Supernova: Plaga Mortal

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Mis piernas estaban paralizadas, como si hubieran sido amarradas repentinamente al suelo por alguna cuerda que mis ojos no podían ver. La pesadez en mi pecho apareció casi después de darme cuenta que no podía moverme; era una sensación profunda muy parecida a la nostalgia. Hacía varios años que no veíamos al tío Enzo en persona y, en estos momentos más que nunca, era necesario poder encontrarnos con él una vez más. A pesar del flujo imparable del tiempo, Enzo no mostraba en su rostro marcas de vejez ni alguna señal que evidenciara el pasar de los años; lo único remarcable en su cara eran unas apenas visibles ojeras que se asomaban tímidamente de sus párpados, lo cual era normal teniendo en cuenta la responsabilidad que ahora tenía sobre sus hombros como la única mente que podría convertirse en la salvación de la raza humana. Con una mirada furtiva a sus alrededores llenos de personas, Enzo se percató de mi presencia y la de mi hermana al detener su inspección en nuestra dirección. Mi cuerpo ya se sentía preparado para dar el primer paso que pudiera acercarme hacia Enzo, pero alguien se me adelantó.

— ¡Tío Enzoooo! —gritó Paulina y corrió hacia él como si se tratase de una niña pequeña. Intenté detenerla, pero mi reacción no fue lo suficientemente rápida como para poder siquiera tocarla cuando salió apresurada para saludar a su familiar.

— ¡Eh, Paulina! —exclamó Enzo sin mucho cambio en su tono de voz al recibir el impacto de cuerpo de mi hermana. Era típico de Enzo el no externar ningún tipo de sentimiento, aunque nosotros supiéramos que sí sentía muchas cosas. O eso creíamos— Has crecido muchísimo desde la última vez que nos vimos. Recuerdo que antes podía cargarte en mis brazos, pero ahora prefiero no intentarlo.

— ¿Me estás diciendo gorda? —cuestionó Paulina en tono juguetón al intentar ocultar sus ojos llorosos en la bata negra de Enzo— Porque me he estado cuidando bastante desde hace varias semanas para poder estar en forma.

— Nada de eso —respondió Enzo con su tono de voz firme—, solamente me sorprende bastante la manera en la que funciona la naturaleza. Creciste bastante, en verdad —su mirada subió unos centímetros para encontrarse directamente con la mía.

— Enzo… —murmuré. Sentí un ligero empujón a mis espaldas. Al voltear, vi que Nicolás quería que me acercara con él para saludarlo como lo había hecho mi hermana.

— Oye, Mateo —empezó Enzo—, te felicito por haber sido un buen hermano y cuidar de Paulina por tanto tiempo.

— No creas que voy a correr eufóricamente como un maniático para abrazarte, Enzo —afirmé mientras caminaba hacia él. Al ser el mayor, era mi deber el mostrar que algo de madurez se había creado dentro de mi ser—. Sin embargo, debo admitir que ansiaba este encuentro desde el fondo de mi corazón —dije al llegar y unirme al abrazo. Ese gesto de cariño no fue como yo me lo esperaba.

Por alguna razón, sentía un poco de frío y rigidez en aquel abrazo, como si Enzo hubiera perdido algo esencial en él. Lo primero que se me vino a la cabeza fue un pensamiento relacionado con la posibilidad de que esa sensación gélida que emanaba Enzo se debía a una pérdida significativa de humanidad en su alma. Si se me pidiera que explicara por qué sentía esto, exclusivamente la falta de humanidad, no podría ser capaz de dar detalles firmes; simplemente es lo que siento y lo primero que me cayó en la cabeza. Aun así, en caso de que mi intuición de chico torpe esté en lo correcto, no puedo culpar a Enzo por perder algo de humanidad o cordura después de todo lo que ha pasado. De hecho, lo entendería perfectamente, ya que ni siquiera estoy seguro de cómo se han modificado exactamente mis propios ideales a raíz de este asunto con los tóxicos. Si Enzo ya había perdido algo de humanidad por vivir lo suficiente para presenciar lo que ocurría en el mundo desprotegido afuera del domo, entonces era mi deber buscar algo de empatía en mi ser y entender cómo su corazón pudo haberse estrechado para ganar la fortaleza necesaria para cumplir con las expectativas de la gente que ahora confiaba su vida en él.

Después de unos segundos en aquel momento familiar, fui capaz de percatarme que absolutamente todo el recinto tenía sus ojos postrados sobre nosotros, como si fuéramos su medio de entretenimiento en ese instante. Este hecho era tanto que, con un rápido análisis por medio de mi mirada, me di cuenta que incluso los militares que se veían más metidos en sus asuntos habían detenido sus actividades para contemplar el espectáculo de la familia Zinua. Afortunadamente, y como era de esperarse, Enzo también se había fijado en la situación actual, por lo que levantó una mano en el cielo.

— ¡Tómense los próximos veinte minutos como descanso, no quiero ver a nadie en este espacio al menos que quieran ser sacrificados por las criaturas afuera del domo! Ya saben que yo no bromeo —expresó con gran rigidez en sus palabras, casi amenazante. Como si fuera una orden de vida o muerte, todos los militares y científicos se apresuraron en salir de aquella estancia a gran velocidad, con excepción de Nicolás y su escuadrón. La sala se vació en pocos segundos.



Eladio M. Inzunza

Editado: 10.07.2019

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