Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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HOGUERAS

Los presentes, uno a uno, fueron cogiendo las antorchas que estaban apostadas en torno a la plaza y se dirigieron hacia aquellos montículos de madera que parecían olvidados y que ahora, con las llamas, cobraban vida.

En primer lugar se encendían las nueve hogueras que contenían las nueve maderas que habían sido portadas por nueve hombres distintos. Una vez éstas comenzaban a arder, era el turno del gran tronco de Beltane y de sus hermosas cenefas. Aquel sería el que más tardaría en prender debido a su grosor y altitud, y por ello tendrían luz hasta bien entrada la noche.

Presenciar cómo tan fácilmente se consumía la madera, invitaba a la reflexión y Gaela, con este pensamiento en la cabeza, sobre lo efímero de la vida y la eterna muerte, acercó su antorcha a uno de los montículos y esperó. Quería contemplar como el tiempo, inexorable, consumía hasta las cenizas la madera, como bien sabía que podía consumir un cuerpo hasta calcinar los huesos... ¿Y quién lo detenía? ¿Quién era capaz de contradecirle? Al menos sabía que el fuego podía ser controlado, pero ¿Quién era capaz de detener al tiempo, de vencer a la muerte? Era una batalla perdida desde el inicio. Era, en su fin mismo, la vida.

Y ardieron, ardieron todos, rama a rama. El tronco lentamente se consumía y se postraba ante la miraba de los dioses que aquella noche les sonreían. La pira crecía y creaba, entre luces y sombras, extrañas figuras de fuego que danzaban, como hubieran hecho antes ellos, alrededor del tronco. Era fácil imaginarse a los fuegos fatuos, que con su flameante vuelo mostraban el camino a los desgraciados que se extraviaban en los bosques.

Aquel humo se elevó y sus llamas iluminaron los rostros en la noche. Los hermanos del valle fueron a sus casas y cogieron aquello que representara su antigua vida y de lo cual, querían desprenderse. Lo más común siempre era ropa, una espada rota, un cazo partido, y, en general, cualquier cosa que ya no se utilizara, para entregarlo al fuego de Beltane, como señal de la voluntad del alma por renovarse, por renacer.

Entre esa ropa, cazos y espadas, Gaela observaba como el valiente chiquillo que antes soñaba con ser parte de los guerreros del Castillo Oscuro, se desprendía de su muñeco de paja, símbolo de que ya no era un niño, de su transición para convertirse en todo un hombre. Ella, en lugar de cualquiera de esas cosas, arrojó sus zapatos de tela ante la atónita mirada de su padre y su hermano Tebas.

—Estoy harta de andar por la vida con los mismos zapatos padre, quiero cambiar mi camino, debo encontrar mi destino; creo que he estado recorriendo uno equivocado y siento que eso está a punto de cambiar. Para lograrlo debo escoger con sabiduría el instrumento con el que ando. Quiero ser libre para elegir el próximo sendero por el que estos pies, ahora descalzos, dejaran sus huellas. —Explicó hundiéndolos en la tierra, con mimo, sintiendo como ésta los abrazaba y se amoldaba a la forma de sus dedos y su planta.

Su padre la abrazó, con fuerza, con cariño y nostalgia, como si ya la hubiese perdido, como si fuese una despedida; pues en cierto modo, aunque ella aún no lo sabía, así era.

Gaela cogió las manos de su padre dulcemente, con ternura, y le sonrió, de esa manera en la que a Tautis se le encogía el corazón. "¡Era tan parecida a su madre!" Él rebuscaba de vez en cuando por su memoria retazos de otro tiempo, de una época completamente diferente. La mayoría de las veces permanecía allí anclado, recreando una caricia, un paseo a caballo, un beso robado. A veces eran tan solo imágenes, ilusiones, pero otras podía sentir el calor de esos recuerdos que habían sobrevivido a la batalla contra el olvido y parecían más vívidos y nítidos que nunca... Tan solo la sonrisa de su querida hija era capaz de hacerle volver al presente.

Gaela se separó de Tautis y le lanzó una pícara mirada a su hermano Tebas que quería decir "sígueme si te atreves". Decidida, con sus pies descalzos, se arrimó al fuego y respiró hondo. Se apartó la suficiente distancia y, cogiendo impulso, saltó por encima de la hoguera, rozando con sus dedos las crepitantes llamas.

Acompañó el impulso con un fuerte grito salvaje de guerra, que le dio el valor suficiente para saltar. Una vez consiguió caer de pie se asomó para sacarle burlonamente la lengua a Tebas quien, ante la provocación, siguió los pasos de Gaela, saltando por encima del fuego; claro está, con mucha más elegancia que su hermana.

 

De esa forma, otros muchos comenzaron a saltar las hogueras esparcidas por el valle, al ritmo de la música que nuevamente deleitaba sus oídos. Algunos cogieron ramas y madera incandescente, cuyo destino en breve se vería del todo consumido por las llameantes flamas, y comenzaron a danzar alrededor de las hogueras. El fuego acariciaba la noche y su crepitar era como un susurro cuyas palabras componían la poesía de un elocuente bardo. Su danza, que iluminaba el camino hacia el Otro Mundo, pretendía complacer a los dioses y también el corazón de aquellos mortales.

Gaela, dejándose llevar por los espíritus de la noche de Beltane, decidió saltar una de las hogueras más altas, cuyo fuego ya alcanzaba al Saol Eile



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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