Sueños fugaces

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Termina la canción y los hombres chiflan, algunos aplauden, bajo del escenario y necesito otro trago urgentemente. Llego a la mesa donde están los demás.

 


—Ahora ya sabemos quién gano, hermanita aquí está tu dinero.

 

—Gracias hermanito, chicos fue un placer hacer negocios con ustedes — me rio y tomo el dinero.

 

—¿Cómo? Es obvio que están jugando con nosotros.

 

—No, Genaro, somos hermanos — digo feliz, abrazo a mi hermano y le doy un beso.

 

—Y ahora ya sabemos quién no pagara la ronda —digo triunfante.

 

—Eso no vale, es trampa.

 

—No es trampa, Ernesto, la apuesta fue que trajera a una mujer que no conocieran ustedes y  yo he traído a mi hermana, es totalmente valida, acepta que perdiste, que ustedes perdieron.
Ernesto tiene fruncida la frente, su enojo es evidente, no es tipo que acepte perder.

 

—Quiero la revancha, no puedo perder y  menos contigo.

 

Que machista es este hombre, ¿Qué no puede perder, y menos conmigo? Es un completo idiota, ya decía yo que su presencia no me gustaba ¿Acepto el reto o me retiro? Pero si me retiro, me tratara como una cobarde o algo peor, pero si acepto estaré al nivel de un borracho ¡Jesús! Que dilema hay, no me gusta esta situación.
Ernesto se levanta viendo que yo no he dicho nada sobre la revancha, camina hasta el escenario y toma el micrófono. 

 

—Artemisa te reto a una revancha —¡Que! ¿Está loco?

 

—Pero ¿Está loco o que le pasa? ¿Qué pretende con esto? — digo a los tres hombres que me están mirando en este momento.

 

—Cuando canto el, lo hizo sin motivación, pensando que ganaría pero viendo que ganaste la apuesta, esta ardido porque perdió, tu no lo sabes pero él y la mujer de rojo que está en la mesa del centro, son los mejores cantando, nadie, en los tres concursos que ha hecho el bar, han podido ganarles —dice Josué.

 

Busco a la mujer con la mirada, cuando la encuentro me doy cuenta que es la misma mujer que he mirado cuando estaba cantando, me fijo bien en ella, una mujer con un súper cuerpazo, cabellera negra como la noche, tiene un precioso rostro, está riendo, su sonrisa es mejor cuando no está haciendo caras de críticas.

 

—Que sean ochocientos Artemisa — dice un hombre completamente molesto, me siento como en la película de una amenaza en el pueblo, solo que en vez de ser un niño que no pasa de año, es un hombre presumido con un gran ego, quien no acepta que ha perdido.

 

—Que sean mil pesos Artemisa —la gente en especial los hombres hacen ¡Uyyyyyy! Me enfocan con un reflector. Las personas hacen motín para que pase a cantar, mientras que la mujer de rojo, me fulmina con la mirada, cruzando los brazos y las piernas, empiezan a corear mi nombre, me siento rara con toda esta atención, claro que no es diferente cuando estoy de gira con el libro, esto está fuera de control, pido otro vodka y me lo tomo rápidamente si voy  hacerlo necesito valor.

 

Camino con decisión y subo al escenario, tomó el micrófono que me da el encargado y el primero en cantar es Ernesto con Me dedique a perderte de Alejandro Fernández, las personas aplauden, corean la canción, cuando acaba le aplauden con más fuerza y gritan su nombre una y otra vez, se ve que es el favorito de este lugar. Escogeré canciones que mejor me salen.
Yo canto valió la pena de Marck Anthony, hay el mismo efecto que cuando mi compañero de escenario canto solo que no corean mi nombre, algunas personas bailan a lado de su mesa, otras simplemente me miran con odio.

Quiero bailar pero no me siento con la confianza necesaria para hacerlo. Miro a mi en hermano y a los demás en busca de ayuda, pero no hacen nada para bajar a su amigo en cambio yo estoy aquí siguiendo el juego presionada por el público, Jorge desvía la mirada en cuanto me ve. Termina la canción y yo bajo con más decisión y cobardía que nunca, escucho los abucheos del público, mientras que Ernesto se queda fanfarroneando en el escenario.
Llego hasta la mesa donde están los demás tomo mi bolso y me voy de ese lugar. Jorge me sigue hasta la salida.

 



Cecilia Ovando

Editado: 01.04.2019

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