Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

Tamaño de fuente: - +

EL ANCIANO

Aquello era como un laberinto. Pasillos y pasillos iluminados por la tenue luz de las antorchas, y alguna que otra rata merodeando por ellos. Se oía en la distancia los gritos de los guardias dando órdenes para encontrar al polizón que se había colado en aquel descomunal barco.

Siguió andando perdida, sin rumbo, hasta que llegó a una gran estancia con un imponente salón, donde se cruzó con un anciano que nada tenía que ver con los guerreros negros que la buscaban. Sin pensarlo ni un solo instante, se abalanzó sobre él y lo inmovilizó contra la pared.

—Dime, anciano, ¿dónde puedo encontrar al druida?

Aquel hombre estaba muerto de miedo. Se quedó paralizado. Las palabras no le salían de los labios. Sujetaba un montón de llaves unidas por un cordel que repiqueteaban unas contra otras por el temblor de sus manos.

—Contéstame ahora mismo o juro que te arrepentirás... ¡Dónde está el druida! —el anciano seguía sin poder responder, pero su mirada le delató. De reojo su vista fue a parar a la puerta que se encontraba a su derecha. Gaela se percató de aquello y lo arrastró con ella.

—¡Ábrela! ¡Ábrela inmediatamente viejo! —le dio un empujón contra la puerta, señalando las llaves que llevaba colgando de la mano. Pero éste no reaccionó; la seguía mirando con terror. "Pobre hombre", Gaela jamás se habría comportado así. Le daba verdadera pena, pero era su única oportunidad, demasiado tarde para protocolos ni buenas maneras.

—¡Abre la maldita puerta o te juro que te corto yo misma la mano!

Eso pareció entenderlo a la perfección, pues acto seguido ya estaba buscando la llave del montón y la estaba encajando en la cerradura. Las voces de los guardias llamándola se aproximaban, no tenía tiempo que perder. El anciano era muy lento, así que lo apartó y ella misma terminó de abrir la puerta. Le empujó hacía dentro y cerró justo cuando los guardias y los guerreros llegaban a la sala y alzaban sus espadas contra ella.

Estaban en otra estancia más pequeña que la anterior. Su improvisado compañero en aquella misión se había apoyado de espaldas a la pared y estaba encorvado recuperando el aliento. Aquel anciano tenía tantos solsticios encima que quizás aquellas bocanadas de aire fueran las últimas. Gaela se concentró en decidir cuáles serían sus siguientes pasos; sin embargo, no encontraba la salida. Ningún pasillo o puerta. Nada. Un sudor frío comenzó a recorrerle la frente.

—Dime ahora, ¿por dónde debemos ir? —le preguntó sin mucho éxito. Gaela estaba perdiendo la paciencia, así que le zarandeó violentamente—. ¡¿Cómo diablos salimos de aquí?!

Nada. No pronunció ni una palabra. Gaela se dejó caer abatida, sentándose en el suelo. Los guardias aporreaban las puertas intentando abrirlas y el tiempo se agotaba. El anciano, que movía su pierna derecha frenéticamente como si no pudiera controlarla, la miraba extrañado. Entonces las lágrimas comenzaron a brotar de forma descontrolada. Era aquellas mismas que cuando vio el cadáver de Tautis quisieron liberarse, pero no encontraron la manera. Gaela gritó enfurecida, llena de rabia y de pena. Aquel aullido, en el que expulsaba todo el aire, hacía que el corazón retumbase en su pecho, queriendo salir del mismo, como los tambores que rasgaban con su lacónico sonido el alma. Gritó aun más fuerte mientras destrozaba a golpe de espada y de patadas cualquier objeto que se encontrase en aquella estancia; rompió vasijas, rasgó pieles y destrozó la madera. Toda esa rabia de pronto se desvaneció y tan sólo quedó el llanto desconsolado, sin fuerzas, que la abrasaba por dentro. Gaela se dio cuenta que no había enfurecido por el dolor de la flecha clavada en el hombro o porque estuvieran a punto de atraparla y cortarle la cabeza. Gaela se sentía furiosa consigo misma por haber abandonado a su padre cuando más la necesitaba, por la soledad y el vacío que sentía ahora en su corazón. Si no le hubiera dejado sólo, le habría defendido, auxiliado; lo más probable es que ella también hubiese perecido, pero al menos habría sido una muerte honrosa, digna de merecer un lugar al lado del gran Nuadha en el Saol Eile. Ahora ya no; ahora volvía a ser toda una vergüenza.

De pronto, sin saber cómo pasó, notó que una mano se posaba sobre su cabeza y la acariciaba con ternura. Levantó la vista y vio como aquel anciano le sonreía. Gaela se quedó atónita. Seguidamente, sin mediar palabra, su compañero se incorporó y sacó otra de sus llaves. Se dirigió a uno de los tapices que reposaban en la pared y lo apartó, quedando al descubierto una pequeña portezuela de madera y hierro oxidado. Lo abrió con una simple vuelta de aquella llave y, con gesto amable, la invitó a pasar.

A Gaela comenzó a latirle el corazón con fuerza. ¡Una salida! Sin embargo, no sabía por qué, pero sentía que no lo merecía, y menos viniendo de aquel pobre hombre al que había amenazado y aterrorizado. ¿Sería quizás una trampa? No obstante, los portazos de los guardias y guerreros a sus espaldas la animaron a cruzar las puertas. Además, su instinto le decía que podía fiarse de aquel anciano. Así que se levantó del suelo, secó sus lágrimas y emprendió de nuevo la marcha.



ARRovic

#5615 en Fantasía
#7828 en Otros
#1160 en Aventura

En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar