Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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PROVIDENCIA

Gaela se dirigía a la tienda donde el druida debía recibir a la Dama de Beltane, y lo vio entrar con Aivi. "Demasiado tarde", pensó abatida; en cuanto salieran el druida desaparecería y no volvería a verlo hasta el próximo solsticio de Ostara. Nadie sabía dónde habitaba, y solo se podía tener contacto con él si así lo requería. Incluso para los hombres del castillo, era todo un misterio.

Tan solo Cabeza Negra podía hablarle de igual a igual; él la asesoraba ante cualquier conflicto, consultaba en las estrellas su porvenir y el del clan; su inmensa sabiduría le permitía ser su consejero y leal servidor, llegando a convertirse en su amigo más fiel, según rumoreaban las lenguas del valle. Solo ante ella respondía. Para el resto de los mortales aquel privilegio estaba totalmente vetado, y quizás para mejor, como le solía explicar Tautis cuando no era más que una niña:

"—Conocer el destino que nos deparan las estrellas puede llevarnos a nuestra propia destrucción.

—¿Cómo es eso posible padre?

—Imagínate querida niña, que supieras que el camino que deseas tomar te conduce a un río por el cual no existe paso posible y por otro camino, no existe tal río. En principio pudiera parecer que has evitado el peligro, incluso la muerte, pero ¿Y si encuentras una manera de cruzar el río y hallas tu propio destino? ¿Y si el otro camino conduce inexorablemente a tu perdición? Lo que en un principio parece la mejor opción no siempre lo es hija mía.

Las visiones de los druidas nunca son mensajes claros; son imágenes, acertijos que los hombres debemos interpretar. ¿Sabes por qué? Porque nos hablan en la lengua de los dioses, lengua que los hombres no entendemos y corremos el riesgo de interpretarlos de forma incorrecta...

—Oh padre deberías ser druida... ¡eres tan sabio!

—No Gaela, es una terrible maldición tener visiones, y con ellas, el destino de la gente en tus manos, jugando con la vida y la muerte. Es una pesada carga sobre los hombros, es... ¿sabes lo que es? Es lo contrario a la libertad, y yo quiero que tú seas libre de elegir tu propio camino, y si existe algún destino para el que estás predestinada, él vendrá a ti a su debido tiempo; habrás llegado hasta él como alma libre. No hija mía, nunca escuches las profecías aun viniendo de un sabio, pues no siempre aciertan. Créeme, lo sé de primera mano, no siempre aciertan..."

Rememorando aquella conversación, Gaela observaba inmóvil la tienda viendo como dos sombras, sentadas una frente a la otra, conversaban. De corazón esperaba que Aivi encontrara respuestas y no se equivocara con ella. Quizás preguntaría cuántos hijos tendría, si nacerían sanos y fuertes o si la cosecha de aquel Mabon daría sus frutos. O más importante aún, si sería feliz con el hombre con el que decidiera compartir el resto de su vida.

Gaela sabía que no se podía acercar. Estaba totalmente prohibido bajo pena de un terrible castigo, y aun así...

Sin pensarlo dos veces y alentada por la mezcla de vino e hidromiel, se encontró a sí misma caminando a hurtadillas hasta la tienda del druida. Ya no había vuelta atrás. Acercó su oreja y comenzó a escuchar.

—Entonces pregunta hija, ¿qué quieres saber?

—Me gustaría que leyese en las estrellas si el retoño que mi vientre alguna noche engendrará tiene posibilidades de nacer fuerte y sano.

—Y si me permites el atrevimiento, ¿por qué habrías de temer lo contrario? Pareces una mujer fértil y enérgica, tu vástago de seguro no será distinto.

—Mis temores no son infundados, gran maestro, pues las hembras de mi familia han conocido ya ese sufrimiento. Ver cómo nace en sus brazos un cuerpo sin vida, después de nueve lunas llenas dentro, es... descorazonador. No querría pasar por lo mismo.

—Y sin embargo aquí estás tú.

—Sí, después de que mi madre tuviera que enterrar a otros dos como yo, señor.

—Comprendo.

El druida se quedó en silencio pensativo y se levantó de repente mirando en su dirección. Por un breve instante sus miradas se cruzaron y a Gaela le dio un vuelco el corazón. Se apartó lo más rápido que pudo hasta esconderse detrás de una roca.

¿La habría visto? De ser así estaba perdida. Su corazón latía a una velocidad exorbitante que pareciera que se le iba a salir del pecho. Escuchar conversaciones ajenas era reprochable pero escuchar las palabras de un druida tenía un castigo mayor. Esas palabras se consideraban sagradas, ya que los dioses se comunicaban con los mortales por medio de su persona, y no todos tenían derecho a escucharlas.

Las sombras se pusieron en pie y salieron de la tienda. A Gaela se le aceleró el corazón como nunca antes. El castigo por espiar y escuchar las prohibidas palabras de un druida no podía ser mejor que la muerte. Percibió unos pasos que se dirigían hacia su escondite. Estaba perdida, ya está, había encontrado por fin su destino, el destierro o su condena por traición...



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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