Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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UN PASEO POR EL BOSQUE

Las funestas palabras del druida hacían que los hombres intentaran buscar aún más diversión si era posible para olvidarlas. Parecía una historia lejana, ajena a su tiempo, pero se tornaba real cuando él la convertía en aquellas palabras, con las que removía a los espíritus de sus tumbas. Por ello, sin dejar que el ánimo decayese, los hermanos del valle y los hombres del castillo volvieron a lo que mejor sabían hacer; beber, cantar, alzar los puños y beber aún más.

Los jefes del clan, sin embargo, dieron por terminada la velada. Arthur y Cabeza Negra se dispusieron a volver al fuerte de Craig Phadrig con todos aquellos que quisieran seguirles.

—Beltane no es solo motivo de celebración por los dioses sino por el rencuentro entre nuestras dos tribus; los hombres del castillo y los hermanos del valle —comentó Arthur en tono solemne.

—Es siempre un gran honor viejo amigo y espero que esta tradición dure por toda la eternidad —contestó Tautis.

Tras aquellas sinceras palabras y antes de que los jefes montaran en sus caballos, se despidieron como la tradición establecía, con unas palabras de bendición, sellando una larga amistad, reconociendo la lealtad entre ambos y jurándose mutua protección y eterna devoción. Tautis con Arthur y, posteriormente, con Cabeza Negra, se encararon y llevaron a cabo la tradicional y peculiar despedida en la que el movimiento de los brazos iba acompañado de un antiguo poema, más aun que los mismísimos Tuatha Dé Danann.

Se asieron mutuamente por el antebrazo derecho, para luego juntar el hombro y pecho izquierdo donde se encontraba el corazón. Se separaban para volver a mirarse a los ojos y, sosteniéndose aún del brazo, se cogían igualmente del antebrazo izquierdo quedando ambos brazos entrelazados y, por último, unían sus frentes. Y cada uno de aquellos cuatro movimientos iba acompañado de los versos de un sincero poema;

Que el camino salga a tu encuentro

Que el viento siempre esté detrás de ti

Y la lluvia caiga suave sobre tus campos,

Hasta que nos volvamos a encontrar.

Tebas observó como Tautis, tras despedirse de los jefes del Clan Negro, se retiró del jolgorio que seguía teniendo lugar y que se alargaría durante toda la noche. Pocas veces le había visto excederse en aquellas festividades que precisamente se celebraban con tal fin. Controlaba su embriaguez, su cordura y medía sus palabras. Él aseguraba que era para dar ejemplo, pues un buen jefe no podía exponerse de esa manera si quería ser respetado, admirado y seguido por sus hombres. Sin embargo, Tebas sospechaba que era algo más; había tenido la oportunidad durante toda su vida de observar el comportamiento de los salvajes, aprendiendo desde pequeño para ser un buen picto, un orgullo para su padre y quizás, con el tiempo, un líder merecedor de que su pueblo lo siguiera. Sabía cuándo había que beber, cuando había que pelear, cuándo mostrar piedad y cuándo imponer su voluntad. Todo ello lo había aprendido observando a su padre y las lecciones que éste le había dado eran el mayor regalo que podría haber recibido. No obstante, algo no encajaba entre aquellos anchos hombros y esas escalofriantes cicatrices en su cuerpo: Tebas temía que hubiera otras, mucho más profundas, y que esas fueran las realmente dolorosas.

Estuvo tentado de correr junto a él y obligarle a confesarle los secretos de su nacimiento que durante toda una vida le había estado ocultando, pero se detuvo a mitad de camino. Su mirada, que escondía una tristeza y languidez casi imperceptibles, no escapaba a Tebas, acostumbrado a escrutar aquellos misteriosos ojos que tantos horrores habían visto. Así que le dejó marchar.

Sin otra cosa que hacer, volvió a dejarse caer en una de las mesas, intentando agarrar, sin mucho atino, una jarra de vino. Después de tres intentos acabó derramándola y maldiciendo en voz baja, sin embargo, faltó tiempo para que uno de los hermanos acudiera en su auxilio; le abrió la boca con las dos manos y vació todo el contenido en su garganta.

Tebas escupió la mayoría y se tambaleó hasta casi caer sino fuera porque varios brazos le ayudaron a sentarse.

—La noche de Beltane amigos....noche de celebración, renovación, y todas esas gilipolleces... ¿Pero sabéis de qué es también noche? ¡De sexo!

—¡Oh, por todos los dioses, si a ti no se te levanta ni estando sobrio!

—¡Maldito amadan! ¡Pues claro que sí imbécil, cuando miro como tu madre se me monta encima!

Tebas reía sin ganas ante la conversación de aquellos dos despojos, resto de los hombres que eran cuando saliera el sol aquella mañana. El ofendido estaba intentando, sin fuerzas, incorporarse con el puño extendido para recobrar el honor perdido y, sin embargo, fue el aire quien se llevó su merecido.

—Si pudiera levantarme, haría que te arrepintieras de lo que has dicho.

—Aquí te espero —dijo el ofensor mientras bebía de un cuerno que ya no tenía siquiera líquido—. Pero sabéis que tengo razón, sino ¿qué creéis que es el tronco de Beltane sino un enorme y descomunal falo? ¡Como el mío, mujeres!



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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