Toda Rosa Tiene Espinas

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9- CONFIANZA.

A Rosa le costó lo suyo decidir si contarle a Salvador toda la verdad o parte de ella, pero en su naturaleza no estaba el decir verdades a medias ni mentiras maquilladas por lo que acabó contándole su historia de cabo a rabo. Sabía que no sería fácil de creer que tenía quinientos setenta y tres años. 

Le contó desde el día de la celebración de boda hasta cómo había llegado a Cádiz hacía ya tres años. 

—No puedo quedarme mucho tiempo en el mismo lugar, normalmente me quedo por diez o quince años, por lo que me vine aquí desde Tokyo. Me juego mi próximo destino al azar y el mapa me señaló Jerez de la frontera y —se encogió de hombros— aquí estoy. 

Durante todo el rato Salvador no dijo nada y cuando acabó de hablar se sintió incómoda e intimidada al mismo tiempo. 

Hacía tanto que no desnudaba el corazón a nadie. Que no revelaba su verdadera identidad que incluso había olvidado que una vez fue una joven alegre y llena de vida. Una chica que soltaba su melena al viento y disfrutaba de todo aquello que la rodeaba. Aquella conversación acababa de recordárselo. 

Por eso al ver a Salvador juzgándola se sintió indefensa. 

—Y eso es todo —añadió con la esperanza de que él hablase. 

—Me parece inverosímil —dijo después de un largo silencio. Se levantó y se puso a caminar de un lado para otro parándose de vez en cuando frente a Rosa como para decir algo—. Entonces te haré un resumen para saber si lo he entendido bien. Vale. Te fuiste a por algo que te mandó tu madre unas-unas hiervas. Vale. Al volver huiste con tu hermano porque alguien había asaltado el castillo. Vale. En la huída os asaltaron y os defendisteis entonces tú, sin querer, apuñalaste a un niño que era hijo de una bruja. Vale. Entonces ella os torturó a tu hermano y a ti haciéndoos verlo, a él lo mató y a ti te engañó diciendo que sólo te liberaría si le vendías tu alma y al hacerlo te maldijo siendo el monstruo ese en el que te conviertes cada noche. 

—Sí. Lo has resumido bien. 

—¡Pero es que eres tonta! ¿A quién se le puede ocurrir vender su alma a un vasallo del demonio y creer que va a salir bien? ¿No has visto las películas? Eso siempre acaba en desastre. 

—Ya, bueno. Tienes razón no sé en qué pensaba aparte de salir de aquel puñetero infierno. Lo de las películas me era más complicado porque en casa no teníamos dinero suficiente para un reproductor VHS y mucho menos un DVD. Habría sido la hostia tener uno y poder hacer maratón de películas de terror, seh. 

—Ah, claro, joder que naciste en el siglo XV. ¿No teníais historias de terror? ¿La biblia al menos para saber que con el demonio no se hacen pactos? 

—¿En serio me estás regañando por algo de hace más de quinientos años? 

Salvador la miró con las manos en las caderas. Tenía los rizos castaños erizados de tantas veces que se había pasado las manos por él. 

Se sentó frente a ella con los codos apoyados en las rodillas. 

—Si no he entendido mal no puedes deshacerte de la maldición porque accediste voluntariamente, ¿no? 

—Así es. 

—¿Y no hay ninguna manera de deshacerla? Revertirla o algo. 

—He estado buscando esa respuesta desde que me liberé. 

La mirada de Salvador estaba en un punto fijo. Como si estuviese haciendo cálculos. 

—¿Cómo la mataste? 

—Resulta que la glaistig odiaba a aquella buidseach más que yo así que nos pusimos de acuerdo para matarla. No fue fácil, pero lo conseguimos. Ha sido la única vez que nos hemos puesto de acuerdo por un mismo fin. 

—La buis… La bruja esa, hostia, ¿no tenía ningún conjuro que la protegiese de que la mataseis? Digo una especie de escudo o algo así. Si yo fuese brujo echaría una maldición sobre aquel que quisiera matarme o al menos haría un conjuro para que mis esclavos no pudiesen matarme. 

—Vaya, veo que serias un buen historiador, de verdad. —Rosa sonrió a pesar de sí—. La maldición eterna me vino por matarla. 

—Claro —se puso los índices sobre los labios mientras se mecía hacia delante y hacia atrás—. Y no hay una contra maldición tipo bella durmiente. 

—Nop… Al menos yo no me la sé. Amm… ¿Puedes desatarme ahora que lo sabes todo? 

Salvador la desató. Cuando la miró a los ojos Rosa quedó como hipnotizada y tuvo que pasar saliva para humedecerse la reseca garganta. 

—¿Sabes? Llevo meses detrás de ti. Siguiéndole la pista a esa glaistig que te posee por las noches y te obliga a asesinar inocentes. 

Rosa subió los pies en el sillón y se abrazó las piernas. Salvador estaba tan cerca de ella que podía oler su aliento cálido a café. 

—Lo sé. 

—¿Lo sabes? 

Asintió. 

—Puedo leer la mente, por así decirlo, de la gente y vi cuáles eran tus intenciones. También vi que el motivo principal fue que yo… —pasó saliva— que yo maté a tu amigo. 

—Tú no tienes la culpa de eso. 

La intensidad con que la miró la hizo estremecer. Aquel hombre ejercía un poder en ella nunca antes experimentado.

—Hay algo que no acabo de entender. Dices que antes del amanecer la glaistig desaparece por si sola pero esta noche creo haber visto que peleabais. 

—No sé cómo ha pasado. Es la segunda vez que logro hacerme con el control. La primera fue ayer noche cuando la viste en la Catedral. Y… Bueno antes ya lo había intentado sin éxito pero ahora… 

—¿Ahora qué? No te quedes en silencio, Rosa. 

—Las dos veces que ha ido a por ti han sido las únicas que he podido controlarla. 

—¿Y eso qué quiere decir? 

—Espera que se lo pregunto mañana por la noche cuando aparezca. Lo anotare en mi agenda para no olvidarlo. 

Rosa fingió apuntar en una libreta y ambos rieron. Hasta entonces no se habían dado cuenta de lo serios que habían estado todo el rato. 



Valentina K. Douglas

Editado: 16.10.2019

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