Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

Tamaño de fuente: - +

EXTRAÑA CALMA

Gaela llegó a casa después de visitar al curandero de valle que le untó el cuerpo en ungüentos y, posteriormente, lo recubrió de vendajes, que debería llevar durante, al menos, una luna creciente. Se sentía patética, inútil, frustrada. Iba a entrar en casa pero se tomó un momento para respirar profundamente e intentar alejar, con cada expiración, todas las inseguridades que en aquellos momentos le oprimían el pecho.

Era un sentimiento inexplicable lo que inquietaba a su corazón, pero no conseguía dilucidar qué era:

"¿La leyenda que ha narrado el druida? No tiene sentido, la he oído mil veces, aunque no puedo negar que no conocía esa parte de la historia. ¿Entonces qué? ¿Aquel misterioso cazador de penetrantes ojos azules? Podía ser, pero ya estoy más que acostumbrada a las pretensiones de los hombres. ¿Quizá los sentimientos encontrados hacia Aivi? Se mezcla la inmensa alegría por saber que va a ser madre de un sano retoño y la soledad que me ha invadido, pues observo con pesar como cada uno cumple con su destino menos yo. ¿Quizás las palabras de aquel imbécil de Duncan? Pues en todas y cada una de ellas se halla una terrible verdad, aunque jamás habría podido imaginar lo que me llegan a odiar en el valle por ser la hija del Gran Tautis, pues consideran que no lo merezco. Quizás también se debe al ser consciente de que jamás llegaré a conseguir una audiencia con el druida para expresarle mis temores y obtener respuestas.

Quizás fuera todo aquello. Quizás no fuera nada de eso."

Los pensamientos se cruzaban por su mente, veloces cual rayo, y Gaela no podía mantener la cabeza serena para encontrar una solución. Por ello, concluyó que era mejor irse a dormir.

"Estoy agotada, mañana, con los primeras luces del alba, todo se verá de un color distinto."

Antes de abrir la puerta de su cabaña, llamó su atención una solitaria y abandonada hoguera que aún seguía encendida, con pequeñas llamas que danzaban al ritmo de una muerte segura, cada vez más fútiles, cada vez más extintas. Se acercó a ella atraída por esa hipnotizante visión y saltó por encima con un simple paso largo, pues el fuego ya no alcanzaba ni la altura de sus rodillas.

Mientras pasaba por encima, como indicaba la tradición, pidió un deseo. Deseó que su vida tomara un sendero, que cobrara algún sentido. Había llegado el momento de que los dioses iluminaran su camino y bendijeran su mortal existencia como ya habían hecho con otros muchos de sus hermanos del valle, y como aquella misma noche habían hecho con Aivi.

Se arrodilló frente a lo que quedaba de aquella pira que exhalaba su último aliento, y se dijo a sí misma que su mala suerte, su despropósito en la vida, debían morir allí mismo, junto a esa hoguera. Por ello sopló, fuerte, con convicción, y apagó la última flama, esperando sentirse aliviada. En cierto modo así sucedió; cuando su alrededor se sumió en la oscuridad, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, una sensación que difícilmente podría haber expresado con palabras, una energía que la atemorizó y que emergía de su propio pecho, de su corazón.

Turbada, posó la mano en él, con la certeza de que por fin los dioses la habían escuchado; lo que no podía adivinar era si aquello sería una buena o una mala señal.

Entró en la estancia de su padre, quien parecía no poder conciliar el sueño.

—Padre, abrázame —le rogó—. Abrázame como cuando era pequeña y las pesadillas sobre las Leyendas me aterrorizaban por las noches; abrázame y miénteme, dime que todo saldrá bien.

Gaela, con lágrimas en los ojos, se dejó caer en los brazos de su padre, quien con dulzura comenzó a acariciarle el pelo. Entre los salvajes aquellas muestras de cariño solo se profesaban entre los miembros de la familia, cuando nadie los veía, pues mostrar debilidad en público no era una opción. Sin embargo, aunque Gaela ya era demasiado mayor para ello, aquella noche necesitaba sentirse protegida.

—Fíjate que ya pensaba yo que había perdido a mi hija, que ahora era toda una mujer, fuerte, independiente y segura. Creí que no necesitaría más la ayuda de un pobre viejo como yo —entonces Tautis reparó en todos los vendajes que ahora cubrían el menudo cuerpo de su hija y se corrigió—. Bueno o quizás aún sí...

La abrazó con todas sus fuerzas. Ella se dejaba hacer; era como un gato enroscado en el regazo de su padre, ronroneando cada vez que le rascaban debajo de la oreja. Tautis, con la que aún consideraba su pequeña en brazos, miró por la ventana observando la noche, cubierta por un infinito manto de estrellas. Era perfecta. Silenciosa. La luna se encontraba en su cénit y con la luz que irradiaba, iluminaba la belleza del valle. Deseó entonces poder mantener abrazada a su querida Gaela por toda la eternidad, resguardarla de las sombras que acechaban en las tinieblas, protegerla de su propio destino.

"Ojalá..."

Se acumulaban los tormentos de un hombre que llevaba demasiado tiempo guardando un secreto que pronto se sabría. La incertidumbre anidaba en su pecho, el miedo se reflejaba en su mirada, y la pesadumbre recaía sobre sus hombros:



ARRovic

#5678 en Fantasía
#7891 en Otros
#1166 en Aventura

En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar