Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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ESCRITO EN LAS ESTRELLAS

—Me has relatado el origen de los cathasaar, pero no veo qué relación puede tener con lo que ha acontecido esta noche.

—Te equivocas, el asedio al fuerte de Craig Phadrig es el inicio de tu propia historia. Aparte de lo que acabamos de contar sobre esa noche, sabes más Gaela, sabes mucho más que eso.

Gaela lo tanteó un momento con la mirada, no sabía bien a lo que se refería, pero una cosa sí tenía clara: el druida había hablado la noche de Beltane con Tautis. Aun así, quería asegurarse.

—No sé por qué dices eso. Esta es la historia que las lenguas relatan en el valle y sólo ésta.

—Yo creo que sí, creo que una lengua en particular te relató más de lo que confiesas.

—Entonces, es cierto, hablaste con Tautis la noche de Beltane. ¡Y fuiste tú quien le convenció para contarme la verdad sobre mi nacimiento!

—No te perturbes, era obvio que lo sabías, te vi observándonos mientras hablábamos, igual que cuando me espiaste en la tienda. Palabras que no deberías haber oído nunca.

—¿Perturbada? ¡Estoy más que eso! ¡Si no hubiera sido por ti mi padre aún seguiría vivo, porque yo no le habría abandonado, furiosa con él por no haberme contado la verdad antes! ¿Entonces, es eso? ¿La muerte de Tautis es un castigo por haber escuchado las palabras prohibidas de un druida?

—¡Jamás, tus palabras me ofenden! —el druida, que dominaba el arte de la paciencia y la serenidad, se levantó de su asiento y pegó con su puño en la mesa, con los ojos enrojecidos por la ira y la tristeza—. Aunque ahora te parezca imposible yo apreciaba y respetaba demasiado a Tautis como para derramar su sangre por una estúpida venganza contra su no-hija.

Gaela se mordió la lengua para no contestar, aunque enseguida adivinó que debía haber molestado sobremanera al druida para que éste reaccionara así. Parecía sincero.

—De todas formas —continuó, recobrando la compostura—, dudo que el resultado hubiera sido distinto de no haber hablado con él. Hay demasiados intereses en juego, y esos intereses desean que conozcas la verdad y que lleves a cabo tu cometido, tu destino.

—No entiendo nada. ¿Intereses? Yo no soy nadie y para mí Tautis lo era todo, y mi único destino es vengarme de quien le hizo esto.

—Entonces puede que encontremos la manera de ayudarnos mutuamente.

—Te escucho —pronunció Gaela sin apenas tener que pensárselo.

—Puedo facilitarte cierta información que te será de gran ayuda si a cambio te comprometes a hacer algo por mí.

—¿El qué?

—Quedarte en el Castillo Oscuro, el lugar al que perteneces, y desarrollar ciertas actividades, bajo mi supervisión.

—Si tiene que ver con asesinar, no estoy dispuesta a ello. No me convertiré en una mercenaria a las órdenes de un peligroso druida.

El druida esbozó una divertida sonrisa.

—Me gustas, tienes carácter. Pero no, más bien tiene que ver con encontrar tu lugar en este mundo. ¿Qué me dices? ¿Te cuento todo lo que sé a cambio de que, al menos, hasta la tercera luna del periodo de Litha, permanezcas en el castillo y hagas lo que yo te ordene?

Gaela esta vez sí tuvo que pensarlo unos instantes. Hacer todo lo que el druida le ordenase durante varias lunas, el hombre más peligroso que habitaba en las tierras del Clan Negro. En todo Inbhir Nis era tan conocido y adorado como temido y Gaela sospechaba que el resto de las tierras del norte también temblaban al oír su nombre. Ponerse a su merced no entraba en sus planes. Gaela no podía adivinar qué era lo que quería de ella; no podía ser algo relacionado con la guerra, pues estaba bien rodeado y protegido por los guerreros negros. No, debía hacer algo que él no pudiera hacer por sí mismo, pero no conseguía dilucidar el qué. No le quedaba más opción que sumirse a su voluntad y rezar a los dioses para que la información que tuviera que darle sirviera para encontrar al asesino de su padre.

—Acepto.

—Muy bien. Cumpliendo con mi parte del trato te voy a contar todo lo que sabemos hasta ahora, información que discutíamos en la sala cuando tu irrumpiste en ella.

—Así que eso era... ¿tan grave es como para reunir a todos aquellos hombres?

—Y más Gaela. Mucho más grave de lo que nos temíamos, o de lo que podíamos llegar a imaginar.

—Entonces, adelante, cuéntame todo.

—Primero, antes de yo contestar, debes decirme qué te contó tu padre.

—¿Y eso qué importa?

—No puedo hablar sin saber hasta dónde llegó él —Gaela no sabía a lo que se refería, pero si era la única manera de hacer hablar al druida, lo haría.

—Me confesó que no era hija suya, y que había nacido dentro de estos muros. Mi padre, que era su amigo, le dejó a un bebe recién nacido para que lo cuidase y lo pusiera a salvo en el valle, pues sabía que él iba a morir.

—Umm... comprendo. ¿Te dijo quiénes era tus padres?

—Sí, un hombre que pertenecía a vuestra Orden de los Guerreros Negros y su mujer. Por eso yo tengo este color de piel.



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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