Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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MANZANAS

Gaela paseaba tranquilamente por aquel inusual paraje al que sus huéspedes llamaban hogar. Observaba cómo los rayos de sol incidían sobre las copas de los altos pinos y sobre las chozas que los robustos troncos de los tejos anidaban. No todas estaban construidas de igual forma, pues adquirían la del tronco o rama donde estuviesen erigidas. Así, algunas de ellas tenían estructura cuadrada con un lado ovalado, otras eran redondas, y otras con formas totalmente amorfas acopladas a los huecos que había entre árbol y árbol. Aprovechaban cada espacio libre para crear en él un lugar donde vivir.

Lo que a Gaela inquietaba era por qué esas gentes habrían decidido vivir en un lugar como aquel, en medio de la nada, sin castillo, ni fortaleza que los protegiera y, además, asegurando que no la necesitaban. ¿Qué clase de pueblo podría dormir en paz, sabiendo que puede ser atacado en cualquier momento, y que no tienen con qué defenderse? A no ser que contaran con algún tipo de arma secreta que les hiciera invencibles ante el enemigo. O puede que solamente estuvieran todos locos. Fuera como fuese, la curiosidad pudo con la razón y Gaela había dado ya su palabra de que esa luna nueva permanecería allí hasta descubrir cuáles eran sus verdaderas intenciones. De todas formas el corazón del dragón aún latiría con fuerza para cuando Gaela regresase.

Según la mujer que se proclamaba así misma Primera Hermana, hacía ya tres lunas que la habían encontrado en medio del bosque cuando salían a cazar. Sin consciencia, pero notando que aún respiraba, la habían trasportado de nuevo a su poblado y habían sanado por completo sus heridas, que no eran pocas. Aunque esa historia pareciera veraz, había, sin embargo, un detalle que no encajaba, y en el que no podía parar de pensar: ¿cómo la habían reconocido? Sabían su nombre, de dónde venía y, lo que era aún peor, la misión a la que debía enfrentarse. Gaela sabía que jamás había pisado aquellas tierras, ni conocido a aquella gente. Entonces, ¿cómo era posible que ellos si la conocieran? Esperaba encontrar las respuestas al caer el sol. Y por supuesto, a la vuelta hablaría seriamente con Idris de todo lo que había acontecido.

Sin embargo, por el momento, lo único que podía hacer era sentarse tranquilamente y disfrutar de las vistas que aquel misterioso rincón del mundo le ofrecía. Ahora que por fin la habían dejado sola, se recostó en la hierba y cerró los ojos. El mundo desaparecía tras sus párpados dando paso a otro tipo de sensaciones ante las cuales la vista siempre queda ciega: la suave brisa que acariciaba su piel, el roce de las hojas de los árboles, el rumor del agua al caer de la cascada, la risa de los niños que jugaban al aire libre, bajo un sol acogedor que calentaba la tierra. No le hubiera importado quedarse allí tumbada por siempre, y que su única preocupación solo fuera abrir sus ojos de vez en cuando.

Por fin despertó, ante la extraña sensación de que alguien la observaba,.En efecto, allí se encontraba aquel muchacho, Eylean, mirándola fijamente.

—¿Qué quieres?

—¿Debo querer algo? Solamente pasaba por aquí y me topé contigo, gracias a los dioses, completamente vestida.

—¿Qué tal si buscamos una nueva broma? —espetó incorporándose de inmediato, enfrentándose a su descarada mirada.

—Mis labios están sellados —dijo haciendo un mohín, llevándose los dedos a la boca. Gaela estaba dispuesta a alejarse de aquel lugar cuando el hombre le grito—. ¡Deberías mostrarme un poco más de agradecimiento puesto que fui yo quien te encontró!

Gaela se paró en seco. ¿Estaría diciendo la verdad? Sin embargo, no se volvió y siguió caminando. Su presencia y mirada lasciva la incomodaban sobremanera.

—¿Te preguntarás cómo te hemos reconocido?

Por fin una pregunta interesante. Esta vez sí se dio la vuelta y lo miró interrogante.

—Habla.

Él se acercó lentamente a ella, disfrutando el momento, saboreando su victoria, con arrogante paso y mirada de superioridad.

—Es simple. Cuando decidiste enseñarnos tus pequeñas e insignificantes ubres de vaca, vimos en ellas la marca negra del cathasaar y así supimos quién eras de verdad.

Gaela enrojeció de vergüenza e ira. Se tapó inconscientemente sus pechos con los brazos, aunque enseguida los retiró. Ante su descarada sonrisa, se quedó muda, sin palabras. Pero él continuó, no iba a dejar que aquel momento de gloria se acabara tan pronto.

—Ya sabes, para la próxima vez, si quieres ocultar tu identidad, no te desnudes tan rápidamente —acercándose más a ella, le susurró al oído, mientras le acariciaba algunos mechones de su pelo—. A los hombres normalmente nos gustan las mujeres más difíciles, y a las que podamos arrancar la ropa.

Gaela se separó enseguida de él, pegándole un puñetazo en el pecho, para que dejara de tocarla.

—¡Más quisieras volver a ver estas insignificantes y pequeñas tetas, de las que, parece, no puedes alejarte ni dejar de hablar!



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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