Sueños fugaces

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Después de bajar las maletas y dejarla en una de las habitaciones más grandes de la casa, desempaco lo voy poniendo todo en cajones y en el armario. Cuando ya he terminado bajo a la sala donde se encuentra mi padre, y después voy a la cocina donde se encuentra mi mamá preparando la cena. 
Ya estando la cena y la mesa lista nos disponemos a tomar los alimentos en familia, platicamos un rato sobre los recuerdos, hasta que mi padre cambia el tema. 


—¿Cómo te va en tu trabajo cariño? 

 

—Muy bien papá, de hecho acabo de volver de una gira con el más reciente libro, aunque fue un cambio a lo que venía escribiendo, el público ha reaccionado bien, tanto que estoy pensando en hacer una secuela. 

 

—Ay hija trabajas mucho, no te das un respiro del trabajo te vas a enfermar —mi mamá siempre preocupándose por mi.

 

—Tranquila mamá, no me enfermare, me estoy tomando unas vacaciones justo ahora con ustedes —le sonrió, hace mucho que no me tomo un respiro.

 

—Hermanita ahora que lo pienso ¿Cómo le hiciste para llegar si me dijiste que te habías perdido? 

 

Y así sin más mi hermano lanza aquella pregunta los tres miembros de mi familia se me quedan viendo en espera de una respuesta, pero debo de hacer un gran esfuerzo para decir lo que en verdad ciento. 

 

—Pues veras, estaba pidiendo indicaciones de cómo llegar en una tienda de abarrotes, cuando un hombres que estaba a mis espaldas me dijo que precisamente el venia para acá, que lo siguiera desde mi coche nada más. Así que eso hice que por cierto después ya no lo vi para darle las gracias. —Mi hermano me mira con curiosidad él sabe perfectamente que no estoy diciendo algo, me conoce aunque casi no nos vemos. 

 

—Y ¿Cómo es el cariño? —mi mamá siempre haciendo preguntas, quiere saber hasta el más mínimo detalle.

 

—Pues no me fije mucho, solo recuerdo que tiene cabello negro, ojos grises y que tiene una nariz perfilada, ni siquiera sé cómo se llama — lo digo sin mostrarle mucha importancia, aunque me fije mucho más de lo que quiero aparentar. 

 

—Creo que ya se quien es, aunque sea con esa pequeña descripción en el pueblo no hay personas así, pero ya daremos con él, para que le puedas dar las gracias. 

 

Mi hermanito no pierde oportunidad de insinuar lo que pensé en el OXXO, solo de recordarlo me dan unos grande calores como si fuera menopaúsica. 
Cuando hemos terminado de cenar, mi hermano dice que él y yo nos haremos cargo de los platos, si no lo conociera diría que este algo quiere, para que este tan modosito, si solo de que no estuviera el capataz del rancho, ya no aguantaba el trabajo. 
Estando en la cocina mientras yo lavo los trastes y el los enjuaga y seca le pregunto: 

 

—Ahora si hermanito ¿Qué es lo que quieres para que estés tan modosito? 

 

—¡Ay Artemisa! Como eres, me ofendes.

 

—Jajajajaja suéltalo de una vez, tu algo quieres. 

 

—Bueno, bueno está bien. Es que mis amigos dijeron que el que llevara a una mujer que ninguno de ellos conociera no pagaría la ronda en el bar de Paco mañana. 

 

—Así que ¿Soy una apuesta? — lo miro con una ceja levantada. 

 

—Yo no lo diría con esas palabras. 

 

—Y que ganare yo con todo eso. 


Cuando terminamos de limpiar los trastes. Salimos de la cocina para mantener la conversación lejos de los curiosos. Estando en las caballerizas vuelvo hacer la misma pregunta. 

 

—Y que ganare yo con eso Jorge.

 

—Pues que podremos buscar al hombre misterioso para que les des las gracias — dice con una cara que refleja travesuras — y yo ganare no pagar la ronda en el bar de Paco. 

 

Lo pienso por unos instantes, si quiero darle las gracias y conocer tan siquiera su nombre aunque no lo vuelva a ver. Y si no lo llego a encontrar qué más da. Trato de hacerme creer eso. 



Cecilia Ovando

Editado: 01.04.2019

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