Tenebrae La Catástrofe de Tonalli

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Capítulo 8. Udewa

 

 

 

Ese lugar era ruidoso por las mañanas. El Cuartel General de la Sección Omega, era muy diferente a despertar en Tonalli. En su ciudad el transito era poco y usualmente las personas no usaban el claxon cada diez segundos, menos se oía un frenazo seguido de gritos e insolutos. En cambio, en ese lugar todos parecían molestos, no muy lejos los autos entonaban un caótica y desesperante sinfonía que se repetía una y otra vez. Eso aunado al contante ajetreo que se vivía dentro y fuera del edificio, del que Tet no salió ni una vez, y no es que hubiera mucho que hacer en una base militar para un chico en su condición.

Pero esa mañana en particular lo que le sorprendió no fue el estridente altercado del tránsito cercano, o el estruendo de algo estrellándose en el pasillo. Lo extraño fue despertarse por sí mismo, y no que otra persona fuera quien lo hacía, como venía siendo desde hacía días. Y es que esa debía ser la cuarta mañana que "iniciaba" el día sobre el mismo sillón de cuero. La noche anterior no estaba aseguro de cuando se había dormido, pero le habían colocado un almodón y cubierto con la manta que ahora estaba tirada a un costad del sillón, incluso le había quitado los zapatos, que eran como dos o tres tallas más grandes de los que debería usar ―cosa de la que no se quejaba dado que la ropa era prestada―.

Ciertamente pasaba la mayor parte del tiempo solo, ni siquiera el Coronel Metzonalli se quedaba más de una hora y ni hablar de que mantuvieran alguna mínima conversación, el hombre llegaba, se sentaba en su escritorio y volvía a salir. La única interacción era algo así; "Come", "duérmete", "No Salgas" de parte del militar, y él respondiendo con un "Si, señor" ya muy ensayado. Tet casi apostaba sus manos a que el Coronel lo estaba evitando. Además, era casi como estar encerrado en un calabozo, si no fuera por los muebles que había en esa habitación y las voces que en ocasiones podía escuchar del otro lado de la puerta. Las veces en que salía siempre era acompañado, ya fuera para usar el baño o a tomar una ducha en las regaderas de los soldados que, dicho sea de paso, ambas cosas eran un martirio para él; Por un lado, como nadie estaba nunca alrededor cuando los necesitaba tenía que aguantarse hasta que alguien se acordara de que existía y se dignaran a llevarlo al baño, lo cual aparte de inhumano, era humillante. Y el tema de su aseo personal, los últimos tres días lo habían estado despertando sumamente temprano, un día a las 0400hrs y otras a las 0500hrs, decían los soldados que le escoltaban amablemente todo el camino, lo esperaban y después regresaban a su finísima celda. Había concluido que cuando se estuviera cayendo de sueño, sería porque su cuerpo le informaba que la hora eran entre 4 y 5 am.

Por todo aquello, esa mañana Tet estaba extrañado de que nadie lo hubiera ido a despertar. Milagrosa y alarmantemente ese día no podría haber iniciado mejor. Apenas había soñado con esos espantosos sonidos que le helaban la sangre, por fin después noches enteras en que se despertaba cada cierto tiempo, y que cada vez le costaba más conciliar el sueño. No podía recordar si antes había tenido pesadillas, pero si así había sido no tenían comparación con estas donde cada sonido y sensación en su cuerpo era demasiado reales.

Se estiro y su mano dio con la mesita frente al sillón, que por ahora era su improvisada cama, había una bandeja y noto el aroma de huevos con tocino, junto a esto había una nota, la tomo y se fijó que estaba escrita en de una manera muy singular.

— ¿Braille? —murmuró sin poder ocultar su emoción, mientras pasaba las yemas de los dedos por los puntos en relieve—. Ti-tir...mena... ¡termina!, termina tu desa...

Así como llego, la emoción se esfumo junto a su buen humor. No necesito terminar de leer el papel, aunque quiso romper la nota simplemente la dejó con una mueca en la boca. Aún con el Coronel de Omega ordenándole, la Capitana Tezatl pidiéndole y su propio estomago exigiéndole que comiera, había algo en su sentido del gusto que por más que la comida oliera delicioso, como ese desayuno frente a él, al momento de meterse algo en la boca las náuseas se hacían presentes, y entre más se obligara a tragar más fuertes se hacían las arcadas que al final lo hacían desistir de seguir intentándolo. Por mero cumplimiento tomo el plato que encontró a tientas, decidido por lo menos dar unos bocados. Una vez que termino con lo que pudo, recogió todo dejándolo nuevamente sobre la bandeja y se enderezo en el sillón.

Después de un rato de esperar que las náuseas desaparecieran, se levantó y al caminar por la habitación, concluyo que ese lugar era de lo más aburrido. En los estantes estaban las mismas cosas de los días anteriores; los mismos libros y muchas figuras. Ya era capaz de reconocer algunas cosas como un perro y un gato, había marcos de fotografías grabado con estrellas pero sin cristal y aparentemente sin fotografía.



LasTierras

Editado: 27.06.2018

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