Tengo Ganas de Amar

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Capítulo 30: Lucille

Capítulo 30: Lucille

Un trueno, hace mucho que no escuchaba el sonido estridente de un trueno, la manera que parece interrumpir esta noche oscura, para iluminar el cielo con su aterrador rayo electrificante.

Truenos, lluvia, parece todo salido de una típica película de terror en donde algún monstruo saldrá del bosque. La diferencia es que los monstruos no existen o en todo caso, lo monstruos son amigos... Se podría decir.

Ruedo sobre mi cama, porque estoy harta de no poder conciliar el sueño. Al menos esta vez tengo la excusa de que la horrible noche no me ha dejado descansar tranquila, y me pregunto cómo le estará yendo a mamá y papá en su cita de novios casados.

Escucho el sonido de mi puerta, cuatro golpecitos seguidos de dos voces aclamando por mí. Suspiro y me pongo de pie, rápidamente corro hacia la puerta y la abro, viendo a los dos hermosos niños arropados y con ojos asustadizos.

— Lulle. — ambos tiemblan y yo me agacho para abrazarlos.

— Ya, tranquilos, solo es una mala noche.

— Ven a dormir con nosotros. — me pide Duke.

— Si, Enna no está, Pet tampoco, y mami y papi no regresan. — me hacen un puchero y beso sus mejillas.

— Sabes que Pet ya tuvo que regresar a su casa. Adrienna está bien, donde sea que esté y mami y papi ya van a volver, pero está bien les haré compañía.

—¡Sii! — chillan los dos tomando mis manos y llevándome hasta su habitación.

Me agrada el olorcito a canela y dulce que se esparce en la habitación de los gemelos, siempre tienen ese aroma adorable que los hace irresistibles. Me agrada ver que aún juntan sus camas, y que a diferencia de Enna y de mí, ellos mantienen una buena amistad y lazos de hermanos hasta ahora, y espero que sea así siempre.

—¿Nos lees un cuento Lucy? — parpadea Luke extendiéndome el libro de las luciérnagas. Le sonrío complacida y me meto entre ambos para acomodarme.

— Un cuento y tienen que dormirse esta bien? — ambos asienten con un movimiento de cabeza, y beso sus frentes por ser buenos niños.

Por más que ya me he leído este cuento, sé cuánto les gusta, y cuando les agrada seguir escuchándolo, me fascina su atención, la manera en que sus ojitos me miran y que escuchan cada palabra que pronuncio. Como de costumbre, Duke es el primero en dormirse, tiene esa extraña manía de enrollar su cabello y acurrucarse muy cerca de mi lado. Luke es más de lo que les gusta estar despierto hasta que haya acabado el cuento para luego darme una conclusión de lo que ha entendido.

Mis niños son hermosos, son quienes alegran mis mañanas, tardes y noches, y la causa de que esta casa se llene de felicidad de solo escucharlo. Aproximadamente un cuarto de hora después llego hasta la última página del libro de las luciérnagas, Luke bosteza, pero tiene una bonita sonrisa en la cara.

— Me gusta oírte. Tú lo cuentas más bonito que mamá.

—Pero no le digas eso a mamá o se pondrá celosa. — entorno los ojos y él sonríe llevándose el dedo índice a la boca.

— No diré nada, lo prometo.

— Bien, y ahora debes dormir.

— Pero mañana es sábado. — hace un puchero frunciendo la nariz.

— Igualmente debes dormir Luki. — él suspira con tristeza y tira el edredón hacia él para cubrirse hasta el cuello.

— Ti amu Lulle.

— Ti amo Luke. — peino su cabello hacia atrás y beso su mejilla. — Buenas noches.

Él asiente y yo salgo de la cama para apagar la luz. Salgo de su habitación cubriéndome de más con mi bata y corro por el pasillo hasta llegar a la mía que queda al final de todo. La casa se siente vacía y silenciosa, una casa tan grande, me alegra que seamos una familia numerosa o entonces si me sentiría sola.

Cuando por fin me encuentro en la calidez de mi cuarto aprovecho en quitarme las pantuflas y lavar mi rostro, tengo grandes ojeras y bolsas que no hacen nada agradable mi imagen, tengo el semblante cansado y hay una pequeña protuberancia roja producto de las dos noches de pizza y hamburguesas que tuve con Nate. Resoplo porque ni siquiera pasando la adolescencia he dejado de tener mis jodidos problemillas hormonales.

Enjuago mi boca y regreso a la cama, a ver si esta vez por fin duermo con calma, quizás debería auto leerme un cuento o un buscar un libro en que entretener mi mente que no sean las redes sociales. Pero peco de indiscreta al revisar mi teléfono móvil y un pinchazo de decepción regresa a mí al ver lo mismo de siempre... Nada sobre él.

¿Por qué sigues teniendo su número Lucille? Actúas patética.

Lo sé, soy consciente de ello.

Soy consciente que por segunda vez un chico jugó con mis sentimientos y yo caí de la manera más vaga y tonta que una jovencita de mi edad pudo hacerlo. Todo fue bueno... Mientras duró, al menos esa ha sido mi frase de los últimos días para no caer en depresión post viaje, ni una sola llamada, ni un solo mensaje de texto, Damien desapareció de la faz de la tierra, quizá lo espanté, quizá ese es mi poder secreto, espantar a los hombres porque siempre terminan huyendo de mí.

—¡Tonta Lucille tonta! — hundo la almohada en mi rostro y pataleo sobre el colchón, una actitud poco propia de mí y muy inmadura, a decir verdad. Por lo que en un ataque de valor no explorado elimino su número de mi teléfono, lo cual es lo mejor.

Suspiro y boto el aparatito en algún lugar lejano donde no pueda torturarme más mirándolo. Pero es que ni siquiera en necesario ver mi móvil para acordarme de él. Tengo a Damien en cada maldito pensamiento que pase por mi mente, y no sé cómo expectorarlo de allí.

Alguien debería hacer un manual de como borrar al gilipollas de tu memoria y seguir tranquilamente con tu vida.

Sería bueno, o al menos yo compraría ese manual a ver si de esa manera se me quita la burrada de andar ilusionándome.

Después de mi catarsis y de mis autodestructivos pensamientos, decido darme la oportunidad de dormir, quizá cerrar los ojos y soñar con borregos pueda ayudarme a despejar mi mente de todas esas tonterías.



Danni Ibaez

Editado: 06.02.2020

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