Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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PIEL DE TARBH

La noche tranquila, despejada y calurosa de Litha le proporcionaba una buena excusa para salir a dar un inocente paseo. Era consciente de que no podía quitarse de encima a los esbirros de Moira que la espiaban constantemente, pero sabía cómo escabullirse del Castillo Oscuro sin ser vista. Ella también tenía sus propios recursos.

Pasar el primer muro, el Gret, era lo más complicado, pero una vez que conseguía evitar a los guerreros apostados en la entrada, salir por el Heich era un juego de niños. Elba conocía un pasadizo que conectaba el fuerte de Craig Phadrig con el exterior, pasando por debajo del lago que rodeaba la fortaleza. El pasadizo había sido construido después del asedio al castillo, hacía diecinueve solsticios, como vía de escape, y Elba lo utilizaba a menudo para cumplir con su misión.

La salida se encontraba en pleno bosque, y desde ahí era imposible ser vista por los guerreros. Se colocó su capa negra del clan y se internó en las profundidades de la obscuridad. Los bosques no eran seguros cuando caía el sol; las criaturas que habitaban en ellos, e incluso algunas Leyendas, salían a cazar a cualquier viajero desprevenido y, sin dudarlo un instante, los hacían pedazos. Sin embargo, ella no sentía el más mínimo temor y, de hecho, aquellas criaturas se habían acostumbrado a su presencia. Sabía de sobra el camino que debía seguir.

En un determinado punto del bosque la esperaba un caballo amarrado a un tronco que ella misma dejaba allí por la mañana. Cuando lo encontró, lo desató y en un intenso galope se dirigió a su destino. Debía dejar atrás Inbhir Nis y dirigirse hacia Leacainn sin llegar a la aldea, dejando atrás el Creag nan Sidhean, La Roca de las Hadas.

Los poderes de Elba se acrecentaban con la magia del lugar y aquel claro le proporcionaba toda la que necesitaba para sus visiones. Allí, donde la luna se encontraba justamente encima de su cabeza; allí, donde tiempo atrás una madre había sido asesinada y su hijo había sobrevivido. La sangre derramada en aquel lugar era fuerte y poderosa, era fuente de energía. Si Elba quería tener una visión aquel era el lugar perfecto, aunque debía admitir que se le ponían los pelos de punta cada vez que lo visitaba.

Se sentó en la húmeda hierba y sacó de la alforja que portaba la piel de un tarbh, un toro blanco que Idris utilizaba en sus adivinaciones. 

A escondidas, se la había quitado, pues la necesitaba más que él     

A escondidas, se la había quitado, pues la necesitaba más que él. La verdad era que Elba tenía un don para la adivinación mucho más potente de lo que Idris jamás tendría. En el orden druídico, existían tres tipos de miembros; los druidas, los vates y los bardos. Los druidas pertenecían a un escalafón superior, eran máximos responsables de la relación con los dioses, de las ceremonias y llevaban a cabo los sacrificios. Eran los protectores de la fe. Sin embargo, en un primer momento hacía ya demasiados ciclos, no hubo distinción alguna entre ellos, hasta que comenzaron a aparecer ciertos druidas con capacidades innatas superiores al resto para la adivinación y la curación. Por ello, se erigió una clase diferenciada dentro de la Orden a la que llamaron vates, cuyo nombre provenía de la palabra vaticinar, adivinar. En último lugar, se encontraban los bardos que, sin poseer habilidades especiales, eran los encargados, acompañados siempre de su lira, de recitar poemas, canciones y las epopeyas de los grandes dioses, además de custodiar y trasmitir la historia de la Tierra de Clanes. No debía subestimarse su papel, pues aunque no poseían la magia de los dioses, sus cantos podían ensalzar la figura de cualquier miembro de la tribu y gracias a esto conseguir que el ansiado ascenso dentro de una Orden o contraer el lazo con una familia más poderosa. No obstante, si esos cantos y epopeyas se tornaban en sátiras y sarcasmos, la persona podía perder todo el estatus social que tuviera.

Aquel tema de las clases diferenciadas dentro de la Orden la ponía siempre de mal humor, Elba aún recordaba las palabras que una noche junto al fuego sabiamente su padre le dijo:

"Desde que descubrieron que dentro de la Orden no todos éramos iguales, los druidas nos han tenido envidia y no han tolerado nuestra existencia, sobre todo por nuestra capacidad de ver el futuro sin necesidad de estudiar las estrellas o el vuelo de las aves. Nos obligaron a formar parte de una clase distinta a la que ellos mismos denominaron inferior, y nos prohibieron llevar a cabo cualquier otra actividad que no fuera la sanación. No puedes fiarte de ninguno de ellos Elba; pero no desesperes, muy pronto los vates nos haremos con el control y los druidas lamentarán todo el sufrimiento que nos han causado."

Elba lo sabía bien, lo había vivido en su propia piel. Cómo habían quedado relegados a un segundo plano, mientras que los druidas, haciendo alarde de su sabiduría y su inteligencia, les habían llenado a los clanes la cabeza de absurdas ideas hasta conseguir ser reconocidos como la casta superior de la Orden. Habían llegado a obtener un asiento en el Tablero de la Estrella, situándose, incluso, por encima del propio jefe del clan. Sus palabras eran consideradas sagradas, y las consecuencias eran terribles para aquellos que los contradecían.



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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