Tú mi nube de azúcar

Tamaño de fuente: - +

1

Me peino mi cabello en una coleta alta, unos aretes pequeños en mis orejas, mi atuendo de hoy es lo mismo que todos los días, una blusa de tirantes y un pantalón de mezclilla ajustado y mis tenis a juego con el color de mi blusa.


Aplico un poco de maquillaje básico en mi rostro, crema hidratante, polvo facial, rizo y aplico rímel en mis pestañas y por ultimo pinto mis cejas. Me observo una vez más al espejo, tomo mi bolso y salgo de la casa. 
Saludo a mis vecinos mientras voy manejando mi bicicleta que es mi medio de transporte, estudio solo los fines de semana, lo que me permite trabajar el resto de los días.

A mis veinte años tuve que hacerme cargo de mi abuela por completo, pues su enfermedad avanza muy rápido, todo mi tiempo es para trabajar, ahorrar para sus medicinas, ahorrar para mis estudios, también hago algunos trabajos para mis compañeros. Me falta poco para terminar la carrera y así podre buscar un trabajo mejor.
Amarro mi bicicleta con una cadena a un árbol que esta fuera del café, me quito el casco y lo dejo en la manija derecha. Entro en el local mi jefa y amiga ya está ahí, siempre llega antes que yo.


—Hola, buenos días — la saludo como siempre.


—Buenos días — mi jefa me abraza — ese debe de ser nuevo por aquí, atiende lo tu — me susurra en el oído.
Me da la vuelta dejándome frente a un joven bastante lindo, cabello castaño, unos preciosos ojos cafés, pestañas largas al igual que su cabello. Es realmente lindo.


—Buenos días ¿Qué desea? — digo lo mismo de siempre.


—Un café sin azúcar y una madalena, por favor — su voz es tan linda, sonrió y me doy la vuelta.
Me dedico a hacer mi tarea, en un plato pongo la madalena, le entrego su pedido, me paga, el cambio que le entrego lo pone en el bote de las propinas, soy la única empleada aquí. Limpio el mostrador, acomodo los vasos nuevos, pongo el estéreo del lugar. 


La voz de, Maluma cantando bailando, suena por los altavoces, claro que no tan alto como quisiera porque estoy en mi hora de trabajo pero, la única parte de mi cuerpo que se mueven al ritmo de la canción son mis hombros, la canto por lo bajito.


Ella me miro, yo la mire y así fue
Fue algo distinto, conectamos, me enamore


—Cantas lindo — me sobresalto un poco. Los vasos que no había saco de la bolsa se me caen.


—Gracias — recojo el paquete de vasos, el joven no deja de mirarme y no sé por qué.


—Adiós, me ha gustado mucho el café, vendré más seguido — prefiero el café de tus ojos pienso pero solo puedo decir una cosa.


—Sera un gusto que vuelva — es lo que le digo a todos los clientes.


Se da la vuelta y como veo como la puerta se cierra tras de él. Sigo con mis ocupaciones en el trabajo mientras tarareo cada una de las canciones que escucho. Cuando los clientes no me ven bailo, moviendo los hombros, la cadera y la cintura. No soy una experta pero no lo hago mal.

En mi hora de comida voy a visitar a mi abuela al asilo como todos los días, no me gusta que este allí, pero no puedo permitir que se me salga a la calle cuando yo no esté en la casa. Es lo único que me queda, sin ella no sé qué haría. Cuando llego al asilo, la enfermera me saluda y me indica que puedo pasar, siempre me permiten la entrada aunque no sea la hora de visita, cosa que agradezco mucho.
Camino por el pasillo hasta la puerta con el numero dieciocho, mi querida abuela está sentada en su mecedora mirando hacia la ventana.


—Hola, abuela — le doy un beso en la frente y le enseño el dulce que le he traído.


—¿Quién eres tú? — otra vez no sabe quién soy eso me pone triste su enfermedad cada vez avanza más.
—Soy la niña a la que enseñaste a costurar — con eso siempre se acuerda de mí.


—Ya me acorde — me abraza fuertemente — ¿Cómo has estado? Sabes el otro día le hice un vestido precioso a la vecina, dijo que le gustó mucho, de un azul muy bonito.


Me habla de los vestidos que le hizo a sus clientas, pero eso ya tiene sus años, yo no me hago mis propios vestidos, claro que no es que salga mucho pero cuando salgo si mi arreglo.


Este lugar es muy caro, pero pagare lo que sea con tal de que tenga los mejores cuidados, así que tenga que trabajar toda mi vida. Cuando salgo de la habitación de mi abuela, hablo con su enfermera, le doy un poco de dinero por lo que pueda necesitar mi viejita, algún gustito que ella quiera.
Salgo de la clínica pedaleando mi bicicleta para volver al trabajo, manejo por la orilla de la calle como siempre, mi cabello se mueve con el viento, sonrió ante la sensación, siempre me ha gustado lo que siento cuando paseo con mi bicicleta.



Cecilia Ovando

Editado: 18.06.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar