Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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LA SOMBRA

Elba observaba el valle por la abertura en la pared, a lo lejos. No dejaba de pensar en la muerte de Tautis y en su conversación con aquel desequilibrado la noche en la que Gaela llegó. Tiempo atrás todos habían pertenecido al mismo bando, luchando por la misma causa, y ahora ni siquiera sabía si existía alguno. Muchos de sus compañeros, amigos en realidad, habían muerto, otros habían abandonado la misión por temor, y otros simplemente habían desaparecido. Si en algo tenía razón La Sombra era en que no había tiempo que perder: no era momento de dudar, si no de actuar. Y eso era precisamente lo que le tocaba hacer.

Podía recordar cómo solían sentarse alrededor del Tablero de la Estrella, cuando eran fuertes y poderosos, cuando dibujaban mapas y planificaban conquistas. Cuando tenían a las Leyendas controladas con las partidas de caza más eficaces que hubieran visto aquellas tierras, y los Capa Roja eran demasiado débiles como para rebelarse. "¡Qué necios habíamos sido!" Pensaba; "los habíamos menospreciado, pues jamás imaginamos que tuvieran las armas necesarias para darnos un golpe tan devastador." Y allí estaba ahora ella, sola, embarcada en una misión a la que accedió entrar por desesperación, pero que, en aquellos momentos, ya no le parecía tan buena idea. De todas formas, era lo único que le quedaba, lo único a lo que aferrarse; debía llevar a cabo su cometido con éxito.

Sin que Elba se hubiera percatado, otra persona entró en la estancia.

—Ya no me fio de ti —fue su saludo.

—No sabía que ahora también espiabas.

—Añádelo a la lista de cosas que estoy dispuesta a hacer. Colócala entre expulsarte del clan o empujarte hacia el vacío, en este mismo instante —se plantó detrás de ella y le puso las manos en los hombros—. Vaya, hay una bonita caída, pero sería algo rápido, prefiero verte sufrir un poco más.

—Creí que entre nosotras aún existía un código, de honor quizás.

—Oh, no. Los privilegios por mi parte se han acabado. Estoy harta de fingir que nada pasa a mi alrededor cuando tú y yo sabemos que me entero de todo. Verás, por si no lo sabías, yo también tengo mis pajaritos, y me cantan todo lo que ocurre entre estos muros. Como tus conversaciones nocturnas.

—Muy bien, como quieras —Elba se volvió y la encaró—, tienes razón Moira, dejemos de jugar a este juego estúpido, dejemos de fingir.

—Entonces, ya que nos sinceramos, explícame que hacías hablando con él. ¿Qué trama? Como se le ocurra tocarla...

—No se le ocurriría.

—Oh bien, ahí quería llegar, entonces sabes lo que planea ¿No es cierto? —Elba no respondió y se limitó a volver la mirada había la ventana—. Por tu silencio deduzco que sí. Soy la Cabeza Negra del clan y sabes que puedo hacer que tu cráneo decore la entrada al fuerte con tan solo chasquear los dedos si...

—¿Si qué? ¿Si le pasa algo a ella? ¡Vaya, sí que estás desesperada!... Desde luego es la hija que nunca tuviste, ¿no es así Moira? Tan tierna todavía, tan insegura, fácil de moldear, estás a tiempo de hacer de madre. ¡Se parece tanto a ella! ¿Qué recuerdos te traerá no?

—No te atrevas a nombrarla.

—Está muerta, supéralo. ¿O aún te carcome la conciencia? —le espetó condescendiente.

—Yo no tuve nada que ver con su muerte.

—¡Pobre madre de Gaela, y cuánto ha heredado su hija de ella! Pero, admítelo Moira, si hubieras aceptado tu lugar desde el primer momento ella seguiría viva, así que, aunque no cogieras tú ese puñal la condenaste igualmente —Elba comenzó a pasear tranquilamente por la estancia. Las tornas habían cambiado, ahora era ella quien llevaba las riendas de aquella conversación—. ¿Sabes? Si no le hubiérais marginado, quizás ahora nos sería de ayuda. Sí, Moira, hablé con La Sombra, simplemente para ver lo que pensaba acerca de la llegada de Gaela al castillo, la posible nueva cazadora negra, pero está completamente perturbado. Y eso solo es culpa vuestra. Le mantuvisteis demasiado tiempo encerrado. Ahora le permitís vagar a sus anchas por el castillo, como quien le da migajas de pan a un hambriento. Si está en ese estado es por lo que le hicísteis.

—Sé que esa decisión te afectó especialmente, estábais muy unidos. Pero sabías que no había otra solución en aquellos momentos. Su locura estaba demasiado avanzada. Cierto es que debimos cuidar de él, pero no nos dimos cuenta de lo que realmente pasaba hasta que fue demasiado tarde.

—¿Cuidarle? ¡Por todos los dioses, iba a ser él! ¡Iba a ser el siguiente jefe del Clan y de la noche a la mañana se encuentra encerrado en la torre! No sé cómo aún tenéis la cabeza sobre los hombros. Yo, si fuera él, ya me habría acercado a vuestro lecho, sigilosamente en la noche, y os la hubiera cortado, ¡a todos!

—Nunca podremos pedir suficiente perdón, lo sé. Lo que no quiere decir que ahora vaya a compadecerme de ti o de él. Os voy a tener vigilados, sol y luna, y os juro que, si tramáis algo y me llego a enterar, las cabezas que rodarán serán las vuestras. ¿Entendido?



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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