Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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TRES AULLIDOS

—¡¿Gaela?!

Aquella figura encapuchada se volvió por instinto y la apartó de su espalda haciéndola caer e inmovilizándola por las muñecas contra el suelo.

—¿Quién eres y como sabes mi nombre?

Gaela no iba a rendirse; levantó la rodilla clavándosela en el abdomen, quitándose de encima al encapuchado. Cambió entonces las posiciones y ahora era ella quien lo tenía inmovilizado. Fue entonces cuando le quitó la capucha y descubrió la sorpresa.

—¿Tebas? ¿Pero qué demonios haces aquí?

La sonrisa de su hermano era cautivadora, embriagante. No entendía como aún no había sellado el lazo con ninguna muchacha, con aquellos rizos alborotados, que se movían a su antojo y sin orden, que conseguían hipnotizar a cualquiera. Gaela le admiraba, más de lo que dejaba ver, y tenerlo de nuevo cerca la reconfortaba y le hacía olvidar por qué estaba realmente allí.

Una vez sentados, frente a frente, los dos hermanos se relataron sendas confesiones que su padre había hecho, quedándose atónitos ante la cantidad de secretos que un hombre podía llegar a guardar.

—Entonces, ¿vienes de visitar el claro donde asesinaron a tu madre?

—Sí, partí hace una luna y ahora volvía a casa, pero me perdí. Este maldito bosque... ¡todos los caminos parecen iguales al anochecer!

—¿Y qué has encontrado? ¿Las respuestas que buscabas?

—Allí ya no quedaba nada, esto pasó hace demasiado tiempo. Sabía que no encontraría ninguna pista que desentrañara el misterio.

—Y aun así, fuiste.

—Tenía que hacerlo. De hecho, me alegro. Quizás creas que es una locura o que me lo imaginé, pero cuando llegué sentí algo, una presencia, como si ella aun estuviera ahí, observándome.

—Tebas...deja el vino, que últimamente te estás pasando —le puso la mano en el hombro y lo miró con fingida preocupación, para luego estallar en carcajadas.

—¡Maldita seas! —se revolvió intentando derribar a su hermana, pero tenía que admitir que desde Beltane había cambiado, inexplicablemente era mucho más fuerte.

—Y tú qué hacías escondida, ¿eh?

—Sabía que alguien se acercaba y me temía que no con muy buenas intenciones. Te delató la rama que partiste.

—Espera un momento, la recuerdo bien porque me enganché en ella. ¿Me estás diciendo que desde aquí fuiste capaz de percibir el simple crujido de una mísera rama?

—No sé a qué distancias estabas, pero sí; eso fue lo que me alarmó.

—¡Por todos los dioses Gaela! Me das miedo; eso fue hace un buen rato.

Los dos permanecieron en silencio sin saber qué decir, arrancando la hierba de la tierra y partiéndola en trocitos, como cuando eran niños. Sin embargo, otra vez sus sentidos volvieron a ponerse en alerta.

—¿Qué ocurre?

—Shh.

Gaela sacó lentamente el cuchillo que llevaba en el cinto, escondiéndose detrás del árbol e instó a Tebas a que hiciera lo mismo.

—Gaela, esto es absurdo, yo no percibo nada, está todo en calma.

—¿No lo sientes? Está por todas partes.

—¿El qué?

—La amenaza de peligro.

Tebas no le preguntó más; si su hermana había sido capaz de oír el crujido de una rama a tanta distancia no iba a discutirle en aquel momento.

—Se aproxima por el oeste.

—Entonces separémonos y rodeémosle; así no tendrá escapatoria.

Gaela asintió y comenzaron a moverse despacio, intentando no hacer ningún ruido. Gaela rezaba en silencio para que todos estuvieran sanos y salvos para la cena en casa, aunque aquel horrible presentimiento seguía con ella, aumentando su intensidad poco a poco.

De pronto, antes de que pudieran hacer nada más, una temible y descomunal figura apareció de la nada, rugiendo y enseñando sus terribles colmillos.

—¡Tebas, detrás de ti!

Pero ya era tarde, no le dio tiempo siquiera a terminar la frase cuando una zarpa con afiladas garras se llevó de cuajo la carne de su espalda.

Tebas aulló de dolor y se retorció en el suelo. Gaela entonces saltó, sin pensarlo dos veces, por encima de su hermano, y se abalanzó al cuello de la bestia comprobando que se trataba nada menos que de un oso, uno de aquellos temibles osos de las montañas del norte, de Mag Gôrg. "¿Cómo demonios habría llegado hasta allí?"

Hundió el cuchillo en su hombro en cuanto tuvo la oportunidad y el animal se revolvió lanzándola contra un fino árbol, que se partió y calló encima de ella. El golpe en la cabeza contra el suelo le nubló la visión, pero lo peor fue que su pierna quedó atrapada bajo el tronco y no había forma de levantarlo.

Tebas estaba solo. Tendría que defenderse como lo había hecho con el jabalí. Él, al contrario que Gaela, no portaba arma consigo, pues desde la cacería había decidido no volver a utilizar su cuchillo, aunque en aquel preciso instante, lo echó de menos.



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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