Toda Rosa Tiene Espinas

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2- SED.

Rosa bajó la persiana del local, dando por finalizada la jornada de ese día. 

Eran las doce y cuarto pasadas de la noche y las piernas le dolían a rabiar. 

La pierna izquierda le falló y tuvo que apoyarse en la pared para no caer. El crujido del húmero la acucio a caminar con prisa hasta el portal del edificio en que vivía. 

Se podría decir que fue toda una suerte encontrar piso tan cerca del trabajo, pero la verdad era que había colaborado en la huida de los antiguos inquilinos para quedarse con él.

A ellos solo les interesaba tener un techo bajo el que vivir mientras que ella necesitaba vivir cerca del trabajo ya que hacía el cierre del local y al anochecer necesitaba estar rápido en casa.

El crujido de ambas rodillas le recordó el motivo por el que necesitaba estar tan cerca del trabajo.

Hacía más de cinco siglos que aquella bruja la maldijo convirtiéndola en una glaistig. Un ser mítico de la mitología celta.

De niña había oído toda clase de historias acerca de una joven y hermosa dama que seducia a los hombres que acudían sedientos a su lago. Ellos, pobres ilusos, caían embelesados ante su belleza y cuando descubrían que aquella joven dama era en realidad un monstruo con cuernos y patas de cabra, era demasiado tarde porque la glaistig ya había saciado su propia sed con la sangre de ellos.

Rosa siempre creyó que se trataba de una leyenda. Cuentos de terror que se les cuenta a los niños para protegerlos y hacerlos más precarios.

Y ahora aquí estaba ella, transformándose una noche más en aquel ser nauseabundo.

La metamorfosis era dolorosa y tardaba aproximadamente media hora.

Treinta puñeteros, largos y agoniosos minutos en los que se le rompía cada hueso, tendón y la piel se le rajaba para dar forma a aquel engendro.

¿Que si después de tantísimos años sufriendo la metamorfosis cada noche una se acostumbraba y le dolía menos? ¡LOS COJONES! Cada noche se sentía morir. La diferencia era que había asimilado vivir así, pero no, eso no lo hacía menos doloroso.

                             *****

—No seas imbécil, illo, estate quieto que me voy a caer.

—Eres un cagao.

—Y tú gilipollas.

Dos jóvenes caminaban por el borde de las marismas ajenos al peligro que los acechaba.

Uno, el más alocado de los dos, hizo como que se caía y el otro, más miedoso, chilló del susto.

El alocado rio a carcajadas, pues nada le divertía más que provocar a su miedoso amigo.

Vio como las aguas se removian. Como si algo, o alguien, quisiese salir a la superficie.

Qué extraño, pensó.

Del agua emergió la cabeza de una mujer y ambos la miraron con miedo y extrañeza.

La mujer tenía algo que los dejó petrificados donde se encontraban. Como si los hubiese hechizado y no se pudiesen mover.

Lo cierto es que así era.

Con lentitud y seducción en el andar, la hermosa mujer caminó hacia ellos como Dios la trajo al mundo.

Que criatura tan bella y misteriosa. Si tan solo pudiese tocarla... Pensaron los dos.

Ya era demasiado tarde cuando la hermosa glaistig mostró su verdadera forma. Cuernos y patas de cabra junto con unos colmillos afilados y ojos más oscuros que las profundidades de las marismas.

Aquella noche fue una buena noche. Al menos para la glaistig que se relamía el dorso de las manos satisfecha mientras los cuerpos despedazados de los jóvenes yacían en el suelo.

Para la glaistig fue una buena noche.

Para Rosa fue un pecado más del que arrepentirse. Un pecado más sobre su espalda que le pesaba como una tonelada...

                              



Valentina K. Douglas

Editado: 16.10.2019

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