Supervivencia

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Capítulo 6

Llegó el día de la misión. Como me sucedía cada vez que tenía una, despertaba con una sensación electrizante por todo mi cuerpo, la adrenalina corriendo ya por todas mis venas. Me levanté y luego de ducharme y vestirme con el uniforme, tomé una fotografía que guardaba en mi cajón junto a la cama. La misma me devolvió la imagen de un hombre joven mirando a la cámara sonriente, enamorado, a la chica que había sostenido la cámara. Aún recordaba ese día como si fuera ayer. Fue cuando mi novio me habia propuesto matrimonio. La foto estaba algo vieja y gastada ya, marcas de doblez dejaban huellas blancas en el papel. Volví a doblarla y la guardé en un bolsillo interno de mi camisa. Era para recordarme mi motivación y siempre la llevaba conmigo en cada misión. 

Tomé mi bolso y tras un desayuno ligero pero nutritivo, salí en dirección al campo de batalla. En las afueras del mismo ya nos esperaban los camiones que nos llevarían a la estación de donde salían los vagones a los distintos destinos. Era temprano en la mañana, apenas había amanecido, pero ya estaban todos presentes en el campo. Nos formamos por unidades, como siempre. El líder de cada una recordó los distintos objetivos. A mi equipo esta vez le tocaba buscar ropa y comida en casas de la zona residencial de Divendale, una ciudad a unos cincuenta kilómetros de allí. Nos colocamos los chalecos y acomodamos las armas en nuestros cinturones, llevábamos todo lo que nuestro cuerpo nos permitía cargar.

Los infectados especiales irían con nosotros tal como se había acordado. Ellos vestían igual que nosotros y llevaban la misma cantidad de armas. La diferencia residía en sus máscaras y su piel muy pálida. Irían dos con la Unidad A, dos con nosotros, la Unidad B y uno en las C y D respectivamente. John iría con nosotros junto con la mujer cuarentona que decían que se llamaba Stephanie. 

Subimos a los camiones. En las idas nunca se mantenían conversaciones por lo que íbamos rodeados de silencio. Todos estaban tensos, nerviosos. Siempre estaba el riesgo de no volver. Nuestro último día. Me aferré a mi rifle y cerré mis ojos para sólo sentir el movimiento del vehículo. Algunos murmuraban oraciones pidiendo protección, pero en general la mayoría iba asustado. Esa era la verdad.

Cuando los camiones llegaron a la estación, las Unidades se separaron para subir a los distintos vagones. Vi a Ruth despedirse de su pareja de la Unidad D con un beso íntimo y pasional y un abrazo. Tragué saliva, podía entender cómo se sentían. Era horrible no saber si volverían a verse, esa era una de las partes de que odiaba de mi trabajo. 

Subí al vagón y me senté en mi lugar de siempre. Noté que John se sentaba a mi lado pero lo ignoré. No estaba de ánimo para conversar con nadie, menos con un chupa sangre. Por los siguientes cuarenta minutos me dediqué a ver cómo las luces del túnel se sucedían una tras otra por las ventanillas del vagón, formando unos rayos blancos con la velocidad del transporte. Recién cuando estuvimos cerca de nuestro destino el señor Maxwell se puso de pie y nos dio un discurso alentador, nos recordó la misión y repitió las instrucciones de seguridad.

-Recuerden, si se quedan atrás. No habrá rescate, quedan por su cuenta.

Apreté mis labios. La adrenalina para ese momento era tal que sentía que debía gastarla de alguna forma u otra. El vagón se detuvo. Todos nos pusimos de pie. Ruth y yo nos dirigimos una mirada que podría interpretarse como de ánimo o de despedida al mismo tiempo. Le palmée el hombro y bajamos a la estación. Tomamos nuestras linternas y comenzamos el trote por un túnel que nos llevaría a una salida oculta que daba a la superficie. Ese túnel era irregular, aún estaba en construcción y no había corriente de aire, hacía calor allí. Sentí mi cuerpo comenzar a sudar pero no me detuve ni me quejé. Pronto volvería a ver la luz del sol, sentir la libertad, riesgosa libertad.

El señor Maxwell se detuvo y todos lo imitamos. Sobre su cabeza se veía una rendija por la cual pasaba un halo de luz. La superficie.

-Vampiros, ¿sienten algo cerca?- preguntó en un susurro.

John y la mujer negaron luego de unos segundos. Maxwell corrió lo que sea que cubría el hueco entonces, se asomó y salió a la superficie dándonos la señal de seguirlo. Los once integrantes del grupo salimos y tuvimos que parpadear un poco hasta acostumbrarnos a la luz de la mañana. Estábamos en la parte trasera de una casa. Un jardín que en algún tiempo había sido muy bien cuidado, ahora estaba lleno de yuyos y flores marchitas. Una hamaca llena de óxido se balanceaba silenciosamente al ritmo de la brisa de aire que refrescaba mi rostro sudado por el calor del túnel. Caminamos tratando de no hacer ruido a la parte delantera. Estábamos en la calle de un barrio con casas altas y rodeadas de rejas, algunas abiertas y con aspecto de haber sido saqueadas, otras permanecían cerradas herméticamente con tablas de madera.



Akane

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En el texto hay: vampiros

Editado: 22.08.2019

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