Superlumínico

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Capítulo 14

Manuel seguía sin aparecer y los días corrían, no sabía como ubicarlo e intentar advertirle de los planes de sus padres, porque si, aunque pudiera morir o peor, me encargaría de hacer lo justo, no podría soportar la idea de que pude hacer algo y callé.

Por otro lado, tan solo quedaba una noche para ir a la casa de mis queridos protectores, ¡y por fin! Ver si encontraba solución al menos a uno de los problemas en los que estaba.

Los pasillos se encontraban oscuros como el alma de sus dueños, la habitación de Margarita antes llena de vida y colores, ahora lucía apagada y la tristeza de su dueña se había apoderado de todo el lugar, el silencio apenas interrumpido con los continuos sollozos de la joven.

-Vamos pequeña florecilla, sal de la cama y mira el día hermoso que hay afuera.

-No puedo Sofía, me duele justo aquí- dijo al tiempo que señalaba su corazón- Siento que todos me dejaron a la deriva, me siento sola, extraño tanto a Manu, a mis otros hermanos. Sabes siento que nunca volveré a ver estas tierras ni a mi familia, quedaré a la merced de ese hombre y la poca luz que queda en mí, no volverá.

Sus palabras estaban cargadas de sentimientos, pero de algo estaba segura, la vida me trajo hacía ella y aunque tal vez no tenía una gran casa o valiosas posesiones, con mi amistad y cariño esperaba que al menos pudiera subsanar algo de esa tristeza y soledad.

-Nunca más estarás sola, te prometo que siempre estaré contigo en las buenas y sobre todo en las malas, en el Reino de Sevilla, Santo Domingo o en la misma luna. Ahora vamos tenemos que escapar de las garras de la bruja e ir a la tierra de las hadas- Esperaba que Lucía no supiera de esta salida o estaría en grandes problemas, pero lo valía con tal de ver esa sonrisa en su rostro.

Entre risas y susurros llegamos al pequeño bosquecillo de la propiedad, no sin antes tomar algunas provisiones de la cocina, entre ellas chocolate por alguna razón sabía que ese producto curaba todos los males.

-Gracias, eres la mejor amiga que podría haberme dado la vida.

-Ohh, pequeña eres tan amorosa, probemos ese chocolate que tanto me tiene intrigada- su sabor era dulce y familiar, de pronto sentí que todo se detuvo.

Tendría unos seis años, un adorable cerquillo y al sonreír faltaba una de mis paletas. Estaba en una casa de aspecto cálido y conocido, todo olía a jazmines y galletas de miel.

-¡Sí, chocolate! Papá dice que, si tomo mucho, me dolerá la pancita, pero es rico, yo quiero todo, todo abu.

-Anne, tu padre tiene razón a veces hasta las mejores cosas, en exceso causan daño, por eso hay que tomarlo en cantidades pequeñas o darles a otros. El chocolate se comparte, se regala, simboliza dulzura, amor y felicidad, siempre da cuanto puedas, veras que tu corazón será sumamente dichoso luego de ello.

-Pero es chocolate abu, es sagrado es como eso que dan los domingos en la Iglesia.

-Cariño, se llama hostia, tal vez ahora no lo entiendas, pero en el futuro ciertamente lo harás.

De pronto me encontré en el bosque, Margarita me miraba preocupada, seguía con la taza en mis manos, pero mi mente se encontraba muy lejos. Mi abuela era tan sabía, siempre me guío en cuanto pudo, al menos eso se veía en cada memoria, incluso si me esforzaba aún podía seguir sintiendo la sensación de ese abrazo.

Creo que ahora entendía sus palabras, sí que lo hacía.



PriscilaMartínez2014

Editado: 16.07.2019

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