Tiempo Para Escribir El Amor

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Tiempo Para Escribir El Amor (Precuela del Comerciante de Comerciante de Imposibles)

Sentada en el sofá de su casa modesta casa, Kathya reflexionaba acerca de lo que había sido su vida hasta ese momento, acababa de hacer limpieza y aún tenía la escoba en la mano. Estaba tan concentrada, pensado en el desastre que era su vida, que no se dio cuenta cuando alguien se asomó por su ventana.

—Buenas tardes señora

—Buenas tardes— Contestó sorprendida ver al dueño de esa voz ronca.

Era un joven alto, rubio, de ojos verdes y sonrisa ladeada, muy atractivo.

—Si diga, ¿qué se le ofrece?

—Señora, vengo a ofrecerle mis productos. ¿Me regala unos minutos de su precioso tiempo?

Kathya dudó. No tenía dinero para comprar nada, de hecho no tenían dinero ni para pasa el día.

—No gracias, no necesito nada. Está perdiendo su tiempo, no me quiero hacer ningún compromiso ahora.

—No está obligada a comprarme nada, con mirar no se compromete.

Kathya lo meditó un poco. Observó al hombre. Era muy guapo, bien vestido y porte elegante. Se sonrojó un poco al darse cuenta que sus pensamientos estaban vagando más de la cuenta.

—Está bien, pero luego no se vaya a molestar porque no le compré nada.

Se levantó y cuando puso la mano en el pomo de la puerta, su corazón empezó a latir con fuerza, tuvo la sensación que algo estaba mal. Pero aun así lo dejó pasar.

—Traigo unos artículos especiales y únicos —le dijo sentándose en la poltrona frente al sofá, acomodando la maleta en sus piernas y abriéndola para dejar ver lo que traía en ella —Dígame Señora, ¿Qué es lo que más desea?— Había un extraño brillo en sus ojos.

Ella en un extraño arrebato de sinceridad e indiscreción le contestó:

—¡Quiero tener otra vida! Vivo rodeada de desorden y tengo un trabajo mediocre. —Estaba un poco alterada y hablaba muy rápido —Quería ser escritora. Ahora no tengo un solo día de descanso. Del trabajo llego a la casa para tener que seguir trabajando poniéndole orden a este caos, cosa que como puede apreciar —hizo un gesto con la mano mostrándole su casa —no lo consigo. Mis tres hijos no me dejan ni un segundo tranquila y cuando le digo a mi esposo lo que me pasa, él, en vez de apoyarme, consolarme o por lo menos quedarse callado, siempre me invierte las cosas y al final es él, quien siempre trabaja más, descansa menos, sufre más y le duele más.

Su corazón palpitaba furioso y el joven de ojos verdes la miraba fijamente.

—Debe pensar que me estoy volviendo loca —se secó las lágrimas con la mano—Discúlpeme por hacerle perder su tiempo, no creo que tenga algo que pueda ayudarme o que necesite. Igual no tengo con qué pagarle.

—De hecho si lo tengo— Le sonrió con picardía.

Kathya lo miró con una ceja alzada. Él metió sus manos en la maleta y sacó una pluma y un reloj. Ella arrugó el ceño ante estos simples objetos.

—¿En que pueden ayudarme esas cosas?

—Bueno Kathya— ella abrió los ojos. «Yo no le he dicho mi nombre» —Estos dos artefactos no son lo que parecen. Verá, yo soy el Comerciante de Imposibles y he venido a ofrecerle lo que más desea en este momento— Sus ojos brillaron como dos luciérnagas en medio de la oscuridad.

Kathya ahora si estaba asustada, debía decirle que se fuera, pero no podía dejar de mirarlo. Esos ojos parecían esmeraldas, nunca había visto un color de ojos así.

—Como le venía diciendo Kathya, estos dos objetos son muy especiales, esta pluma le permite escribir tres veces y eso que escriba se hará realidad. Sería algo así como tres deseos, debe ser bien precisa, así que cuando la use utilice ese talento que tiene para escribir. Este reloj, la devuelve en el tiempo, a un momento específico de su vida, solo debe colocar la hora y el día al que desea regresar.

—¿Por qué me ofrece esto?, ¿por qué juega así conmigo? —Ya Kathya había llegado a su límite — ¿Sabe qué?, ¡váyase! No necesito que se burle de mí. El tiempo no se puede echar atrás y tampoco existen las plumas mágicas.

—¿En serio no le interesa?, puede cambiar todo esto —Hizo un gesto con su mano para que mirara a su alrededor. Kathya, sintió como se le erizaba la piel en la presencia de aquel hombre.

—Bien, ¿y cuánto pide por sus "maravillosos artefactos"? —le dijo haciendo comillas con sus dedos.

—No tiene que pagarme ahora

—¿Cuál es el precio? —Preguntó sin rodeos.

—Un año de su vida —contestó como si nada

—¿Qué?

— Un año de su vida— repitió mirándola fijamente para no perderse ni una sola expresión de su rostro.

—Eso ya lo oí, pero, ¿cómo se supone que se lo daré?

—Un año exacto antes del día de su muerte vendré por usted.

—¿Y cómo sabrás cuando voy a morir?



K.C. Castro

Editado: 30.09.2018

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