Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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DOLOR

Gaela no podía dormirse; tenía demasiadas cosas en la cabeza. Observaba tumbada en aquellas mullidas pieles, que normalmente la ayudan a caer en un profundo sueño, el alto techo. Era cierto que notaba que con el tiempo lograba controlar sus habilidades, pero tenía la sensación de que no era suficiente. Su encuentro con Brian lo había dejado bien claro; nunca llegaría a ser lo suficientemente buena. "¿Cómo querían que en tan pocas lunas consiguiera aprender todo lo que supuestamente debería haber aprendido desde su décimo ciclo?", se atormentaba.

Como si quisiera darle la respuesta a su pregunta, de repente, un aullido que parecía de lobo, interrumpió sus pensamientos. Prestó más atención por si volvía a repetirse. Recordó que la noche en la que Tautis murió un lobo aulló exactamente tres veces como aquel y luego calló. Y si...

Un segundo aullido, un tercero y el más lúgubre de los silencios.

Gaela se incorporó de un salto, tenía que avisar a alguien pues una terrible tragedia estaba a punto de acaecer

Gaela se incorporó de un salto, tenía que avisar a alguien pues una terrible tragedia estaba a punto de acaecer. Puede que fuera una coincidencia, pero ¿y si no? Su instinto le decía claramente que no lo era.

Sin embargo, antes de que pudiera ponerse en pie, le volvió a suceder; un intenso dolor como aquel del bosque se apoderó de todo su cuerpo. Le impedía respirar. "¡No, otra vez no!". La estancia comenzó a darle vueltas y cayó de rodillas lejos de las mullidas pieles. Se apoyó entonces contra la pared con las manos en la cabeza, arañando las sienes hasta hacerse sangre. Abría la boca para dejar escapar gritos de agonía con la esperanza de que aquel sufrimiento se marchara. No existía dolor tal en el mundo.

Por suerte, no la dejó inconsciente como la primera vez. Intentó concentrarse y respirar hondo. "Tengo que avisarles, algo terrible va a suceder." Con ese único propósito en mente, fue arrastrándose por el suelo de piedra, como animal malherido, hasta llegar a la puerta y con gran esfuerzo consiguió abrirla. Salió al pasillo y comenzó a gritar.

—¡Socorro, ayuda, que alguien me ayude! —al principio nada, tan solo silencio, pues ella estaba sola en aquel corredor; sin embargo, al cabo de unos instantes, los cuales le parecieron una eternidad, distinguió tres figuras acercándose a ella. Todo estaba borroso, perdía visión a causa del dolor que amenazaba con volver a dejarla inconsciente.

—¡Gaela, Gaela! ¡Oh, esto es grave, muy grave! —exclamaba la primera voz.

—Debemos levantarla, llevémosla abajo —ordenaba una segunda voz.

Gaela sentía como de repente su cuerpo flotaba en el aire; tres pares de brazos la sujetaban y la llevaban en volandas escaleras abajo. Sintió otra oleada de intenso dolor, que empeoraba por momentos, haciéndose más fuerte conforme descendían por la torre.

No entendía nada. ¿Y si era ella la que iba a morir esa vez? ¿Tenía alguna enfermedad? Gaela no descartaba aquella idea pues parecía que su final no estaba lejos; su situación era un verdadero infierno.

—Al...alguien... va a....va a.... —intentaba vocalizar, pero era imposible. Nadie le hacía caso, ni la miraba; seguían corriendo por los pasillos. No la estaban escuchando y no podía dejar que otra persona muriera si ella podía evitarlo. Así que, con toda la fuerza que le quedaba dentro, intentó bloquear el dolor de su cabeza, respirando profundo y concentrándose, como en los entrenamientos.

Poco a poco empezó a enfocar la vista y a oír sonidos, más allá del atronador zumbido que tenía en los oídos desde que aquel dolor comenzase. Entonces se zafó de los brazos que la sujetaban y cayó de nuevo al suelo. Quisieron volver a cogerla, pero no se dejó. Apoyándose en la pared, con sus rodillas temblando consiguió poco a poco erguirse. Aquellos que estaban enfrente de ella quedaron boquiabiertos.

—Te... tenéis que... escuchar —debía elegir el menor número de palabras posibles, no sabía cuánto tiempo aguantaría hasta que aquel mal la azotase de nuevo—. Alguien... muerte... lobo... yo... —y de repente, tan pronto como había venido, se fue. Ya no había dolor.

Esta vez había aguantado la sacudida sin desmayarse.

Se dejó caer de rodillas al suelo pues le faltaba el aire. Aquellas tres personas se agacharon y entonces una de ellas cogió fuertemente su mano. Pudo distinguir sus rostros al fin; Idris y, para su sorpresa, la mismísima Cabeza Negra y aquel misterioso anciano de las llaves que había estado buscando por todas partes.

—No tengo ni idea de porqué lo sé... ni... ni tengo una buena explicación al respecto, pero alguien va a morir —pronunció Gaela sirviéndose del poco aire que había conseguido recuperar.



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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