Tierra de Clanes. El Fuego de Beltane

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EL AVISO

Se disponían a bajar de las almenas cuando, interrumpiendo el ceremonial silencio del ritual de la savia del Roble, se oyó a lo lejos el relinchar desbocado de varios caballos que llegaban galopando por el horizonte. Cuando se acercaron más, Gaela pudo apreciar que la compañía estaba foramda por tres jinetes. Kiandra se apostó delante de la puerta, ella sola, resuelta a no dejarles pasar. Aún no podían saber si eran amigos o enemigos.

Tan solo tres hombres no podían hacerles ningún daño, sin embargo, Gaela tuvo un mal presentimiento; comenzó a dolerle el pecho de igual forma que cuando su padre murió, solo que esta vez ya lo tenía más controlado. Se agarró las vestiduras con fuerza, y se dio la vuelta, en un intento por disimular su malestar. Pero el dolor se hacía más fuerte y le cortaba la respiración. Menos mal que todos estaban demasiado concentrados en averiguar qué estaba sucediendo abajo, a las puertas del muro.

Kiandra se apostó delante del muro, con mirada severa y posición de defensa. Verla de aquella forma intrigó a Gaela pues su menuda figura se volvía imponente en la noche y pudo percibir cómo su sola presencia consiguió amedrantar a los jinetes. Levantó la mano al frente y les obligó a parar. En cuanto hizo aquel gesto los caballos, extrañamente, se apaciguaron al instante, quedándose mortalmente quietos. Desde las almenas no podían saber qué sucedía, tan solo observaban la escena con curiosidad, pero Idris parecía muy preocupado. Uno de los jinetes bajó de un salto de su caballo y le dio el mensaje a Kiandra. Ésta miró hacia arriba y seguidamente se dirigió a las puertas del Castillo Esmeralda con los tres jinetes.

Los presentes bajaron atropelladamente las escaleras para llegar lo más rápido posible al salón central. ¿Qué demonios podría haber pasado? En la oscuridad no podía apreciarse claramente, pero Gaela, con su sentido de la vista desarrollado, hubiera jurado que aquellos hombres portaban capas de color azul marino y un broche dorado con la forma de una espada en un círculo. Idris, Vanora y Gallagher se reunieron de inmediato con Kiandra quien, con semblante lleno de inquietud, les transmitía las noticias.

Vanora, en cuanto escuchó el mensaje, llamó a su hija Alanna, a quien le ordenó ir al foso para reunir a sus mejores guerreros. Ella, obediente, desapareció por la puerta trasera que daba a los jardines. Kiandra, por su parte, mientras pedía que sacaran a todos los caballos que tenían en las cuadras, salió junto a sus druidas por donde acababan de entrar.

Gaela, recluida en una esquina, no se enteraba de qué pasaba. Nadie le contaba nada y todos parecían haber asumido una misión; los hombres se cargaban con sus armas y escudos, los druidas iban a por sus caballos y los guerreros comenzaban a aglomerarse en las puertas principales a la espera de órdenes. Las antorchas que antes presenciaban una festividad ahora presenciaban una llamada a la batalla.

Entre aquel caos encontró a Rowena, quien se paró en su carrera para apremiarla a que ella también se armara y tomara un caballo. Sin embargo, no era capaz de dar un solo paso; contemplaba la escena como si no formara parte de ella, como si se encontrara en otro mundo. Solamente se concentraba en su respiración y en no perder la calma, como le habían enseñado. Pero aquel maldito dolor le había paralizado nuevamente el cuerpo. Se maldijo. Creía que lo tenía dominado, pero no. Intentó buscar a Idris sin suerte, necesitaba que la ayudase. A la que sí encontró fue a Kiandra, quien se había hecho dueña de la situación y comandaba a unos y otros. Se aventuró a dirigirse a ella.

—¿Qué ocurre? —apenas le dio tiempo a pronunciar aquellas palabras, pues la dryade ya estaba subida a su caballo.

—¿Aún no te has enterado? Han atacado a los del Clan Marino en sus propias tierras. Necesitan ayuda. Debemos partir de inmediato o será demasiado tarde —Y dicho aquello espoleó a su caballo violentamente. Centenares la siguieron detrás. Por un lado, los druidas, por otro los guerreros. Vanora y Kiandra al frente de cada uno, separadas, pero unidas por una misma causa. 

Entonces vio como Idris, junto a Gallagher, seguía a los druidas. Se dio cuenta de que no quedaban más caballos. Debía actuar. Aunque ella necesitara ayuda, los del Clan Marino la necesitaban aún más. Y de todas formas, nada más oír aquel nombre, se estremeció y un escalofrío recorrió todo su cuerpo; Brian. Se recompuso e inició de inmediato la marcha, olvidándose por completo de su propio dolor, que aún insistía en robarle el aire de sus pulmones.

No sabía qué hacer; casi todos habían partido ya, menos unos cuantos rezagados y, como había comprobado, ya no quedaban caballos. Por suerte visualizó a Rowena quien partía detrás de Idris y Gallagher. Si no quería quedarse en tierra debía actuar y rápido. Así que, corriendo, se acercó a ella quien ya cabalgaba velozmente. Solo había una solución. Pidió primero perdón a todos los dioses del Saol Eile por profanar el Eòlach Seann Darach y, seguidamente, sin dudar, trepó ágil por el sagrado roble, de rama en rama, hasta que se colocó a la misma altura que el caballo de Rowena, y entonces saltó detrás de ella.



ARRovic

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En el texto hay: mitologia celta, druidas, guerreros

Editado: 10.06.2019

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