The Rottenest

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El perro podrido

Las paredes mohosas del hospital parecían a punto de caer. No había un solo ladrillo que no estuviera en ruinas. El piso estaba cubierto por una gruesa capa de mugre y lo peor de todo; era aquel asqueroso olor a carne putrefacta, el cual me era familiar. Me costaba trabajo creer que mi hermana estuvo ingresada en este lugar hace apenas cinco años. El deterioro que tenía era demasiado, aun sabiendo que fue clausurado después ese incidente. Caminar por sus pasillos me causaba una repulsión que no puedo describir a cabalidad, era como si una especie de niebla hedionda pero invisible cubriera todo los espacios del edificio. Debía encontrar el diario de Luisa entes de perder la cordura.

 

DÍA I

 

Mi vida universitaria era más bien aburrida. Tener buena notas, no meterme en problemas, graduarme con honores. Todas aquellas condiciones que mi padre me impuso para dejarme estudiar la carrera de mi preferencia (dicho de otra forma, la que menos hastío me causara) no me suponían mayor trabajo. Mi relación con él nunca fue buena, aunque funcionábamos. Las cosas con mamá y con Luisa era diferentes. Mis padres se divorciaron hace ya varios años, yo opté irme con él y mi hermana se quedó con mamá. Desde entonces las cosas se pusieron peor con el paso del tiempo. El alcoholismo de mamá y sus constantes reclamos por elegir a papá nos distanció, alejándome a su vez de Luisa. Los meses que estuvo ingresada en Saint Joseph solo la vi un par de veces, una de ellas cuando fuimos a recoger su cuerpo.

 

—Y es así como te volviste un bicho raro.

—Si, más o menos.

—Demonios que tienes problemas.

 

Me limité a encoger los hombros. Sé que tenía problemas y que no era bien visto por mis demás compañeros de clases por mi renuencia a hacer amigos. Incluso Carla, con quien conversaba, no podría decir que eramos amigos, a pesar de pasar juntos casi todos los ratos libres. Supongo que para sus ojos era eso, un bicho raro que llamaba su atención de alguna manera.

 

—Luisa. No logré conocerla.

—Lo de Saint Joseph pasó casi dos años antes de empezar la universidad.

—Nunca la vi las veces que visité a mi prima.

—¿Cómo está ella?

—Bien, saldrá mañana... Sabes, ella mencionó a Luisa algunas veces.

—¿En serio?

—Creo que eran amigas, pero no sé realmente como se conocieron. Ella mencionó un diario que Luisa llevaba siempre consigo.

—No nos entregaron nada parecido a un diario cuando recogimos sus cosas. Aunque las cosas con la administración estaban tensas.

—¿Sabes lo que sucedió con el director y los demás?

—Fueron condenados por negligencia. El director, un psiquiatra y un médico ya no les permitieron ejercer. El juez dictaminó que su inacción fue clave en el suicidio de mi hermana.

—Ya veo. Le he hablado de ti a Martina, ¿por qué no vienes a verla mañana?

—Es su primer día afuera de una institución, dudo que desee hablar con extraños.

—Le preguntaré, si dice que sí, ¿vendrías?

—Llámame, pero asegúrate de preguntarle primero, ¿ok?

—Es un trato...

 

El camino a casa fue más tedioso de lo normal. No dejaba de preguntarme a que se refería Martina. Muchas de las inconsistencias sobre el suicidio de mi hermana tenían que ver con que ella nunca mostró conductas o comportamientos que nos hicieran sospechar su deseo de acabar con su vida. Sin embargo, de existir un diario, pues las cosas podrían ser diferentes. Es probable que de esa manera entienda mejor a Luisa y las razones que la llevaron a tomar esa decisión. Muy en el fondo, viéndolo desde otra perspectiva, quizás solo quería conocer más a mi hermana y ese diario era lo único que quedaba de ella.

 

Al entrar a la estancia no encontré a nadie. Lo que era normal. Papá trabajaba hasta tarde o simplemente no regresaba, se quedaba a dormir en un hotel o en casa de su novia. Hacía más frío de lo normal a pesar de que todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Fui directo a mi habitación, pensar en todo aquello me puso exhausto, deseaba dormir cuanto antes. Arrojado en la cama, mientras la luz del atardecer iluminaba de forma tenue, mis ojos se dejaron vencer por el sueño. Al abrir los ojos de nuevo la oscuridad cubría por completo mi entorno. Era casi la media noche, al terminar de despertar un olor desagradable llegó hasta mis sentidos. Era sin duda el olor a algo en descomposición. Imaginé de inmediato que papá dejó comida en el fregadero y que esta se había echado a perder. A tientas llegué hasta la cocina solo para encontrarla limpia. El olor no desaparecía ni con un aromatizante que encontré en el cuarto de limpieza. Un golpe me alertó, venía de arriba. Armado con la escoba subí y nada. Al encender las luces el mal olor desapareció de inmediato.

 

 

DÍA II

 

 

La habitación de Carla era bastante normal. Tenía todo bien ordenado y limpio. Ella caminaba de un lado a otro, estaba nerviosa. Martina y ella forjaron una amistad muy profunda desde que empezó a sufrir depresión. Yo no había dormido casi nada desde que desperté a media noche. El olor que percibí me dejó un sabor extraño en el paladar.



Azrael Ruiz

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En el texto hay: fantasmas, maldicion, muerte tristeza y suicidio

Editado: 13.12.2018

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