Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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VUELTA A CASA

Kendric y Elliot llevaban caminando desde que el sol asomó por el horizonte hasta que volvió a desaparecer por EL infinito y misterioso horizonte. Habían cabalgado lo más rápido que habían podido, hasta dejar a los caballos exhaustos, salivando. Elliot le había indicado el camino pues, como bien les contó al principio, lo había recorrido unas cuantas veces.

—Hemos llegado.

—Será mejor que dejemos a los caballos aquí, puede que les alerten.

Desmontaron y siguieron avanzando a pie. La noche era clara y despejaba, la luz de la luna alumbraba el sendero que podían seguir sin ninguna dificultad.

—Más te vale que Gaela esté aquí y no hayas errado otra vez. Si no, estaremos cavando nuestra propia tumba.

—Te equivocas Kendric; ojalá que Gaela no esté aquí.

A Elliot se le ponían los pelos de punta con tan solo pensar que Gaela pudiera estar en un lugar como ese, donde las Leyendas habitaban y, peor aún, donde se encontraban los dominios de los Hijos de Nadie. Parece ser que al no haber ido la primera vez, este poderoso druida había intercedido para que, de una forma u otra, Gaela acabara en su territorio. ¿Pero con qué intención? Solo esperaba que no fuera demasiado tarde para averiguarlo. Llevaban ya demasiado retraso y el corazón del Dragón Blanco pronto dejaría de latir. Elliot ya podía imaginar cómo los clanes le culpaban de lo sucedido. En cambio, Kendric, por ser el hijo de quien era, además de su pertenencia a la Orden de los Guerreros Negros, en calidad de líder, tendría la protección asegurada. Ninguno se atrevería a levantar un dedo en su contra o dudar de sus intenciones. Pero Elliot... él no contaba con el favor de nadie en el Castillo Oscuro. Salvo el de Gaela, pero de poco le servía si ésta no volvía con vida.

Se sumergieron en las profundidades de aquel bosque maldito. Los sonidos de la noche les susurraban en los oídos erizándoles en vello de la piel. Permanecieron concentrados en silencio, pendientes de cada movimiento en las sombras, esperando a ser atacados en cualquier momento. 

Una gota fría de sudor recorría la frente de Elliot quien, por conocer el terreno, iba delante. Kendric le guardaba las espaldas con su espada en alto. Un crujido hizo que se pararan en seco. Elliot se volvió para mirar a Kendric esperando recibir algún tipo de instrucción, sin embargo, éste solo se llevó un dedo a los labios y le adelantó. En tensión e inmóviles se mantuvieron mientras el crujido de las ramas y el sonido de unos pasos perturbaban el silencio de la noche. Su caminar era seguro y a una velocidad constante, como si paseara por el bosque. Kendric entonces arrimó la oreja a la tierra para escuchar mejor y pudo distinguir dos pasos diversos. Dos humanos. Le indicó a Elliot que se escondiera tras un árbol y él hizo lo mismo detrás de otro. Tan solo les quedaba esperar a ver quiénes eran. Entonces, comenzó a escuchar unas voces, pero no pudo distinguir de quién se trataba. Una de ellas hablaba y la otra de vez en cuando asentía, como si le estuviera dando instrucciones. Pero, de pronto, ambas se desvanecieron.

Ni pasos ni voces.

Kendric y Elliot se mantuvieron muy quietos, casi sin respirar. Lo que en el bosque habitaba era peligroso, maligno, no podían perder la concentración si querían regresar con vida. Kendric estaba más que acostumbrado a aquel tipo de situaciones, sin embargo, veía cómo Elliot, al otro lado, estaba a punto de desmayarse. Entonces, para sorpresa de ambos, una voz habló:

—¿Quién anda ahí?

Podía ser posible que... ¿estaba soñando? Kendric miró rápidamente a Elliot para que no cometiera ninguna estupidez; podía ser una trampa. No obstante, ya era demasiado tarde, Elliot había salido de su escondite.

—¿Gaela?

—¿Elliot?

—¡Gaela! 

En cuanto la vio corrió hacia sus brazos con lágrimas en los ojos y la levantó en volandas dándole multitud de besos en las mejillas. Solo entonces Kendric salió de detrás del árbol.

—¿Gaela, eres tú de verdad?

—¡Oh, Kendric! —Gaela corrió hacia él y le abrazó con fuerza—. ¡Qué alegría que estéis aquí!

Kendric se quedó paralizado. No era de ese tipo de hombres que permitían que sus sentimientos aflorasen fácilmente. Estaba feliz de verla, pero el contacto con su piel le paralizó y no supo cómo actuar. Optó por lo más sencillo y respondió a su abrazo rodeándola cariñosamente.

—¿Dónde demonios habéis estado y cómo me habéis encontrado?

—La pregunta es ¿cómo demonios has escapado del territorio de los Hijos de Nadie sin un rasguño? Ya sabes que la gente de este lugar es muy peligrosa —la reprendió Elliot.

—Si yo, bueno, la verdad...—Gaela miró hacia atrás, hacia la espesura de la vegetación—. Yo no me he encontrado con ellos.

—¡Oh, gracias a todos los dioses! ¡Qué suerte has tenido!

Elliot enseguida la abrazó de nuevo pero Kendric no. ¿Cómo era posible que no se hubiera encontrado con ellos? Al fin y al cabo esas eran sus tierras y se decía que nada sucedía en ellas sin que lo supieran. O había sido un gran milagro, o...



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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