Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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PEANTA

En la pequeña mesa de madera labrada de la sala central, Tautis les había dejado otro cuenco con la mezcla azulea de glasto y arcilla, y les aconsejó que comenzaran de inmediato si no querían llegar tarde a la ceremonia.

-Date la vuelta -ordenó Gaela, al ser la hermana mayor-, comenzaré por tu espalda.

Tebas, obediente, se dio la vuelta. Gaela mojó su dedo en la peanta y decidió empezar por su hombro derecho, que era el que no se encontraba cubierto por el breacan. Con un ligero trazo dibujó dos espirales; luego una línea recta que dividió su espalda en dos, para posteriormente aunar la media luna con el medio sol, que simbolizaban las fuerzas opuestas de la naturaleza. Así evocaba Gaela a su hermano Tebas, como si fuera una contradicción; tan fuerte, bravo, de figura imponente y, sin embargo, con un corazón demasiado bondadoso como para llegar a convertirse en un auténtico salvaje picto.

Cuando Gaela terminó con su espalda, prosiguió por los brazos siguiendo el camino que marcaban sus venas y posteriormente con su torso, mejillas y frente, dejando que su imaginación volara, pintando trazos imposibles y espirales infinitas. Solo existían dos símbolos que debían estar presente en todos los cuerpos pintados; la cornamenta del ciervo en Beltane y el salmón. Éstos eran los animales más sagrados que existían, el primero representaba al dios Cernunnos y el segundo al primer hombre sobre la tierra, Fintán, que se convirtió en un salmón para vivir eternamente, siendo de esta forma el poseedor de la sabiduría infinita.

Una vez acabó con Tebas y, antes de que éste pudiera comenzar a pintar a su hermana, Tautis no pudo contener su orgullo.

-¿Qué mayor gozo puede existir para un padre que ver que sus dos pequeños se han convertido en un gran hombre y una gran mujer? -Tautis, desde una esquina, los observaba con orgullo, con el pecho hinchado, con satisfacción. Los había criado solo, pero no podía haberlo hecho mejor.

Se acercó, primero a Tebas al que le dio una sonora palmada en el hombro y una mirada de aprobación, y luego a Gaela, cuyo rostro sostuvo entre sus manos mientras le besaba la frente con cariño.

-Teitebas, será mejor que te apresures. Ve y ayuda a limar el tronco con los demás. Yo pintaré a tu hermana.

Tautis sumergió la mano por completo en la tinta y la posó sobre el brazo de su hija. Gaela disfrutaba de aquel momento, recreándose en él; cuando la tinta se adhería a la piel y provocaba que ésta se erizara. Era una sensación indescriptible, como si penetrara por sus poros, como si llegara a rozarle el alma. Se convertían en una sola esencia, y sentía que le proporcionaba la fuerza necesaria para seguir viviendo.

Entre sus gentes, no en vano, habían tratado de describir con palabras aquella unión sagrada, y después de muchos intentos habían llegado a la conclusión que ninguna podía hacerle justicia

Entre sus gentes, no en vano, habían tratado de describir con palabras aquella unión sagrada, y después de muchos intentos habían llegado a la conclusión que ninguna podía hacerle justicia. Sentían que una fuerza inexplicable, sobrecogedora, se apoderaba de sus cuerpos; quizás una magia ancestral, quizás fueran los dioses mismos, o quizás la belleza que desprendían aquellos símbolos unidos a la piel como si fueran un nexo de unión entre los Dos Mundos. No lo sabían con certeza, pero lo cierto era que los pictos jamás se atreverían a celebrar una festividad, llevar a cabo un sacrificio, o aventurarse a la guerra sin su peanta, a menos que quisieran fracasar o aún peor, morir. Se decía que Morrigan, diosa de la destrucción y el caos perteneciente a los Tuatha Dé Danann, alentaba a los hombres que la portaban en la batalla y condenaba al inframundo a cualquier guerrero que no llevase pintado su cuerpo.

Una vez hubo terminado, Tautis se dirigió a Gaela con sonrisa pícara: -¿Es que no piensas abrir tu regalo? -Y con un gesto le indicó que se sentara junto a él. Gaela había dejado su pequeña bolsa de cuero en la mesa de la estancia central.

-¡Oh, vaya! He quedado tan deslumbrada por el feileadh mor de Tebas que he olvidado mi propio presente.

Tautis volvió a entregarle la bolsa de cuero. -Creo que ya va siendo hora de que lo tengas.

Cuando Gaela finalmente la abrió y vio lo que su interior contenía, se quedó sin palabras. Aquello debía de haberle costado demasiado, quizás todas las ganancias del ciclo anterior.

-Padre, no puedo aceptarlo.

-¡Pero si aún no te he explicado cómo lo he conseguido!

-No importa, no deseo saberlo, porque o has vendido todo nuestro ganado y propiedades o has robado a los señores del Castillo. ¡Simplemente te has vuelto loco!

Gaela hizo ademán de devolvérselo pero Tautis frenó el gesto y negó con la cabeza.

-¿Me permites? –Gaela, que sabía que no podía discutir con él, asintió, le dio la espalda y se separó el pelo del cuello. Tautis, con dulzura, se lo colocó-. Esta torques perteneció a tu madre y la he estado guardando todos estos ciclos.



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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