Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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SELKIE

Elba y Guletach, que era uno de sus servidores de confianza, llevaban dos lunas cabalgando dirección sureste, y por fin ante sus ojos se extendía el vasto mar. Las aguas aquella mañana se encontraban en calma, disfrutando de los rayos del sol que calentaban su superficie, rompiendo su oleaje tímidamente en la arena. Aunque aquella visión era relajante y hermosa, Elba no podía entretenerse pues tenía una misión que cumplir. Además, se encontraba en los dominios del clan Marino, y no había sido invitada, así que debía evitar que la descubriesen o no sabría qué decir.

Le ordenó a Guletach que se dirigiera a la aldea; él ya sabía lo que tenía que hacer. Era un guerrero consagrado con más de una veintena de batallas a sus espaldas al que no le temblaba el pulso cuando había que cortar una cabeza. Fue, en sus tiempos, leal al que pudo haber sido jefe del Clan y jamás se separó de la Sombra. Por ello, aún seguía prestándoles su espada, su cuerpo y hasta su fiel corazón. En cuanto Elba le había relatado la misión, Guletach no había dudado un instante en decir que sí. Ahora era jefe de jefes, tan solo situado en la jerarquía por debajo de Kendric, así que nadie osó preguntarle el porqué de su ausencia repentina durante unas lunas. A Elba le reconfortaba saber que aún había personas que firmemente condenaban la injusticia que ciclos atrás sucedió y estuvieran dispuestas a luchar por un nuevo orden.

Mientras Guletach cabalgaba hacia su destino, Elba se apeó del caballo y se escondió entre las rocas de la playa, agazapada junto a su caballo. Todo lo que ahora tenía qué hacer era muy simple: Esperar. Esperar a que alguna de esas odiosas criaturas marinas se despojara de su piel. La espera podía durar mucho, pero era una persona muy paciente, y merecía la pena, o eso se decía continuamente cuando le entraban ciertas dudas sobre la empresa que estaban llevando a cabo. Además, La Sombra le había dado las indicaciones precisas de dónde buscar y dónde esconderse; no podía fallar.

La Sombra estaba en lo cierto; no pasó mucho tiempo hasta que aquellas criaturas salieron en tropel del mar, proporcionándole a Elba la ocasión perfecta para apoderarse de cualquiera de ellas. Según tenían entendido, se hacían llamar Selkies o mujeres foca, y como a toda Leyenda, les gustaba el contacto con los humanos; aunque al menos éstas no se los comían. A veces se despojaban de su forma animal y de su piel, dejándolas escondidas en la playa, para confraternizar con los hombres. La mayoría, por diversión, entretenimiento, o para vivir un romance de una sola noche. Pero siempre debían volver a por su piel de foca, ya que, sin ella, se creía, no podían sobrevivir demasiado tiempo.

Y allí se encontraban, delante de ella, hermosas mujeres de pálida piel y largos cabellos, algunos rojos como el fuego, otros del color del oro, y algunos tan osucros como el manto de la noche. Estas jugueteaban y corrían por la arena disfrutando de sus recién adquiridas piernas, ocultando su piel de foca, dispuestas a pasar un buen rato entre los pescadores, quienes no podían resistirse a sus encantos. Elba solo tenía que esperar a que todas ellas hubieran escondido sus pieles y desnudas, o cubiertas por alguna manta, se adentraran en las aldeas cercanas.

Cuando la última de ellas se hubo marchado, Elba salió de su escondite. Había observado dónde habían colocado sus pieles y había reconocido desde el primer momento a su víctima. Debía ser ella y no otra. Tenía suerte de que fuera tan joven, dedujo que sería la más inexperta y fácil de manipular. Mientras se acercaba a la roca donde se encontraba su piel de foca, y la cogía entre sus manos, no pudo evitar sentir una sensación de repugnancia, pero no ante el viscoso tacto, sino ante el terrible acto que estaba cometiendo. Aquello no era el pelaje de un toro blanco ya muerto, que no iban a necesitar para nada; no, era algo muy personal, aquella mujer estaba viva y cuando viera que le habían robado una parte de su ser, se le partiría el corazón. Elba sentía asco de sí misma, jamás había perpetrado un acto como ese, tan frívolo, pero era necesario, no tenía otra opción, debía hacerlo. "¿Pero qué más da? ¡Son malnacidas Leyendas del inframundo y todas merecerían la muerte más cruel que pudiera existir!" Se dijo para tranquilizar su agitada conciencia. Así que volvió a esconderse detrás de la roca y esta vez sí tuvo que esperar hasta la noche para que regresaran.

Una vez caído el sol, algunas de ellas retornaron a la orilla, recuperaron sus pieles, y se convirtieron de nuevo en verdaderas focas. Aquella a la que le había robado la piel no se encontraba entre la primera tanda. Siguió agazapada esperando, notando cómo ya los músculos y los huesos se le entumecían. Su caballo parecía sentir lo mismo y comenzó a relinchar. Elba entonces lo acarició suavemente, mientras le hablaba al oído de forma cariñosa para que se relajara. Una de las cosas que se le daban de maravilla era el trato con los animales, en general a cualquiera de la Orden Druídica. Para ellos eran vitales, lo significaban todo, algunos más que otros. Pero sin duda los caballos tenían ciertas características que los hacían especiales. Daba gracias que no fuera necesario sacrificarlos para ningún ritual.



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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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