Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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UN ADIÓS

Se despertó en la misma postura en la que había caído; echa un ovillo. El dolor en la cabeza y en el pecho persistía, pero ya solo a modo de recordatorio de lo que acababa de pasar. Observó cómo Tebas estaba a su lado, con la mirada perdida en la tierra, hundido por la rabia y la impotencia. Le tocó el brazo y éste pegó un respingo.

—¡Gaela! ¡Pensé que estabas muerta! ¡Habías dejado de respirar! Yo...yo... —no pudo continuar, se abalanzó sobre ella y la estrechó con todas sus fuerzas, sin entender qué había sucedido pero agradecido de que los dioses se la hubieran devuelto.

—Ya ha pasado todo, ayúdame a levantarme.

Aunque su voz estaba quebrada y el aire parecía volver a llenarle los pulmones lentamente, No estaba ni de lejos recuperada como para seguir el camino. Aun persistía aquella extraña sensación en el pecho de que aún acechaba el peligro. Desde luego, aquella vez había sido mucho peor que la primera, cuando estaba con Tautis.

—Llévame a casa hermano, por favor.

—¡Menuda noche! —comentó Tebas, intentando sacar conversación para distraerla, ya que aún andaba cabizbaja, colgando de su hombro—. Primero descubrimos que no somos quienes creíamos ser, que Padre nos ha guardado un gran secreto a ambos. Luego nos enfrentamos con nada menos que un salvaje oso de las montañas de Mag Gôrg. Sin duda tendremos que averiguar cómo ha llegado a parar aquí, al valle. Y para colmo resulta que ahora los lobos están merodeando en el bosque. ¡Qué aullidos! Me han puesto los pelos de punta.

—Había algo extraño, ¿no crees? Tan sólo tres aullidos y ninguna respuesta. Los lobos se comunican entre sí y siempre responden a la llamada, sobre todo en noches de luna llena.

—En fin, sea lo que sea, hemos sobrevivido y gracias a ti —Tebas se tomó su tiempo para pronunciar las siguientes palabras. Le costaba admitir en voz alta que idolatraba a su hermana, y que la amaba con todo su corazón. Expresar sus sentimientos le resultaba imposible, pero, aquella noche, necesitaba decírselo—. Has estado impresionante Gaela. Jamás pensé que pudieras llegar a luchar así. Nos has tenido engañados durante todo este tiempo, y ¡mírate ahora! No creo que muchos se hayan enfrentado a un oso de Mag Gôrg y hayan vivido para contarlo. ¡Ahora ya puedes presumir de cicatrices en la tribu como querías!

Por fin Tebas consiguió una pequeña sonrisa por parte de su hermana. Podía observar una notable mejoría. Había recuperado las fuerzas y el aliento, y físicamente parecía perfecta, no obstante, podía percibir la tristeza e inquietud que anidaba en su ser.

—¡Hemos sobrevivido a la que podríamos considerar la peor noche de nuestras vidas!

—No hables tan pronto Tebas, pues aún no ha terminado.

Estaban llegando al final del bosque y en la lejanía divisaban Gleann Fiadh. En aquellos momentos tan sólo podían pensar en el prometido estofado que Tautis tendría preparado para ellos. Sin embargo, algo no marchaba bien: no había nadie en el valle.

—¿Qué ha pasado?

—No sé... pero espero que ningún otro oso haya venido a parar al valle... —antes de que Tebas pudiera terminar la frase Gaela echó a correr—. ¿Gaela a dónde demonios vas?

Pero ella ya no le oía. Tebas echó a correr detrás suya para no perderla de vista, mientras seguía gritándole que se parara y le contara que pasaba. Rebasaron por fin los límites del bosque y la vasta llanura del valle se extendía ante ellos. Tebas seguía corriendo detrás de Gaela que no se paraba ni para respirar. Finalmente llegaron y el ambiente les pareció demasiado tranquilo, sumido en una calma demasiado extraña. Siguieron acercándose y el valle se les antojó una aldea fantasma. No había nadie fuera de casa... ¿Dónde estaba todo el mundo? No era normal, en aquellas cálidas noches de Ostara su tribu acostumbraba a salier para dar un paseo o entablar conversación con sus hermanos. Algo insólito sucedía.

No se detuvieron. Casas y más casas vacías, algunos incluso se habían dejado las puertas abiertas, y los fuegos de sus cabañas hacía ya rato que se habían consumido. Aquello no presagiaba nada bueno...Gaela se temía lo peor.

Después de recorrer aquellas chozas, una por una, pegando voces para comprobar si alguien quedaba allí, comprendieron donde se encontraba todo el mundo: estaban en su casa. "¡Oh no! ¿Qué había sucedido?" Gaela iba primera, la multitud le impedía alcanzar la puerta, pero poco a poco la gente se fue echando a un lado y la fueron dejando pasar.

—¡Qué tragedia!

—¡Qué los dioses se apiaden de su alma!

Gaela escuchaba aquellas exclamaciones mientras, a empujones, se iba abriendo paso. Cuando por fin llegó a la puerta de su hogar y se asomó para ver lo que ocurría tuvo que hacer un inmenso esfuerzo para contener el estremecedor grito que quiso brotar de sus labios. Estaba todo destrozado, como si un gigante, con sus enormes pies, hubiera sacudido la tierra. La madera partida, las cortinas raídas, las vasijas despedazadas. De pronto, adivinó al fondo, en un rincón, la figura del curandero agachado junto a un cuerpo inerte, examinándolo.



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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