Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

Tamaño de fuente: - +

LA MALDICIÓN DE LOS MUERTOS

—En una tierra muy lejana llamada Hispania, habitaban unos valerosos hombres que desde su tierra avistaron nuestra isla y vinieron a visitarnos en son de paz —continuó el druida con voz solemne—. Su jefe se hacía llamar Míl Espáine, porque mil batallas había ganado. Cuando él era pequeño, gracias a que ayudó al mismísimo Moisés, éste profetizó que su gente acabaría conquistando la tierra verde. Así pues, cuando Míl divisó la Isla Esmeralda supo que era su destino.

"Así pues Míl, que se encontraba en el norte de Hispania, organiza el viaje hacia aquel maravilloso lugar. Por aquel entonces, tres reyes se habían dividido la Isla Esmeralda y en desacuerdo se encontraban. Mil, al conocer el problema, trató de intermediar entre ellos y reconciliarlos. Sin embargo, aquel hecho le costaría un alto precio pues Bres todavía se encontraba en aquellas tierras y había tenido innumerables hijos, la mayoría de ellos con la misma dualidad en el alma que su padre, atendiendo solamente a la oscuridad que en ella residía. Estos descendientes, heredando esa naturaleza traicionera, sintieron celos de la fortaleza y belleza de Míl y de la sabiduría de sus palabras que tan solo trataban de reconciliar a los tres reyes. Y aunque los tuatha les habían jurado protección mientras fueran sus invitados en la Isla Esmeralda, dos de los hijos de Bres, sin que nadie se percatase, les atacaron cuando volvían a sus naves y asesinaron a Míl.

Cuando los barcos volvieron a Hispania y se percataron de lo que había sucedido, los milesianos le declaran la guerra a los tuatha y parten a la isla con sus naves. Al frente de las cuales se situaba Donn, el hijo mayor de Míl, que desde siempre había querido ser el jefe, y no desperdiciaría en esa ocasión la oportunidad. Los tuatha no esperaban un ataque por parte de los milesianos, pues no eran conscientes aún de la traición de Bres. Sin embargo, nada pudieron hacer para averiguar el porqué de su ira, pues Donn rechazó toda forma de dialogo. Entonces la batalla entre los Tuatha Dé Danann y los Hijos de Míl comenzó.

Después de casi un sol de intensa lucha, al ver que los tuatha estaban siendo masacrados, Airmed volvió a crear la mezcla que hacía ya demasiados solsticios inventó para que los muertos volviesen a la vida. Después de doscientos ciclos de estudio, le había dado tiempo a perfeccionarla, y esto consiguió que los tuatha no perdieran la esperanza y siguieran luchando con renovada confianza. Sin embargo, Bres y sus hijos creían que no ganarían aquella batalla y querían asegurar su supervivencia, así pues, una vez más, traicionaron a su pueblo y se aliaron con los milesianos.

He aquí que tuvo lugar la tercera traición de Bres; la primera cuando le eligieron como jefe de los Tuatha Dé y juró lealtad a Balor el de Un Solo Ojo; la segunda cuando mató a Míl Espáine aun encontrándose bajo su protección; y ésta sería la tercera y última.

De esta forma, Bres y los dos hijos que habían asesinado a Míl, se dirigieron al campamento de los milesianos y pidieron audiencia con el jefe. Ante Donn fueron llevados y a él le confesaron que si quería triunfar en aquella batalla debían matar a una dryade, mujer druida, llamada Airmed que era la responsable de resucitar a los muertos. Una vez eliminada, los tuatha no tendrían nada que hacer. Ante tal confesión Donn, cuya alma se había oscurecido por completo, ordena apresarla y traerla viva.

Mientras tanto Dagda, el gran sabio, sabe que la Isla Esmeralda estaba predestinada a ser tierra de los milesianos y no de ellos, como había profetizado el mismísimo Moisés, así que organizó todas las naves que pudo para salvar a sus hermanos y poner rumbo a la vecina Isla de Brumas, donde antaño se habían refugiado y, con la ayuda de otros dioses, puso a buen recaudo los cuatro tesoros.

Por otro lado, Scota, la mujer de Míl, no se dejó cegar por la sed de venganza y se percató que aquellos seres no eran quienes habían asesinado a su esposo, pues en sus rostros se reflejaba la más pura perplejidad. No obstante, tenía que cerciorarse de ellos, así que cuando vio al gran Dagda le puso un cuchillo en el cuello.

—¡Habla tuatha, si me dices cuál es el motivo por el que os estamos atacando, te dejaré vivir!

—Mi señora, presto me salvaría si la respuesta conociera, más no poseo tal información; desconozco el origen de vuestra ira y por qué os enfrentáis a nosotros.

Confirmándose los temores de Scota, le contó lo sucedido a aquel druida y cómo alguien de su pueblo los había traicionado y matado a su líder, Míl Espaine. Ambos se lamentaron de que ya fuera demasiado tarde para detener aquella barbarie, pues era imposible avisarlos a tiempo; sus hombres, desgraciadamente, ya se habían dispersado por toda la isla.

Aunque ya fuera demasiado tarde, Scota y Dagda prometieron comunicarles a los jefes de ambos bandos qué sucedía y parar la guerra como fuera posible.

Scota y Dagda se despidieron y marcharon cada uno junto a su pueblo. Scota llegó a su campamento y al único de sus hijos que pudo encontrar allí fue a Donn, que estaba organizando el ataque. Intentó explicarle lo que había sucedido y le suplicó que ordenase la retirada de sus hombres, pues ya había conseguido lo que quería: aquella tierra. Sin embargo, pudo ver en los ojos de su hijo que se encontraba poseído por la ambición; había algo que deseaba y aún no había conseguido.



ARRovic

#5600 en Fantasía
#7795 en Otros
#1151 en Aventura

En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar