Testigo De Un Criminal

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Cap. 4 Howard

Por donde quiera se podían ver patrullas y motos vigilar las calles, los policías vagabundeaban en las avenidas deteniendo sospechosos, algo que viéndolo bien, no era buena idea.

Jadela y Morgan ya estaban dentro del cuarto de interrogatorios, los policías rodeaban el lugar a la espera de que el preso caminara por los pasillos.

—Elaine ¿Estás segura de esto?— interrogó por última vez su padre.

—Papá, esto tiene más sentido, confía en mí, de verdad que necesitamos esa carta.

Entonces un silencio congojó a los dos presentes, el ruido en seco de la puerta abrirse y justo después ver la presencia de un hombre esposado y con cambio físico, pero mismos sentimientos fríos.

Aquel asesino siniestro del pasado estaba entrando con nada menos que dos hombres custodiando ese núcleo de pensamientos escalofriantes.

—Erick— mordió Jadela al verlo entrar.

Los dos quedaron con la boca cerrada, sin decir nada y solo mirando al hombre que se paraba enfrente.

—Morgan— exclamó Howard sin quitar la mirada.

Su hermano caminó perdido hasta pararse frente a él, en un leve susurró manifestó el nombre de su hermano, quien se limitó a responder por algunos segundos y enfocándose en lo principal que atentaba con sus vidas.

—¿Dónde está la carta?

—No puede ser que los estés ayudando— bramó Morgan —, por estos cerdos es que estás aquí.

El gesto de Erick se volvió a tensar.

—Te pregunté algo ¡Contéstame!

—¡Contéstame primero algo tú!

—Bien, pregúntalo.

—¿Por qué mataste a mi padre?— la pregunta que rompería con todo.

Erick no respondió nada, quedó en silencio aligerando la furia que estaba por despertar aquellos demonios.

—Elaine— dijo sin quitar los ojos de Morgan, quien comenzaba a temblar brillando con fuerza los ojos contenedores de lágrimas —¿Qué tanto confías en mí?

—Nada— respondió ella.

—Bien, quítame las esposas— se volteó ofreciéndole las manos prisioneras.

La tensión se acumuló por los asustados policías, que no predecían su reacción, todos incluyendo a Rodrigo que miraba cauteloso cada movimiento.

Sin decir nada, Elaine se acercó hasta Howard liberando sus manos.

—Elaine— bufó su padre.

—Descuida, no es confianza, es conocimiento.

Sin movimientos bruscos, Erick se dio la vuelta sacando la playera anaranjada hasta que su espalda quedara descubierta.

—Ve esto Morgan, ¡Velo! Es la marca de los dientes de tu padre.

Los años pasaban, los recuerdos se borraban, pero las marcas permanecían. Años después, las hendiduras de los dientes de Brandle seguían remarcados en la piel de Erick, al igual que los de Sara en su brazo.

—Asesiné a tu padre por ser un bastardo con nosotros, y si me lo preguntas, no, no me arrepiento. Era la única forma que encontraba para que no nos siguiera golpeando y llegara el día en que te matara.

—Cállate— susurró Morgan levantando las manos a la cabeza —¡Cállate!

—Morgan— gruñó entre dientes, Erick —dime donde está la puta carta de una maldita vez.

Ambos se miraron.

—¡Dímelo Morgan!— insistió Erick.

—En casa— tartamudeó —, enterrada en la parte derecha del patio, debajo de una pila de piedras.

—¿Viste al hombre que te la dio?— preguntó Elaine interviniendo.

—No, me la entregó hace unas semanas, en el festival de Halloween y pensé que se trataba de un amigo queriéndome hacer una broma hasta que la leí.

—¿Qué decía?

—No decía nada, solo símbolos extraños.

—¿Por qué diablos la enterraste?— cuestionó su hermano.

—Me asusté cuando me di cuenta que era un extraño quien me la estaba entregando.

Eso fue todo, después Erick se giró a donde Elaine y nuevamente le extendió los brazos para que ella lo apresara.

—Si le sucede algo a mi familia, te mando con Sara— sentenció en amenaza él para después caminar a donde los guardias lo esperaban.

—Es un trato— repuso ella cuando todavía la pudo escuchar —. Den la orden a los policías de Virginia para cavar.— agregó despidiendo a Martha Susan en la puerta.

Había caído la tarde del día después a la llegada de los Howard. Volker terminaba de escribir la última de hojas de libreta, cuando escuchó el llamado de los guardias al cuarto de visitas.

—Aquí está la carta— exclamó Elaine dejando el sobre arrugado y desgastado sobre la mesa.

—No es cierto— se llevó las manos con esposas a la cara al darse cuenta que Rodrigo le había informado absolutamente todo a ella —, maldito Rodrigo hijo de perra.

—No lo culpes Volker, la culpa es tuya por quererme sacar de un caso que es de mi interés.



ADAMAS

Editado: 21.07.2019

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