Superlumínico

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Capítulo 3

Me encontraba en el Reino de Sevilla, perteneciente a la Corona de Castilla, en el año 1530. Según me contaron Carlos y Celeste, hacía unos años se había descubierto que la tierra no era plana, que existía más mundo del que se creía, las llamaban “Las Indias Occidentales”.

Muchos jóvenes con el sueño de enriquecerse y llenarse de gloria, marcharon a esas tierras hostiles y salvajes, con los pocos maravedíes que poseían. Así sucedió con sus dos hijos, quedándose ellos solos y luchando por sobrevivir, Celeste hacía costuras a algunas mujeres de alta alcurnia y Carlos se rebuscaba en un pequeño taller de carpintería, los años le pesaban y no podía menos que sentirme triste por ellos, además de una nueva carga.

Eran muy humildes, pero personas de gran corazón, no quisieron dejarme en la calle y me ofrecieron hospedarme en su pequeño hogar, al menos hasta que recuperará la memoria o encuentre a mi familia si es que tengo.

Algo que me resulto muy extraño, fue que mencionaron que mi ropa no parecía de aquí, nunca habían visto a una mujer con pantalones. Se debía vestir faldas largas y lisas, camisas sencillas y si hacía frío una pañoleta, por otro lado, si eras casada usabas una cofia o el cabello recogido, cosa que me hizo respirar un poco más tranquila, no estaba casada, aunque Celeste decía que no podíamos estar del todo seguras.

Los días pasaron y descubrí que la costura no se me da bien, ya tenía todos los dedos pinchados, pero me las arreglaba para hacer algo, quería ayudarlos en todo lo que pudiera. Hoy teníamos que llevar unos cuantos vestidos a la hija de un noble y mercader muy importante, llamada Margarita, una de las pocas clientas asiduas que tenía.

La suciedad de Sevilla me impactaba, el olor nauseabundo me revolvía el estómago, no podía entender como la gente vivía entre tantos desperdicios. Supongo que soy del campo o eso dijo Carlos cuando lo mencioné. Debías ir con mucho cuidado, ya que cada tanto se escuchaba alguien gritar “aguas, va” y si no reaccionabas lo suficientemente rápido podías acabar cubierto de orines o peor.

Al llegar me encontré con una casa de tres plantas, enteramente de piedra, de ventanas enrejadas y pequeñas, sobre la puerta colgaba un escudo de armas era la familia “Zúñiga”, su sencillez me gustó mucho. El ama de llaves nos condujo por un vestíbulo empedrado, hasta llegar a una biblioteca, quede maravillada, las paredes se encontraban cubiertas de libros, cada mueble, cada detalle era sumamente refinado y costoso.

Sentada en lo que parecía un cómodo sofá, se encontraba una joven de cabellos castaños, casi negros, de grandes ojos verdes, no le daba más de quince años.

-Celeste, veo que ha traído mis vestidos- dijo visiblemente feliz por ello- Además ha traído compañía.

-Si, señorita aquí se los traigo debe probárselos, le aseguro que será la más bonita donde vaya. Ella es mi nieta Sofía, de parte de mi hijo mayor.

El no saber nada de mí, me tenía algo, bastante frustrada, a decir verdad. Todos los días intentaba recordar algo, pero nada sucedía. En sueños creía ver a una anciana, algo difusa tenía la sospecha de que podía ser un avance, aunque nada era seguro. Por lo cual Celeste que siempre había querido una hija, me llamo Sofía como su madre.

-Un gusto, espero que los vestidos sean de su agrado- no pude evitar una amable sonrisa, la chica irradiaba bondad.

-Siempre lo son, sabes justo estoy buscando una dama de compañía, creo que usted podría ser la indicada. Claro antes debe hablar con madre.

La mencionada hizo acto de presencia, su mirada era seria y amargada, vestía un sobrio vestido gris y en su pecho colgaba una gran cruz de oro. Me inspecciono como quien mira a un insecto, frunciendo aún más el ceño, si eso era posible.

-No creo que la joven este a la altura, querida. No olvides que representará a los Zuñiga, en cada evento que deba acompañarte.

La expresión de Margarita decayó, se veía muy emocionada de que fuera su dama y a mi me vendría bien, así podría ayudar más en el hogar. Odie a esa mujer, ese tono despectivo, creyéndose más que nadie por tener unos cuantos maravedíes.

-Disculpe señora, pero mis ropas no denotan mi conocimiento, se leer y varios idi…- no me dejo continuar.

-Usted es una insolente y una mentirosa una pobretona jamás tendría esos conocimientos.

-Je regrette vraiment, si mes paroles vous ont offensé (lamento en verdad, si se sintió ofendida con mis palabras)- dije en fluido francés, no sabía cómo lo dominaba pero ahí estaba, al parecer no era el único idioma porque continúe- a priest from my village, taught us all, the children (un sacerdote de mi pueblo, nos enseñó, a todos los niños)- espero que ahora que su señoría sabe que no miento, sea suficiente para el puesto- las expresiones de todos era de asombro.

Me sentí sumamente feliz, logrará o no el puesto, educadamente y sin rebajarme a su nivel, la deje callada. El tener más o menos dinero, no te hace mejor persona, de que sirve tener tanto, si por dentro estas lleno de prejuicios, vanidad y orgullo por algo que es solo material. Yo era una pobretona sí, pero prefería serlo siempre a ser como ella.



PriscilaMartínez2014

Edited: 19.01.2019

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