Thar Myset, Los Caballeros del Destino

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Capítulo 1: La Fortaleza de Tarak

– ¡A despertar, holgazanes!

Los gritos de un hombre inundaron las estancias altas de la fortaleza de Tarak, mientras se escuchaban los estruendos y el desorden de personas levantándose de sus camas y corriendo de un lado a otro para estar medianamente presentables. Hoy era el primer día para muchos en la fortaleza, por lo que no sabían los horarios y mucho menos las reglas del juego.

Todos estaban listos para recibir las nuevas instrucciones y el entrenamiento del mismo hombre que ahora les gritaba, el general Albión Southcross, el que se decía el caballero más fuerte y valiente de todo Clayham.

– Veo que ya Todos están listos – el general se paseaba por los camarotes analizando su alrededor. Era un hombre alto y fornido que portaba un chaleco de cuero oscuro y pantalón negro terminando su vestimenta con botas de cuero gruesas, sus ojos eran de un tono cobrizo claro y tenia una cicatriz fina en su rostro que se alargaba por su ojo derecho sin dar evidencias de que le afectase la visión de este.

Mientras caminaba y observaba a todos sus aprendices notó que algo estaba mal, o para ser mas exactos alguien no estaba formado, así que apresuró el paso y se acercó hacia el camarote que aún estaba ocupado por un joven de cabello castaño largo y piel clara muy bien cuidada. El general lo inspeccionó y notó que era incluso un poco mas joven que la mayoría de hombres que venían hasta allí a entrenarse. Volteó su rostro para ver a sus discípulos y les hizo gestos de silencio mientras que con una mirada y el dedo índice izquierdo le señalaba a otro joven que le pasara una cubeta que había al fondo de la habitación.

Sin poder oponerse el chico fue a por la cubeta para luego entregársela al general Southcross.

– Esto señores, es lo que no se debe hacer en Tarak – Habló bajo y despacio, mientras arrojaba la cubeta de agua helada al chico que se encontraba dormido.

– Demonios, ¡¿qué creen que hacen?! – el joven que aun dormía dio un salto de la cama al quedar completamente mojado. – ¿Qué demonios les pasa, acaso creen que esto es un juego, quien fue el maldito que hizo esto? ¡me las pagara! – exclamó aun furioso tratando de sacarse el agua del cabello, no había terminado de hablar cuando una voz al otro lado del camarote le respondió y a decir verdad el joven hubiese preferido que nadie le respondiera.

– He sido yo soldado, ¿por qué? – El chico observo al general, callado y frio, más por el miedo que por la misma agua congelada; afuera debía de hacer un calor tremendo, en especial por la época veraniega en la que estaban, pero para el chico era como estar en los glaciares del norte.

– Soldado, ¿cuál es su nombre? – Rompió el silencio al fin el general, sacando al chico de su ensimismamiento.

– So-soy Zamzibar Spher, Señor – El chico logro componer esas sencillas palabras.

– Muy bien Zamzibar, a partir de hoy tu y este joven aquí a mi lado – habló señalando a un chico rubio, mismo que hace unos minutos atrás le había facilitado la cubeta – se encargaran de limpiar no solo las barracas sino también el comedor y la cocina, ¿entendido? – sin esperar respuesta giró a mirar al resto de soldados que estaban atentos y tiesos – los demás salid, id a cambiaros y al salón principal, ¡ahora! – Sin más que decir todos los jóvenes allí reunidos salieron de inmediato a cumplir con las órdenes del General, solo Zamzibar y el chico Rubio se quedaron allí; ya habiendo salido todos del salón el chico rubio se dirigió al general con un tono algo molesto pero tembloroso.

– ¿Por qué yo general?, yo no hice nada, me levanté temprano y de hecho organicé mi estancia y mis cosas – El general lo observo divertido y se encogió de hombros.

– Primera regla chico, en Tarak mando yo y hago lo que me de la gana, segunda regla, somos una unidad, nadie traiciona a nadie y para terminar y esto va contigo Zamzibar Spher, nos levantamos temprano y cumplimos con nuestros deberes, si no les gustan mis reglas pueden marcharse de inmediato.

Ninguno de los chicos dijo o hizo nada hasta que el general atravesó la puerta de entrada al dormitorio, después de eso Zamzibar se dejó caer acostado en su camarote y resopló aliviado. – Por poco nos expulsan – se sentó en la cama y miro al chico rubio de forma acusatoria – a qué se refería el general con eso de que nadie traiciona a nadie, ¿Qué hiciste? – el joven ya enojado le lanzo una mirada asesina para girarse y alejarse de allí con la cubeta vacía en la mano.

– Mas te vale darte prisa, tenemos mucho que limpiar – el chico rubio se dio vuelta y respiro hondo para tratar de calmarse – ya no hemos metido en suficientes problemas por tu culpa, es mejor hacer lo que el general dijo y ya.

¿Por mi culpa?, pensó Zam mientras caminaba al lado del otro joven y negaba con la cabeza repitiéndose lo mismo, no fue mi culpa, solo me quede dormido, él traicionó a alguien aquí y no quiere decirlo, seguramente es poco confiable, mejor no me fio de él. Sí, eso haré, no me fiaré de ese chico. Y así siguió por varios minutos, elevado en sus pensamientos, dándole vueltas una y otra vez a lo que había dicho el general, tratando de descifrar a que se refería el hombre con eso. Mientras, el chico rubio observaba muy bien cada parte de este hermoso lugar alternando miradas de enojo hacia Zam y después a toda la estancia, cuyas paredes estaban hechas de roca negra adornadas con estandartes de Clayham, reino al cual pertenecían, banderillas rojas con dorado engalanadas en el centro con una cabeza de león y dos espadas cruzadas en la parte detrás esta, también había rocas azules de Temiraz* cada cinco metros iluminando los pasillos con su fulgor y contrastando con los banderines y la roca.



JRDaniels

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Editado: 17.02.2018

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