Toda Rosa Tiene Espinas

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7-OLOR A LILAS.

El olor a café y cruasanes recién horneados despertó a Salvador del amargo letargo. 

El gallego miró confundido a su alrededor. Aquellas paredes no le sonaban de nada pero el olor a lilas sí. 

—Buenos días, Salvador. ¿Te encuentras mejor? —Rosa le puso una mano en la frente para tomarle la temperatura. Su gesto serio le hacía parecer una enfermera experimentada.

—Am… esto… Yo —carraspeó—. Espero no haberte causado muchas molestias esta noche. Mi madre solía decir que soy un mal enfermo y que me lamento hasta en sueños y sería bochornoso haberme pasado la noche gimiendo delante de una chica guapa como tú. Sobretodo porque eres mi compañera de trabajo y no quiero que me veas como a un debilucho. Joder, esto me molesta. 

Salvador hizo ademán de quitarse la venda. 

—¡Para! No seas borrico. Deja que te la quite yo —la irlandesa se sentó a su lado y, con profesionalidad, le quitó la venda. 

Salvador aprovechó para observarla abiertamente. 

Rosa era una chica especialmente hermosa. Tenía los rasgos delicados y afilados al mismo tiempo. Rostro ovalado, labios carnosos, nariz recta y ojos felinos. Toda una beldad como diría su ya fallecido bisabuelo. Algo en ella lo atraía como la gravedad. Algo que no podía explicar y tampoco tenía gran interés en saberlo. Aquella chica le gustaba y punto. 

En cambio a ella parecía serle indiferente ya que apenas se dirigía a él y si lo hacía era para hablar de trabajo. 

Entonces recordó a otro ser igual de atrayente, es decir que los hecho de la noche anterior se agolparon en su mente haciendo que le doliese la cabeza y se llevase una mano a esta como si así ahuyentase el dolor. 

—Te he dicho que no te muevas. Me parece a mí que tu madre, en gloria esté, tenía razón. —Rosa dejó la venda a un lado e inspeccionó la herida. Esta ya no sangraba pero tenía la frente hinchada y con un moretón.

—¿Qué hora es? Espero que no lleguemos tarde al trabajo por mi culpa. Dudo que Paco se lo tome a bien. 

—A cagar con Paco. Tú hoy no te mueves de aquí porque yo lo digo y no me mires así que no aceptaré un no por respuesta. —Rosa se levantó a tirar la venda y lavarse las manos. Salvador sonrió. Desde que la conoció, hacía más de un mes, se fijó en que tenía la manía de lavarse las manos cada dos por tres—. Además es domingo y solo abrimos hasta las tres. Me he apañado sola durante un año y sigo viva. No te preocupes. 

—No sé si tu último comentario me alivia o me ofende. ¿Qué me dices? 

—Tómalo como quieras, pero hoy no te vas a mover de aquí. Ven a desayunar. 

—Sí, señora. 

Salvador tuvo cuidado al levantarse y caminar hasta la mesa que, aunque estaba cerca, cuando te dolía la cabeza dar diez pasos te parecían diez kilómetros. 

Desayunaron en silencio. Cada uno sumergido en sus propios pensamientos. 

La una pensaba en nada y en todo; el otro en recordar detalles claves de su encuentro con la glaistig. 

—Estás como en tu casa pero recuerda que no lo es —dijo Rosa media hora después mientras se abrigaba para ir al trabajo—. Y no te preocupes por Paco que yo me encargo.

                            *****

Salvador tuvo tiempo más que de sobra para hacerse una idea de como era Rosa… Se podía decir mucho de una persona por los cuadros que tiene colgados en su casa, por los muebles e incluso por la ropa interior, pero ese conocimiento iba por otros tiros. El caso es que para un periodista y licenciado en psicología como él no fue difícil saber qué tipo de persona era Rosa. 

Tan solo hubo algo que lo dejó… trastocado por así decirlo y fue que con cada hallazgo se sentía más unido a ella ¿por qué? Eso quería saber él. 

Para cuando Rosa llegó la esperaba un sonriente Salvador y un delicioso y humeante caldo gallego. Ella respondió esa caldeante acogida con un ceño fruncido. 

—¿Qué haces? Te he dicho que no te tomases las libertades de tu casa —dijo ella quitándose las capas de ropa. Al ver la cara de desconcierto y vergüenza de Salvador, relajó el gesto—. Perdón, no quise ser desagradecida, pero no deberías haberte molestado. Yo misma podría haber preparado algo de comer que tú tienes que reposar. ¿Te encuentras mejor? 

En tres pasos Rosa estaba frente a Salvador inspeccionando el moretón. 

Rosa era una chica esbelta pues la coronilla le llegaba a la oreja, y no es que él fuese bajito ya que medía un metro ochenta y uno. 

El roce de las yemas de los dedos de ella en su frente le supieron a caricia… 

Rosa percibió su agitación y se apartó de inmediato. 

Se lavó las manos e invitó a Salvador a sentarse y compartir juntos la mesa. 

Aquella vez hubo una conversación fluida entre ambos. Ni incómoda ni insulsa. Fue una de esas conversaciones tontas que te hacen conocer mejor a una persona… 

                              *****

No en vano se dice que las 00:00 es la hora bruja porque una vez el cielo bajo el que vivía marcaba esa hora su cuerpo empezaba a prepararse. 

Empezó con el típico chasquido de rodillas, después siguió esa sed que tan sólo una cosa podía saciar: la sangre. 

Salvador estaba en el salón esperándola para seguir viendo la película mientras ella miraba su reflejo en el espejo. En él pudo ver a la glaistig, esa monstruosidad sin piedad que le recordaba que era tiempo del paseo. 

Rosa le mantuvo la mirada, desafiante. 

—No vas a salir, hoy no, querida, esta noche haces tus necesidades en la caseta. 

—¿Acaso crees que TÚ puedes controlarme? ¿Acaso crees que TÚ eres más fuerte que yo? —la carcajada siniestra le pusieron los vellos de punta. Ni aún después de mil años se acostumbraría a la presencia de aquél engendro— ¡TÚ no eres NADA!



Valentina K. Douglas

Editado: 16.10.2019

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