—Si me llego a enterar que lo hacían apropósito, ya verán —el pelinegro bajó un poco su voz para poder escucharse más amenazante. Así fue también como entrecerró ella los ojos sin apartarlos de su contrario, y logrando con esto, poner más nervioso a su hermano.

—¿A sí?, quisiera escuchar eso que harás —alegó con burla, pero antes de que el otro respondiera, las bocinas sonaron para llamarlos al lugar de encuentro de siempre. Enseguida, las cabezas de todos voltearon hacia donde escuchaban la voz, y luego se miraron entre ellos.

—Parece que se salvaron —les respondió acompañando esas palabras con un gesto de superioridad, y para demostrar más su valía la pelirroja, pasó por al lado de Alan chocando con su hombro, quien luego dejó escapar un chasquido. Luego de que los hermanos se adelantaran, Alan se quejó.

—No entiendo quién se cree que es. ¡No les hicimos nada!

—No te preocupes demasiado por los detalles, Alan, de igual forma nunca comprenderían lo que es estar en nuestros lugares y ver lo que nosotros vemos —Abel le dio unas pequeñas palmadas a su amigo, y luego se pusieron en marcha. Aunque tenían opiniones diferentes, ellos no dejaban de ser muy cercanos entre sí.



La Rosa Blanca

Editado: 12.11.2019

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