Tierra de entes

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La verdad

El viento húmedo arrastraba consigo el aroma de los enormes girasoles que crecieron en lo que fue el desierto de margaritas. Odette miraba con cierta tristeza el lugar, ya no estaban rondando los entes en pena que tanto gustaba mirar cuando la noche estaba puesta. El firmamento del cielo le pareció el mismo que miraba desde que era una niña, las mismas aburridas estrellas titilantes, la misma luna alejada y tímida.
Odette, aburrida, trenzó su largo cabello, suspiró al terminar. Recargó su espalda en el pozo que se encontraba en el lugar.

—Muchas veces quise ser como ella, para no ser despreciada —habló Odette en voz baja—. Me aborreció por no ser como ella, me abandonó a mi suerte. Cuando vi su cuerpo inerte, no dudé en quitarle lo que la hacía ser tan engreída, la cabeza. —Rio a carcajada suelta—. Muchas veces le hablé a esa cabeza, pero nunca me respondió. ¿Madre, por qué nunca me quisiste? Le preguntaba seguido a la cabeza que decoraba mi habitación. Entonces, un día, me di cuenta, ¡lo qué me faltaba! eran los cuernos. Se los arranqué y me hice una preciosa corona. Debe parecerte repulsivo escuchar esto, la amabas más que a otra cosa en la tierra de entes, y por eso mismo, cuando volviste amar con esa intensidad, te sacrificaste.

»Ella sabía que había algo mal en ti. —Odette miró al cielo y fijó su mirar en las estrellas danzantes—. No había flor creciendo en los pequeños cuernos del príncipe. En una luna llena, ella sacó de un cofre dos flores, uno que le dio su amado cuando llegó a este mundo. Su hijo no sería un ente errante sin corazón —guardó silencio un segundo y luego prosiguió—. Visité tantas veces este miserable desierto, solo para hablar con ella. No mostró estar decepcionada de mí, al contrario, estaba triste y arrepentida, por abandonarme. Solo quedaba de ella un ente errante sin cabeza que se comunicaba a través de visiones de recuerdos. —Odette calló de nuevo un momento—. Sabes, mi padre la amaba como si fuera un precioso objeto a coleccionar, y cómo ella nunca quiso ser un trofeo para él, la tomó a la fuerza. El antiguo tratado de paz era yo. Producto de una unión abusiva y forzada. Tal vez, por eso, me parezco más a los Ombroj. Te odiaba, más que eso, te envidiaba, porque sabía que creciste conociendo el amor de una mujer amorosa. Quería vengarme, dejarte en un calabazo mientras fueras el juguete de Luz. Lo malo, es que ella tenía demasiado aprecio hacía ti. Las cosas han cambiado —Mordió sus labios—. He sido utilizada, ¡y eso me enoja mucho!

Odette enojada, llevó su mano debajo de su vestido, cerca dónde un corazón debía latir. Ella no poseía un corazón como tal, solo un hueco, yacía ahí habitando flores blancas que cubría el hueco. Arrancó una y escaparon lágrimas de profundos ojos de espacio, el dolor de arrancar una flor de su pecho era equivalente a cortarse un miembro. Adolorida, mordió con más fuerza sus labios, sin dejar escapar ninguna lágrima más. Acercó la rosa que sangraba del tallo y la clavó en el extremo del cuerno cercenado de Nokto.

El blanco vestido de Odette se encontraba casi todo teñido de carmesí, de la sangre de Nokto, él se encontraba en el regazo de la reina, perdido en las tinieblas que solo la muerte puede invocar.

—Funciona, por favor. Despierta, Nokto —Odette mantenía la rosa con su mano unida al cuerno cortado—. ¡Funciona! ¡Despierta! Acepta mi regalo, la maldita oportunidad de salvar a la persona que le diste tu vida... El brujo, Nobe —calmó su alterado tono de voz—, él... siempre fue Orben. Dividido por su progenitora para asegurar la vida de su hijo.

La flor que Odette sostenía con fuerza cayó de su mano. Salieron lágrimas de los ojos de Odette, agachó su cabeza, y arrepentida de sus acciones, se sintió impotente, ella no podía hacerle frente al brujo que la utilizó, la sangre de él la controlaba. Era la primera vez que ella lloraba de aquella manera, mientras las lágrimas salía, se sintió más libre. Dejó de llorar, miró a Nokto, enfocó su mirada en el cabello de él, en los dorados mechones teñidos por la sangre derramada. Odette sintió que cargaba con un cadáver y no más.

—Es demasiado tarde —se dijo a sí misma—. Llegué demasiado tarde. Escuché la voz de él, en mi cabeza, antes de que muriera. No estés triste, tengo otra vasija, eso me dijo. No importa que te hable, no me escuchas, no puedo llegar a ti —suspiró y tomó con fuerza la flor que se arrancó—. Sabes... odio mi nombre, me hace muy humana tenerlo. El ente de nuestra madre muerta me dijo porque me llamó así... porque lo leyó en un cuento de libros, en uno que dejó un humano. Odette era una buena mujer. Yo no soy una buena mujer, me dejé llevar por mi odio, envidia, soledad... Nokto, ayúdame, solo tú puedes detenerlo, la salvación de los dioses.—Desesperada, Odette lloró, sus esperanzas estaban a punto de apagarse.

En su tristeza, Odette pensó en qué hacer, enfocó su mirada en la flor que sostenía en su mano, lentamente la llevó a los labios de Nokto, preguntándole si tenía hambre y deseaba comer flores. Al no obtener una respuesta en concreto del cadáver, abrió la boca de él, y con mucha fuerza introdujo la flor. Al no ver más resultados, arrancó más flores de su hueco, llevándolas en la boca de Nokto, mientras desde su interior desaseaba con todas sus fuerzas que él volviera.



Maichen

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En el texto hay: principe, reinos, amor

Editado: 30.08.2019

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