Tal vez, para Siempre

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CAPÍTULO 4

Hacía dos días que Irina había “terminado conmigo”, la verdad es que me tenía sin cuidado lo que hiciera o dijera, a fin de cuentas, siempre terminaba volviendo conmigo cuando menos lo esperaba.

Lo que si me tenía preocupado era la aparente calma de Amalia. No la había vuelto a ver desde el día de la broma, a pesar de que teníamos que limpiar el aula todos los días, pero cuando iba el lugar ya estaba ordenado y no había rastros de ella por ningún lado. No me sorprendía que me evitara después de lo que había hecho; sin embargo, estaba casi completamente seguro de que se vengaría de alguna forma, pero no lo hizo y aunque no quería admitirlo en voz alta, eso me decepcionaba un poco.

—¿Aprendió la lección ah? —Se burló Daniel.

—Sí, eso creo.

No sabía por qué; pero esperaba que, en algún momento, el menos esperado, ella me sorprendiera con alguna broma, por supuesto eso no se lo iba a admitir a mis amigos, jamás.

—Oye, ¿te volviste a pelear con Irina?

—La verdad ya ni me importa, siempre se comporta caprichosa cuando no hago lo que quiere, ya se le pasará —le respondí a Diego mientras hacíamos un taller de la clase de historia.

—Esa chica está loca, deberías pensar en dejarla definitivamente —dijo él sin apartar la vista de la hoja.

—Se supone que iremos juntos a California, ¿te imaginas lo que sería si la dejo? —solté una risita sarcástica—, preferiría quedarme aquí.

—Creo que te perseguiría hasta el fin del mundo.

Abrí los ojos como platos y me persigné en señal de desaprobación—¡Ay no! Ni lo digas.

—¡Ja, ja, ja! —se carcajeó Diego—, ya te imagino en las noticias, “hombre masacrado por una loca pelirroja”. —El profesor carraspeó al vernos conversando y no haciendo la tarea.

—Solo les queda media hora jovencitos.

— Lo sentimos. — Respondimos los dos, sin embargo, no podíamos contener las risas.

Terminamos el taller y salimos campantes, pues ya habíamos completado la tarea hacía ratos. Me dirigía a mi casillero a buscar los libros de la siguiente clase, y poco antes de llegar Irina me esperaba con cara de pocos amigos. No tenía ganas de volver a discutir con ella, por su mirada, me dejaba claro que todavía no estaba dispuesta a “perdonarme”, quise buscar una excusa para darme la vuelta y no tener que hablarle, y como caído del cielo, la excusa vino a mí, pues me había olvidado la mochila en el salón.

—Diego, sálvame, dile a Irina que se me ha quedado la mochila. —Dije con premura mientras corría hacia el salón.

Derrapé en el pasillo al querer frenar en la entrada del aula, ya todos se habían ido así que me preocupaba que se hubieran llevado algo, pero no fue así, mi mochila seguía en el mismo lugar donde la había dejado. El único detalle es que no estaba sola, Amalia estaba con ella.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Pregunté algo asustado, pero al mismo tiempo ligeramente complacido. Sabía que ella se vengaría.

—Nada, tengo clases en este salón ¿por qué? —Su actitud hacía mi era diferente, era la primera vez que no me gritaba o reaccionaba mal.

—¿Qué te propones? ¿Qué haces con mi mochila?

—¿Es tuya? No tenía idea, lo juro. —Dijo intentando parecer seria, pero se notaba a kilómetros que se estaba aguantando la risa. Caminé con paso decidido hacia ella para tomar mi bolso, si ella pretendía hacerle algo se iba a quedar con los crespos hechos. Pero inmediatamente Amalia saltó y la tomó antes de que pudiera alcanzarla.

—¿Qué haces? ¡Dame mi mochila!

Estiró su brazo a un lado dejando que el bolso colgara solo de la agarradera de arriba, entonces esbozó una enorme sonrisa macabra y la soltó. La mochila parecía ir en cámara lenta, no supe en ese momento por qué, pero sabía que si tocaba el suelo algo malo pasaría.

El crujido de algo en su interior me alarmó, ¿qué le había puesto a mi mochila está loca?

—Si vuelves a meterte conmigo, te juro Lucas, que me las vas a pagar. —Amenazó. Saltó ágilmente la mochila y me evitó abriéndose paso y saliendo triunfante del salón, parecía un pequeño conejo dando brincos como pendeja.

Tenía miedo de acercarme a la mochila, esperaba encontrarme con el peor desastre, la tomé por la misma asa que ella y lo palpé. Definitivamente no se sentía nada bien, hice un gesto de desagrado y la abrí con cuidado. Lo primero que salió de ella fue un olor terrible a sarna; ya sabía lo que era, pero no me atrevía a mirar dentro. Tragué saliva y contuve la respiración, era huevo, pero no solo era uno, eran muchos, muchísimos huevos de gallina todos aplastados y destrozados dentro de mi mochila.



Y.C. Socarras

Editado: 19.04.2019

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