Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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ENTRENAMIENTO

La estancia que le habían asignado dentro del castillo era más grande que su choza del valle. En un primer momento había creído que le habían concedido tales privilegios por estar gravemente herida, sin embargo, parecía ser que aquella sería su morada indefinidamente. De hecho, ya la primera luna que pasó en Craig Phadrig le habían sacado la punta de flecha del hombro y a la mañana siguiente estaba milagrosamente recuperada. Aquello le hacía suponer que el druida no mentía al decir que estaba desarrollando ciertas habilidades.

Así que allí estaba, en la que sería su estancia hasta la tercera luna de Litha, con un camastro hecho a base de las mejores pieles de osos y lobos de Mag Gôrg con las que jamás podría haber soñado, y una chimenea propia sin necesidad de agujero en el techo para evacuar el humo. Al menos, si iba a permanecer prisionera durante un tiempo, tendría todos los lujos. Además, habían tenido la deferencia de dejarle un cuenco con la mezcla azulea del glasto para que decorase los muros de su prisión como quisiera, para que se sintiera como en casa.

Mientras adornaba los muros, a través de su piedra negra había conseguido oír conversaciones ajenas en las que se ensalzaba el color de su tez, de sus ojos y de su cabello, y la habían llamado "hija de la Noble Sangre", palabras que Gaela no llegaba a entender. Por ello había comenzado a fijarse detenidamente en los rostros de aquellos que habitaban dentro de los muros del fuerte y se había dado cuenta de que, como la blanca piel, la negra también tenía sus diferencias; había rostros realmente oscuros y rostros morenos más claros. Cabeza Negra se encontraba dentro del primer grupo junto al druida, y Gaela pertenecía al segundo. Era curioso, a la vez que fascinante, observar esa extraña amalgama que conseguía coexistir pacíficamente en el fuerte. No obstante, esa contemplación la realizaba desde lejos, casi espiándolos, pues aún no había entablado conversación con ningún alma del Castillo Oscuro.

Llevaba ya tres lunas encerrada en aquella fortaleza mientras el druida decidía qué hacer con ella, tiempo que había aprovechado para terminar de decorar los muros de su estancia en los que ahora se apreciaban espirales en cada esquina, serpientes de infinitas colas, lunas crecientes atravesadas por un arco, además de toros, lobos, jabalíes y ciervos. Cuando Gaela finalizó su obra y la contempló, sonrió, pues efectivamente se sentía como en casa, rodeada por los mismos símbolos que Tautis, Tebas y ella habían dibujado a lo largo de los solsticios que habían vivido juntos.

Al terminar, y azotada por el aburrimiento, se atrevió a pasear por los pasillos del castillo, y fue entonces cuando se dio cuenta de que sus habitantes la miraban con cierta desconfianza y hasta miedo. Gaela no sabía por qué, pero lo que provocaba en aquella gente era verdadero rechazo. De todas formas, el druida le había pedido discreción y no hablar con nadie o contar por qué estaba allí hasta que él decidiera cómo proceder. Así que, durante su encierro, solo pudo dedicarse a bajar y subir escaleras, pasear por las almenas, visitar las cuatro torres e intentar descubrir salas y pasadizos secretos como aquellos por los que el anciano la había llevado. También le había buscado a él. Por todos lados, pero no había tenido éxito. Al menos, Gaela trataba de saludar a todos aquellos con los que se cruzaba pero pocas veces recibía respuesta. La mayoría agachaban la cabeza, quitaban la mirada o actuaban como si no la hubieran visto.

La mañana del cuarto sol, llamaron a su puerta. Por fin el druida aparecía.

Brathàir Gaela. ¿Estás lista para conocer nuestro mundo, tu mundo, y ser presentada al resto de tus hermanos?

—¿A qué te refieres?

—Ha llegado el momento de salir de estos muros y enfrentarte a la realidad. No te vas a convertir en cazadora estando aquí encerrada... si no te has arrepentido de tu promesa, claro.

—Si yo doy mi palabra la honro hasta la muerte.

—Entonces sígueme; eso era exactamente lo que necesitaba oír. Por cierto, creo que nos hemos saltado las presentaciones. Mi nombre es Idris.

—Curioso, no conozco a nadie con ese nombre.

—Proviene de una tierra muy lejana, tan lejana que te sorprenderías de lo inmenso que puede llegar a ser este mundo.

Gaela no preguntó más, tampoco le interesaba la procedencia de su nombre. Estaba inquieta y nerviosa por lo que iba a suceder.

—¿Qué debo hacer exactamente Idris?

—Por el momento, sólo observar, y, si quieres seguir los consejos de un viejo anciano, te recomiendo que cuando veas que el peligro acecha y creas que no hay salida, te dejes llevar. Si estoy en lo cierto y la Bruja te marcó, sabrás lo que debes hacer, está dentro de ti. Aunque debo advertirte que el miedo y el dolor más puros anidan en el corazón, pero la mente los desdibuja, los transforma. No le hagas caso a la mente pues te mostrará una imagen distorsionada, una mentira. Ni te fíes de lo que tus ojos perciban como verdad, pues en ellos tan sólo hallarás quimeras. Escucha a tu corazón, comprende ese dolor, y transfórmalo en una ventaja.

Gaela no tenía ni idea de a qué se refería Idris ni porqué le contaba todo aquello en ese momento, pero si algo había aprendido, en el poco tiempo que llevaba con él, era lo enigmático que podía llegar a ser. Ella no debía preguntar; las respuestas vendrían a su debido tiempo.



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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