Supersticiosa

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30. Una pared de recuerdos.

Me apoyé de Dark para caminar mientras salíamos del instituto, donde los gemelos Smith nos esperaban, con sus habilidades activadas.

-El plan falló, papá.-Musitó Clark hacia uno de los gemelos.-Karl lo descubrió y todo resultó terriblemente mal.

Mi cabeza comenzó a doler de manera estridente, a lo que gemí y me solté del abrazo de Dark, cayendo al suelo y lastimando mis palmas, el dolor se hizo insoportable. Mi vista se nubló y fue trasladada a una premonición.

-¡Y la reina del baile de Otoño es…Scarlett Foster!-Anunció un pelirrojo bien vestido desde la tarima, su cabello estaba engominado y entre sus manos tenía una especie de tarjetón, donde supongo se encontraba mi nombre.

Espera, ¡¿qué?!

-¡Ve, Scarlett!-Incitó Austin con una gran sonrisa, Dark solo me miraba con cierto orgullo.

No muy segura caminé hasta la tarima, donde el pelirrojo, el cual se me hacía vagamente familiar, me esperaba. Antes de llegar lo miré a los ojos y estos, en el preciso instante en el que conecté mi mirada con la suya, tomaron una tonalidad violeta, ocasionando que mis piernas dejen de responderme al igual que mi cuerpo. Mis piernas siguieron su camino en contra de mi voluntad hasta que estuve a su lado, pisando algo espeso y oscuro.

Miré mis pies, enfundados en un par de tacones plateados con miles de brillos en todos ellos, los cuales ahora se encontraban pisando sangre fresca, espesa y obscura. Intenté moverme pero fue en vano, mis tacones estaban pegados a la sangre.

Los tacones brillaban mientras que varias gotas de sangre los rociaban.

Me removí inquita ente los fornidos brazos de Dark antes de abrir los ojos, conectando mi mirada color miel con la suya color tormenta, su mirada me escrutó con preocupación.

-¿Estás bien?-Me preguntó, depositándome con cuidado en su cama, haciendo crujir algo bajo mi peso.

-Creo que sí.-Me llevé ambas manos a la cabeza y presioné mis sienes.

-Creo que mejor llamo a Austin.

-No, no, en serio, estoy bien, solo…-Suspiré cerrando los ojos con fuerza, tratando de recordar mi premonición.-Dame unos segundos y estaré perfecta.-Le sonreí débilmente, él frotó su rostro con una mano.

-Vas a sacarme canas antes de los 20.

-No si me voy antes de que cumplas los 20.

-¿Y por qué harías eso?-Frunció el ceño.-Yo quiero que te quedes conmigo hasta que nuestra piel se arrugue.

-Vamos, no estás hablando en serio.

-Créeme, jamás había dicho algo tan en serio en mi vida.-Me miró con intensidad, aparté la mirada, sonrojada.

Ambos guardamos silencio, con las miradas en distintas partes de su habitación. Al darme cuenta que nunca había estado en ella me fijé mejor en todos los detalles que me rodeaban.

Las paredes eran de un monótono gris, como el color de sus ojos, aunque un poco menos intenso, en las paredes había diversos cuadros, algunos eran de monumentos del mundo y otros eran portarretratos. Me bajé de la cama con lentitud y comencé a recorrer la habitación, observando con atención los rostros sonrientes.

La primera foto que observé fue la de un sonriente Dark de 11 años de edad rodeado de su familia y una chica, se encontraban en la playa y todos hacían una mueca graciosa a la cámara; Dark se encontraba en el centro mostrando una lengua rosada, a su derecha, en la parte de atrás, se encontraba el director, el cual bizqueaba y cargaba sobre sus hombros a una niña rubia algunos años menor que Dark, la cual mostraba una radiante sonrisa con dos dientes faltantes, a la izquierda de Dark se encontraba una mujer rubia sonriente inclinada sobre un castillo de arena, uno de sus brazos rodeaba los hombros de mi amigo pelinegro.

Con una sonrisa de lado pasé a la siguiente foto, la cual estaba enmarcada en un portarretratos naranja chillón, detrás del cristal se apreciaba a dos niños entrando en la pubertad, Dark y Clark, quienes, entre los dos, cargaban de las extremidades a la niña rubia, la cual parecía a punto de ser lanzada a un lago. Clark reía a carcajadas vistiendo un cómico pantaloncillo a cuadros azules y naranjas, en ese entonces usaba anteojos; Dark sacaba la lengua, de nuevo, mientras miraba con malicia a la niña rubia, él vestía un short de mezclilla y una camiseta sin mangas de color rojo, en ese entonces ya comenzaba a usar sus características gafas obscuras; la niña parecía reír, aunque también miraba asustada hacia la cámara.

Su mirada grisácea chocó con la mía a través del cristal, llevándome a un retroceso accidental.



ElizaKmarena

Editado: 10.09.2018

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