Supersticiosa

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2. Incidente de las McCall.

Agosto de 2017 (actualidad)

Desperté de la misma manera que todos los días.

Con el brazo de Charlie abrazando mis hombros, la pierna de Lourdes encima de las mías, y la sábana enredada entre nuestros cuerpos. Me senté derecha, apartando las extremidades de mis familiares de mi cuerpo, quitándole mi cabello del rostro a Charlie y sacando mi mano de debajo de la cabeza de mi primo, limpiando la baba que él había derramado en ella en mi short del pijama.

Me levanté de la cama y me estiré, bostecé y tallé mis ojos con mis manos hechas puños mientras caminaba hacia mi baño. Cerré la puerta a mi espalda y abrí la regadera, me desvestí y entré, relajando mis músculos con el agua caliente mientras Maroon 5 hacía de banda sonora en mi ducha.

Al salir, con una toalla azul enrollada en mi mojado cuerpo, encontré a Lour esperando su turno y a Charlie dándonos la espalda, con los hombros encorvados y un cinturón de cuero apretado en el brazo izquierdo.

-No le digas nada, está perdido. -Susurró Lour en mi oído y entró en el baño, suspiré y fui a nuestro armario compartido.

-Estás acabando con tu vida, lo sabes ¿no?-Hablé poniéndome la ropa interior, no contestó.

Solté un largo suspiro y terminé de vestirme, en una hora debía ir al instituto.

Salí de mi habitación y caminé por el departamento hasta llegar a la cocina, donde me esperaba mi lista de compras, al ser la tercera semana de Agosto me tocaba a mí hacer la compra. Tomé mis llaves y el dinero designado para el alimento de la semana, y salí de mi hogar, cerrando la puerta a mi espalda.

Miré la puerta de las McCall y sentí un escalofrío, fruncí el ceño y toqué la puerta con mi dedo índice, concentrándome en ver qué era lo que iba mal.

La imagen de un hombre pelirrojo entrando por la puerta apareció en mi mente, salí del Retroceso con un encogimiento de hombros, al parecer Karl McCall había vuelto.

Salí del edificio con bloques de apartamentos y me dirigí al supermercado, deteniéndome en un Starbucks a comprar un café con leche y una galleta. Mientras esperaba a que mi café se enfriara tarareé una canción, vagando por las calles hacia el supermercado.

Pronto llegué a mi destino, por lo que me terminé mi desayuno improvisado y me dispuse a terminar con mi labor, tomando un carrito metálico y comenzando a pasear por los extensos pasillos llenos a rebosar de productos del supermercado. Quince minutos después salí con dos bolsas de papel marrones llenas de comida para la semana y algunos artículos para la limpieza de mi hogar.

Caminé por las calles de Seattle cargando las pesadas bolsas, comenzando a sentir el sudor frío bajar por mi coronilla. Estaba tan concentrada en mi labor de no dejar caer nada de las bolsas que no vi al chico distraído que se acercaba a mí con apuro, por lo que ambos caímos y el contenido de una de mis bolsas se derramó por la acera.

Gruñí y junto al chico me puse a recoger todo con rapidez, no lo miré en ningún momento y tampoco él a mí, por lo que en cuanto terminamos de devolver todo a la bolsa el pronunció un ronco “lo siento” y se fue corriendo, dejando caer por accidente un gorro de lana negro.

-¡Hey, tu gorro…!-Me giré sobre mis talones pero no lo encontré, volví a gruñir y lo puse en una de las bolsas, ya descubría después a quien pertenecía.

Diez minutos después me encontraba caminando por el corredor donde se encontraba mi departamento y el de las McCall; una vez frente a mi puerta dejé las bolsas sobre el suelo y saqué las llaves de mi bolsillo, mirando de reojo la puerta de mis vecinas, sintiendo de nuevo el escalofrío, indicándome que algo iba mal con ellas.

Con un suspiro y las bolsas de regreso en mis brazos entré en mi departamento, encontrando a mi tía Andrea con cara de pocos amigos, quien no dudo en fulminarme con la mirada apenas pronuncié un “buenos días”, puse los ojos en blanco y fui a la cocina, dejando encima de la isla de la cocina las compras, mi tía ya se encargaría de poner las cosas en su respectivo lugar después.

-¡Lourdes, apúrate o llegaremos tarde!-Grité ahuecando mis manos en torno a mi boca para crear más resonancia y molestarle

-¡Ya voy! ¡Dame cinco minutos!

Esos cinco minutos se convirtieron en quince, lo miré mal cuando llegó a la sala y ambos salimos apurados, deteniéndonos frente a la puerta de nuestras vecinas ya que siempre nos íbamos los tres juntos, Ahly, él y yo, al instituto. Toqué la puerta con fuerza y en el momento en el que mis nudillos rozaron la madera varias imágenes de la noche anterior me bombardearon.



ElizaKmarena

Editado: 10.09.2018

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