Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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DESPEDIDAS

Gaela no pudo dormir en toda la noche. Se quedó tumbada mirando al techo, pensando en todo lo que había perdido hasta entonces, y en lo mucho que le quedaba por perder. Había crecido arropada, protegida, pero aquel no era el mundo real, y debía enfrentarse a él. Hasta ese momento, incluso en el Castillo Oscuro, habían cuidado de ella. Esta sería la primera vez que sola debería enfrentarse a su destino y no estaba segura de que pudiera conseguirlo.

Aún recordaba una de esas conversaciones con Idris, cuando éste le explicaba los animales venerados por los pictos y su significado, y cómo le había dicho que los dragones eran una de las criaturas más temibles que existían sobre la faz de la tierra. Gaela había obedecido y se había olvidado de ellos. Sin embargo, ahora debía matar a uno. Al menos moriría con honor, aunque eso no la tranquilizaba lo más mínimo. Sabía que tenía que recuperar la esencia, para convertirse en el cathasaar negro, elegir a otros cuatro para que la acompañasen en su aventura, y dedicar su vida entera a cazar Leyendas. No obstante, que las partidas se formasen cada cinco ciclos quería decir algo; que sus miembros no duraban demasiado como para contarlo. Así que Gaela simplemente pensó: "De aquí a cinco ciclos estaré muerta de todas formas. ¿Qué más da si me ahorro algún sufrimiento que otro?"

Con los primeros rayos de sol despuntando por el horizonte, se puso en pie. Se colocó su vestimenta, y cogió la espada que su hermano le había regalado. Éste le había dicho que a toda buena espada, forjada a medida, se le debía poner un nombre antes de la guerra, ya que daba suerte. Gaela no lo creía así; el nombre solo se lo merecía si ganaba alguna batalla con ella, si el poseedor demostraba ser digno de blandirla. Si no, solo merecía caer en el olvido, como su portador. Así que, de momento, seguiría llamándose simplemente espada.

Entonces tocaron a su puerta, permitiéndose el lujo de entrar sin haber sido invitada.

—Hola Cabeza... digo, Moira —no se acostumbraba a ser una de las pocas privilegiadas que podían llamar a la jefa del clan por su nombre.

—Gaela, vengo a pintarte para que la bendición de los dioses sea contigo, y la diosa Morrigan te proteja en la batalla.

Gaela asintió y se dejó hacer. Moira mojó su mano en el cuenco con la mezcla de un glasto azul cielo y comenzó a trazar en su casi desnudo cuerpo las figuras que a ella le parecieron. Gaela podía sentir cómo dibujaba el salmón, la cornamenta del ciervo, las espirales, la media luna creciente atravesada por el arco doblado, la serpiente enroscada en la lanza, el Awen del equilibrio y el triskel protector, entre sus dos clavículas.

—Espera, no comiences con el brazo derecho aún.

—¿Qué ocurre?

Gaela de pronto se acordó del regalo que Brian le había hecho al finalizar su ciclo número diecinueve. El brazalete de la serpiente que se enroscaba en su brazo. Así que se dirigió a su pequeño armario y lo sacó. No había sido capaz de volver a ponérselo.

—¡Gaela, es hermoso! ¿Dónde lo has conseguido?

—Es un regalo —respondió mientras se colocaba el brazalete que le llegaba desde la axila hasta pasado el codo, sin impedirle en absoluto el movimiento.

La forma de colocárselo era curiosa, jamás había visto una joya así. La serpiente marina se encontraba totalmente enroscada y se colocaba como un brazalete normal, por la mano, pero una vez descansaba en el brazo, la serpiente parecía cobrar vida y comenzaba a desenroscarse recorriendo su brazo, hasta que la cabeza llegaba al codo y la cola a la axila.

—Y creo saber de quién...

—¿Cómo? —Gaela no podía estar más sorprendida.

—Es una joya típica del Clan Marino y solo puedo pensar en una persona. Y tengo que decirte que se suele entregar cuando se contrae el lazo de unión.

—¿Qué? No, para nada, él me dijo... me habían dicho que se regalaba cuando una muchacha se convertía en mujer.

—Ya...—Moira no dijo nada más aunque sostenía esa sonrisilla divertida en sus labios, mientras trazaba aquellas líneas en el brazo izquierdo—. No quiero ser yo quien te recuerde que tu sangre no puede mezclarse. Debes contraer el lazo, llegado el momento, con algún miembro de la Orden de la Noble Sangre, ya que solo ellos poseen sangre negra pura —al ver cómo Gaela agachaba la cabeza, decepcionada, añadió—. Aunque nadie te impide divertirte hasta entonces, ¿no? Yo no he visto, ni sé, absolutamente nada.

Gaela sonrió aliviada. Aunque enseguida disimuló su gozo para guardar las apariencias.

—Prométeme Gaela, que no vas a cometer estupideces, y que volverás sana y salva. No sabes todo lo que hemos sufrido hasta tu llegada.

—Por supuesto, Moira. Solo serán unas cuatro lunas y antes de que te des cuenta estaremos celebrando la festividad de Lugh—Nassad con una nueva Partida de Caza.

—Lo sé, pero todavía estás a tiempo de cambiar de opinión, y si aún decides marchar, no hay vergüenza en la retirada si ves que no vas a poder matarlo.



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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