Supersticiosa

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Prólogo.

11 de Julio de 2013

Me encontraba mirando el bosque a oscuras dentro del auto, acompañada de mi familia, escuchando la melodía que sonaba por la radio, disfrutando de las risas de mi hermano mayor, Charlie, y los gruñidos de mi primo, Lourdes, al ser molestado por mi padre.

Veníamos de acampar, era el aniversario de mis padres y ellos habían decidido traernos a nosotros tres con ellos para disfrutar juntos.

Todo iba perfecto, nada podía arruinar este maravilloso momento.

Excepto yo, por supuesto.

El cinturón de seguridad que abrazaba mi pecho se ajustó de sobremanera, dejándome sin aire; la linda melodía fue interrumpida por el grito de “¡Cuidado!” de mi madre; luego vino el impacto. Todo ocurrió demasiado rápido como para dejar salir el grito de horror atorado en mi garganta.

Al final solo hubo el sonido del metal contra el metal chocar, las ventanas rompiéndose y sus cristales cayendo sobre nosotros, y heridas, y posiblemente algunas fracturas, apareciendo en los cuerpos de mi familia y el mío.

Solté un grito semejante a un chillido y comencé a arañarme el rostro sin control, con la desesperación oprimiéndome el pecho, dejándome sin aire, sofocándome.

-¡Scarlett, para!-Las cálidas y reconfortantes manos de mi madre se posaron sobre las mías, más frías que un témpano de hielo, deteniendo mi autoflagelamento.

La miré a los ojos idénticos a los míos y fue ahí cuando supe que podía decirle cualquier cosa y no me juzgaría, incluso podría comprenderme.

Abrí la boca, sin saber muy bien qué decir, y como toda adolescente hormonal de 13 años que soy, me eché a llorar.

-Mamá.-Sollocé y la abracé por el cuello, enterrando mi cabeza debajo de su barbilla y sollozando con fuerza.

-Aquí estoy, tranquila.-Susurró ella acariciando mi cabello.

Levanté a mirada y una serie horripilante de imágenes de un choque bailaron frente a mis ojos.

9 de Septiembre de 2013

-Es por tu bien, Scarlett.-Sentenció mi padre mientras entrabamos a la clínica de salud mental, también conocida como manicomio.

-No entiendo, papi, ¿por qué estamos aquí?-Murmuré siguiéndolo.

-No es normal que “veas” a las personas morir.-Bufó con molestia y entramos en un consultorio.

-¿Mamá sabe de esto?-Pregunté con cautela.

-No, y será mejor que no se entere.

25 de Septiembre de 2013

-¡Mírala!-Rugió mi madre señalándome, aunque más bien parece una masa deforme de color rosa.

-Está perfecta, ahora es normal.-Mi padre me sonrió, orgulloso de su trabajo.

-¡Está más drogada que tu hermana en Domingo!

-¡A Andrea no la metas en esto!

-Bien.-Gruñó mi madre y tomó los frascos con mis pastillas, para luego lanzarlas con fuerza contra la pared.-Es mi hija, yo sabré qué hacer con ella.-Me tomó de la mano y me arrastró a su habitación.

Una vez dentro se acuchilló frente a mí y tomó mi rostro entre sus dos manos, la miré sin lograr enfocar su rostro violáceo y parpadeé repetidas veces cuando ella comenzó a desaparecer.

-Tus demonios son solo tuyos, mi niña, y ahora solo tú podrás verlos y luchar en su contra.-Me guiñó un ojo y miré mis manos, ahora ellas también aparecían y desaparecían.

Miré a mi madre y sonreí.

-Te amo, mamá.

-Y yo a ti, mi niña.

Cuatro años después…

Tengo tres reglas:

1. No me miren.

2. No me toquen.

Y la más importante:

3. No me hablen.

Así, si mueren, no me afecta en absoluto, ni tampoco me da un ataque de ansiedad, aunque hace años que no tengo uno. Puede ser cruel, sé que lo es, pero es mi manera de protegerme.

Además, nadie quiere estar cerca de mí, ¿la razón? Simple: Soy la rara del instituto.

Puede que antes fuera “popular”, con millones de amigos esparcidos en todas partes, ahora sólo me queda Ahly, mi mejor amiga; y Lourdes, mi primo. Ellos fueron los únicos que no se apartaron de mi lado cuando todo se vino abajo en mi mundo.



ElizaKmarena

Editado: 10.09.2018

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