Te quiero, ¿no lo sientes?

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capítulo 30

 

Mientras regresaban al apartamento de Evans, en un silencio, solo interrumpido por la melodiosa voz de Evanescense. My Immortal sonaba bajito en la radio. Katia recostó la cabeza contra el cristal frío de la ventana al tiempo que pensaba en lo acertada de la canción.

 

“Estoy tan cansada de estar aquí, reprimida por todos mis miedos infantiles, y si tú te tienes que marchar, me gustaría que simplemente te fueras, tu presencia todavía se resiste a irse de aquí, y no me deja sola. Estas heridas no parecen que se curen, este dolor es demasiado real, hay demasiadas cosas que el tiempo no puede borrar”.

 

Como decía la canción, ella se resistía a irse, a dejarlo solo en medio de sus miedos, su dolor, su tristeza, su culpa y su falta de amor. Todas las cosas con las que un niño no debería crecer. No obstante, paradójicamente a las letras de la canción, ella conservaba la esperanza de que el tiempo si pudiera curar las heridas que Evans venía arrastrando desde su infancia.

No supo si fue la armoniosa voz de Amy Lynn o ver la casas cubiertas de nieves, decoradas con luces navideñas, que se deslizaban a través de sus ojos, o el hecho de que mentalmente se sentía cargada con demasiada información, Evans era una carga pesada, con demasiados problemas emocionales y complicaciones familiares, mientras que ella estaba acostumbrada a una vida sencilla y, aunque intentaba no darle muchas vueltas, era imposible, su cabeza no paraba de abalanzar cada cosa, cada detalle, por lo que sus párpados se sintieron cansados y pronto se fueron cerrando.

Evans fingía tener toda su concentración en la carretera, para evitar ser interrogado por ella. Él conocía a la perfección su deseo de querer controlarlo todo, y sabía que tarde o temprano, ella iba a querer saber más. Un más que no sentía preparado para darle.

Tuvo miedo de contarle todo y que ella saliera corriendo, sin embargo, allí estaba, durmiendo plácidamente, a su lado y la quiso un poco más por ello; por no abandonar lo que fuera que estaba naciendo entre ellos, por no rendirse con él a pesar de ser un peso pesado, lleno de frustraciones. Más si le contaba sobre sus asuntos clandestinos, corría el riesgo de que sí saliera huyendo, y era algo que él no podía permitirse dado que ella estaba llenando su vida. Remplazando las tristes por cosas positivas. Por ella, él estaba dispuesto a cambiar una vida de excesos: mujeres, bebidas y peleas. Sí, por ella él estaba dispuesto a dejarlo todo.

En cuanto llegaron al apartamento la despertó con delicadeza y juntos entraron en el gran edificio. Cuando cruzaron la puerta de cristal, el conserje le entregó un sobre a Katia.

Se le heló la sangre al reconocer el mismo sobre que le habían enviado al trabajo, pero no quiso alertar a Evans, quien la mirada de forma interrogativa. Así que disimuló lo mejor que pudo el malestar que estaba sintiendo mientras lo aceptaba.

—¿No lo vas a abrir? —quiso saber Evans mientras entraban en el ascensor, extrañado de que alguien le enviara correspondencia a Katia en su residencia.

—Quizá más tarde —contestó, tratando de mantener una voz imperturbable al tiempo que lo deslizaba dentro del bolso.

Se reprochó a sí misma no decirle la verdad. Porque, aunque todavía no lo había abierto, ya conocía el contenido. Ella deseaba una relación abierta y honesta con Evans, le había insistido hasta más no poder en la importancia de la comunicación en la pareja, pero había sido un día muy fuerte para él y no quería agregar más leña al fuego. Sin embargo, era consciente de que era algo que no podía callar, era demasiado sustancial como para no hacerlo.

Entraron y Katia se dirigió directamente a la cocina.

—¿Quieres que te preparé algo para comer?

—No sabía que cocinaras —replicó.

Él había notado cómo su cuerpo se había tensado en cuanto Sid, le había entregado el sobre. Sabía que la comida era una distracción del asunto de la carta y la dejó creer que lo había conseguido. Por lo menos de momento

—No me sale tan bien como a mi mamá o a la señora Torres, pero puedo cocinar. —Cerró la nevera tan pronto la revisó—, claro, si tuvieras provisiones para hacerlo. ¿Acaso nunca comes?

Sus ojos se desplazaron por su cuerpo y le pareció casi imposible mantener esa musculatura, haciendo dieta.

—Piensa —dijo acercándose sigilosamente a ella—... somos dos chicos, viviendo solos y la mayor parte del tiempo nunca estamos en casa.

—Bueno, pero algo han de comer.

—Lo hacemos... fuera —repuso con una sonrisa torcida que a ella le encantaba—. Aunque a veces, Darío hace las compras y hace algo casero para variar.



Indhira

Editado: 08.08.2019

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