Toda Rosa Tiene Espinas

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3- UN ENCUENTRO INESPERADO.

El bar El pescador no estaba muy lleno aquella mañana. Como de costumbre. Era por la tarde/noche cuando el local se petaba y Rosa iba como loca de un lado a otro sirviendo y limpiando mesas.

La clientela era siempre la misma. Los cuatro yayos jubilados que pasaban la mañana jugando la partida. Por eso le extrañó ver a aquel hombre entrar por la puerta del bar.

Su sexto sentido, agudizado por el paso de las décadas, le dijo que no había entrado por pura casualidad. No. Ese hombre había entrado buscando algo o alguien pues al levantarse las gafas de sol dejó al descubierto unos inquisidores ojos almendrados.

—Buenos días, señorita.

Tenía un acento del norte y eso multiplicó la desconfianza de Rosa. ¿Qué se le había perdido a un gallego en Jerez? Ni siquiera era temporada de turistas. Pese a todo tenía que admitir que tenía una voz muy varonil, de esas roncas que tanto le gustaban.

—Buenos días, señorito. ¿Qué desea tomar? —respondió Rosa con guasa.

El forastero, sentado en un taburete junto a la barra, tampoco pasó desapercibido para los clientes que dejaron a un lado la partida para observarlo.

—Un café con leche, si es tan amable.

—La chiquilla es tan amable como un puerco espín —dijo uno de los jubilados y los demás le rieron la gracia.

—No te pases, Genaro, que la que te sirve la comida soy yo —respondió la camarera poniéndo una taza humeante enfrente del forastero—. Nunca te había visto por aquí. ¿De dónde eres?

Él pareció tomarse su tiempo antes de responder. Dio un sorbo al café y casi tiró la taza. Dijo algo en su dialecto que Rosa no llegó a comprender, pero seguro se estaba cagando en ella por ponerle la leche hirviendo.

—Vengo por trabajo —respondió al fin.

—¿Trabajo de qué?

—De lo que surja. ¿Sabe de alguna oferta de empleo? He buscado por internet y apenas me salen opciones.

—Aquí no se estila eso de poner anuncios en internet. Si buscas trabajo aquí es donde encontrarás las mejores ofertas. —Rosa le entregó el periódico local.

—Gracias.

Rosa hizo una inclinación de cabeza en respuesta y siguió con su tarea de secar y colocar los vasos.

Cada uno volvió a lo suyo y ella fue al trastero a por bebida para reponer las neveras. Después había demasiado trabajo como para dedicarse a la reposición.

—¿Habéis visto las noticias esta mañana? Han encontrado a dos chavales descuartizados cerca de las marismas. La policía dice que es cosa de un animal salvaje. Un lobo grande o un oso, pero por mis muelas que nunca antes he visto tal salvajá'.

—Hace unos días encontraron a otro chaval en el pueblo de al lado. También dijeron que era por un animal salvaje pero yo no me lo trago.

—¿Entonces quién crees que ha sido, lumbreras?

—¡Una secta! Seguro que son gente de esa loca que hace cosas raras con la personas. Gente que hace cultos y ritos a satanás.

Los cuatro viejos se santiguaron varias veces seguidas.

Fingiendo esperar a que el café se le enfriase, el forastero puso toda su atención en la conversación de estos.

La razón que lo había llevado hasta aquél pueblo tan lejano de su tierra fue la noticia de que había un animal salvaje y, peor aún, libre, descuartizando y matando personas.

Lo primero que le llamó la atención fue que las víctimas solo fuesen hombres. Sin duda no podía ser una coincidencia. Lo primero que todo periodista que se precie sabe es que las coincidencias no existen.

Durante meses estuvo trabajando en el caso porque sabía que algo se le estaba escapando de las manos. Lo más lógico era pensar en un animal salvaje, ¿pero y si no era así? Las dudas y explicaciones de los jubilados le parecían más razonables.

La camarera volvió y él la recibió con una simpática sonrisa que ella no respondió.

—Muchas gracias. Dejando a un lado lo hirviendo que estaba, ha sido un buen café con leche. Que pase un buen día, señorita.

                              *****

Aquella noche, como tantas otras, Rosa apenas había dormido pues su glaistig le daba la tabarra todas las noches y tan solo había dormido tres horas.

Bostezando y somnolienta se ciñó la chaqueta y caminó hasta el bar. Le extrañó ver la persiana subida. ¿El jefe se había dignado a madrugar y  ocuparse de su negocio? No podía ser.

La campana sonó al abrir la puerta y de detrás de la barra asomó una cabeza de rizos castaños.

—Buenos días, señorita. ¿Le importaría venir a ayudarme? La pila está embozada y creo haber dado con la causa.

—¿Qué haces tú aquí y cómo has conseguido las llaves?

—¿Paco no se lo ha dicho? Soy su nuevo ayudante.

—Espera, espera —Rosa se quitó la chaqueta, la bufanda y el bolso y lo puso en la mesa más cercana—. ¿Cómo que mi ayudante?

—Estuve mirando las ofertas del periódico como usted me recomendó, pero no vi ninguna interesante. Así que me puse en contacto con el dueño del local y le pregunté si necesitaba gente. Fue muy amable, aunque algo tacaño con el sueldo, pero no pienso quedarme mucho tiempo o sea que está bien para un trabajo temporal. Paco dijo que tiene usted buena mano en la cocina y que le vendría bien un poco de ayuda sirviendo y limpiando mesas. Haciendo de camarero, vaya.

El chico hablaba por los codos. Seguramente Paco cedió por no escucharlo más. Llevaba tiempo pidiéndole que contratase a alguien, que ella sola no daba a basto con el negocio porque la camarera de las noches, hija de Paco, apenas la ayudaba y se la pasaba todo el rato con el móvil.

—Está bien. Iré a cambiarme y ponerme a hacer las tortillas.

—Em... ¿Pero me ayuda?

—¿Qué?

El nuevo señaló con la barbilla la pila y Rosa fue a ayudarlo.

—Por cierto no nos han presentado —él se limpió las manos en un trapo antes de ofrecérsela—. Mi nombre es Salvador.

—Rosa.

—Un placer, Rosa. Estoy seguro que nos llevaremos bien.



Valentina K. Douglas

Editado: 16.10.2019

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